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DOMINGO 25 de junio de 2006 XII DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO.

LAICONET -
DESDE LA ECONOMÍA DOMÉSTICA
(mujer, casada, con cuatro hijos, miembro de comunidad cristiana de matrimonios)


Me gustaría tener más fe. La fe de que todas las cosas suceden para nuestro bien, como dice S. Pablo. Todos vamos en la barca de la vida sabiendo que hay días de sol, días nublados y días de tormenta. En estas fechas muchos habremos presentado la declaración de la renta, con la poca confianza de que las retenciones de todos los meses estén bien distribuidas en sanidad, educación, servicios,…Hay que tener la responsabilidad de marcar la crucecita para ayudar al sostenimiento de la Iglesia Católica y la de ayuda a ONG’s con la convicción y la confianza de que se va a hacer un buen uso de ese dinero.


DESDE LA ENFERMEDAD
(mujer, casada, con una hija, enferma de cáncer, dejó de trabajar)


“Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” ¡Cuántas veces le habremos preguntado al Señor eso mismo! Cuando la vida se nos pone tan cuesta arriba, cuando parece que todo lo que había sido siempre nuestro cimiento se desmorona, cuando hasta las personas más cercanas a ti, a las que amas sin condiciones parece que no te comprenden, cuando tu misma te miras al espejo y no te reconoces, entonces, siempre le hacemos esa pregunta… Pero hoy Jesús nos da la clave: ¿Aún no tenéis fe? A pesar de todas las maravillas que he puesto a tu alrededor, a pesar de todo lo que he dado a tu vida de amor, de bienestar, en cuanto llegan los problemas… desconfías, te falta la esperanza, te falta en definitiva la fe. ¡Cuánto nos queda por andar en el terreno de la fe! Pero yo creo que un buen principio es la confianza en que El siempre quiere lo mejor para nosotros (aunque por caminos verdaderamente extraños), y la esperanza en Su Amor que es el que nunca falla.

DESDE LA EXCLUSIÓN SOCIAL: TRANSEÚNTES
(hombre, soltero, trabaja, pertenece a comunidad cristiana, voluntario de patrulla de calle en ONG católica)


Si me detengo a pensar en mis miedos, observo que todos están ligados a pérdidas. Siento miedo a perder a las personas que quiero. También a perder mi buen estado de salud e incluso a perder la fe en Dios. En definitiva, que temo perder todo aquello sobre lo que sustento mi vida. Y entonces, en medio de la reflexión, me acuerdo del testimonio de varios “sin techo” que manifestaron sentir miedo a la noche. ¡Qué suerte la mía! Mientras yo recobro fuerzas para el día siguiente y descanso cómodamente en mi casa, otras personas, a algunas de las cuales veo casi a diario, quedan expuestas a la casi siempre fría y en ocasiones traicionera noche: robos, agresiones, nostalgia y soledad, se encargan de sustituir lo que debería ser un plácido sueño. Y aunque parezca dormido, Jesús está ahí, con ellas y en permanente vigilia. Eso sí, apela a nuestra fe y nos pide que le ayudemos a convertir en realidad, la utopía de hacer de éste un mundo más justo, en el que todos podamos esperar con tranquilidad y sin temor la llegada de la noche.

DESDE LA PERSPECTIVA LABORAL Y SINDICAL
(hombre, casado, sin hijos, empleado de empresa; el matrimonio pertenece a comunidad cristiana)


Me resulta realmente complicado llegar a tener esa confianza en Dios. Las cosas de este mundo me pueden.
Precisamente ayer hablaba con un compañero de trabajo que acababa de hablar con su jefe y por los comentarios que le había hecho y la situación de su empresa actualmente se estaba oliendo que le iban a despedir, o que no le iban a renovar que para el caso es lo mismo.
Me ponía en su situación y la verdad es que me resulta muy difícil confiar en Dios, confiar en que encontraría otro trabajo u otro camino, no dedicar toda mi mente a preocuparme por esta situación. Y eso que aún sin hijos y sin tener demasiadas cosas que pagar no sería una situación tan preocupante. Ante una situación así me anima ver a gente que sí confía en la mano de Dios y se dejan llevar por Él.

