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Distintos y distantes, pero no indiferentes

Josep Rovira, cmf -

El mes pasado, Marzo, hemos vivido un terremoto que nos ha hecho temblar a todos, un tsunami que ha destruído en pocos minutos muchas de nuestras seguridades, y unas radiaciones atómicas invisibles que ahí están amenazándonos todavía. Creíamos que el Japón estaba lejos; que estar al borde del Mediterráneo no era lo mismo que al borde del Pacífico; pero, hemos comprobado una vez más que el planeta es redondo y que en poco tiempo todo iba a llegar hasta nosotros. Esta redondez de la tierra nos ha hecho experimentar que en realidad estamos todos cerca los unos de los otros; que podemos ser distintos y relativamente distantes, pero que no podemos permitirnos el “lujo” de permanecer indiferentes.

Durante estas semanas los medios de comunicación nos han inundado de noticias al respecto: un verdadero tsunami informativo. Quisiera recordar solamente algo que me ha impresionado mayormente. Los japoneses están acostumbrados y preparados para los terremotos. Baste pensar que, a pesar de haber sido uno de los terremotos más fuertes de la historia, si no hubiera sido por el tsunami imposible de parar, y luego por el problema de la radioactividad, los desperfectos y las víctimas hubieran sido mínimos. Donde no ha llegado la ola del tsunami (que se calcula que ha causado unas 27.000 víctimas), no se ha hundido ni un edificio. En cambio, el terremoto que hace un par de años tuvo lugar en Haití (¡no olvidemos ahora a estos otros hermanos nuestros!) fue unas mil veces inferior y causó un sinfin de destrozos y entre doscientos y trescientos mil muertos, sin tsunami ni centrales atómicas y con una densidad de población mucho menor. Y si el terremoto del Japón, sin contar todo lo que le ha seguido, hubiera tenido lugar a cien km. de Roma (que es donde vivo) no hubiera quedado piedra sobre piedra, y de los habitantes..., más vale ni pensarlo.

Se ha calculado que la energía liberada por el movimiento de las placas convergentes sobre las que se apoya el archipiélago nipónico equivale a 31’6 miles de millones de toneladas (¡!) de TNT (31’6.000.000.000.000 kg). Para hacernos una idea, la bomba atómica estallada en Hiroshima en 1945 equivalía “solamente” a unas 13 ó 16 mil toneladas de TNT (13 ó 16.000.000 kg). Es decir, es como si sobre aquella región se hubiera desencadenado la energía de entre 2.000 y 2.500 bombas de Hiroshima. La isla principalmente afectada (Honshu: 230.897 km cuadrados, casi el 60% de todo el Japón) se ha corrido toda ella de unos 2’40 metros, y el eje terrestre de 10 cm. 

Volvamos a la gente. No obstante todo, el pueblo japonés no se ha dejado llevar por el pánico, sino que se ha comportado con un orden y una disciplina increíbles. Quisiera recordar algunos de los casos ejemplares de que nos han hablado. En primer lugar, los ciento ochenta técnicos, verdaderos héroes (¿mártires modernos en favor del pueblo?), que por grupos de cincuenta han permanecido en la central atómica de Fukushima, intentando enfriar los reactores para evitar posibles explosiones peores, pero cuyas radiaciones a la larga les pueden costar la vida, y lo saben. Últimamente ya ni siquiera pueden entrar dichos técnicos en los locales contaminados, debido al contínuo aumento de las radiaciones El emperador Akihito, hecho absolutamente insólito (era la primera vez desde que reina en 1989), ha hablado por televisión durante cinco minutos a la nación, dando orden de que si mientras hablaba sucedía algo grave, lo interrumpieran (gesto inaudito, si tenemos en cuenta el rígido protocolo de la corte imperial). Ha exhortado a sus connacionales a pensar los unos en los otros, mano en la mano.

Una imagen del autocontrol popular se ha visto con motivo de la grande fuga de centenares de miles de habitantes hacia el sur del país, huyendo del peligro de las