EN MEDIO DE OTRAS CONFESIONES
(hombre, casado, trabaja, se ha desplazado a otro país por motivos laborales)


« ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?», Sí, tengo pequeñas y grandes cobardías, conscientes e inconscientes, asumidas y no asumidas. Y ¡qué gran obstáculo son para llegar a dar fruto, para ser verdadero obrero del Reino, para llevar una vida plena! También creo que hay “miedos colectivos”, especialmente en lo que se refiere a los cambios y novedades.
Recientemente, tras la elección de un obispo homosexual, la comunión anglicana está convulsionada, existiendo el peligro que se puede romper al haber muchos en ella escandalizados por este hecho. Yo no estoy seguro si la oposición a estos cambios en las iglesias está fundada realmente en motivos evangélicos o tiene que ver más bien con una postura inmovilista, con un fondo de “miedo al cambio”. Lo que si creo es que la humanidad, irremediablemente evoluciona (e igualmente la cristiandad durante XX siglos)...que Dios se va haciendo presente en nuestra historia, que la innovación, los cambios y la fe y el evangelio no están reñidos, si no todo lo contrario (¡qué más novedoso y revolucionario que Jesús en su tiempo!). Podemos quedarnos con nuestro “talento” bien guardadito para que no se altere, o bien vencer el miedo a perderlo y arriesgarnos a negociar para que el “talento” produzca.
Hoy Jesús se nos presenta como el que nos libra de todo temor, si nos dejamos guiar por Él…A Él podemos agarrarnos fuertemente de la mano para tirarnos a las “piscinas” que se nos presentan en nuestras vidas.

DESDE LA RELACIÓN DE PAREJA Y VIDA FAMILIAR
(matrimonio, padres de dos niños, trabajan ambos, pertenecen a comunidad cristiana)


¿Por qué se hunde un matrimonio? ¿Por qué zozobra una familia? Hay circunstancias que hacen que una vida se vaya a pique: conocemos a una mujer, que está en cuidados intensivos, después de una amiocentesis; de esperar un hijo, su marido ha pasado a implorar la salvación de su esposa. Nadie puede decir que nunca pasarán dificultades en la vida, de todo tipo: económico, de enfermedades, de sufrimiento por los hijos, de ruptura y de muerte. Ante el desconocimiento del mar adentro, nos conformamos con las orillas que dan tanta seguridad. (Y hay mujeres embarazadas o con hijos pequeños que por darles un mejor futuro, se adentran en el Océano Atlántico, tan inmenso y tan peligroso. ¿Dónde está su miedo? ¿Qué no haríamos nosotros por nuestros hijos? Tantas veces nos hemos hecho esta pregunta.) En un momento, en un instante, toda tu vida, tus esquemas, tus años de amor y de entrega, pueden desaparecer. Reconozco que, a veces, esto nos pone los pelos de punta, perder a la compañera o al compañero de nuestra vida, por la causa que fuera, o sufrir por nuestros hijos, nos aterra, pero no nos paraliza, porque, una cosa sí que es segura: El Señor nos da la calma. El Señor apacigua los mares del miedo, de las dudas, de las inseguridades. Dios sostiene a nuestra familia y siempre seguirá sosteniéndola y en esa confianza absoluta en el Señor, vivimos y amamos.

DESDE LA VIVENCIA ECLESIAL
(hombre, casado, trabaja, con un hijo)


Continuamente estamos midiendo, cotejando, comparando y comprobando nuestra fe, en función de las cosas que hacemos, por cómo nos sentimos, por aquello que logramos… Y en el fondo en la mayoría de las ocasiones sólo estamos midiendo nuestras propias fuerzas, razonando hasta dónde nos dejamos llevar, pensando en qué punto tocamos fondo… Es decir, a veces uno tiene la impresión de estancarse en el “querer creer”, de conformarse con ser creyente y mirar de reojo lo que soy capaz de hacer, o lo que necesito del otro… Y sin embargo todo pasa por abandonarse a Dios, por fiarse plenamente de Él, por apoyar nuestra fe exclusivamente en Él. Vivimos entorno a nosotros mismos, conscientes de nuestras fuerzas, midiéndolas y dando sólo aquello que no exceda de nuestra razonada capacidad de dar… Y perdemos de vista el verdadero sentido y esencia de nuestra fe, fiarnos de la presencia Salvadora de Dios en nuestras vidas. Esa es la experiencia a la que debemos aspirar, que debemos buscar, porque una vez vivida, romperá inevitablemente con todas nuestras ataduras y miedos.


EVANGELIO
XII DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO.
(Año – B)
25 de junio de 2006


Lectura del santo evangelio según san Marcos 4, 35-40

¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!.

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: "Vamos a la otra orilla." Dejando a la gente, se lo llevaron en la barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron, diciéndole: "Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?" Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: "¡Silencio, cállate!" El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: "¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?" Se quedaron espantados y se decían unos a otros: "¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!"»

 

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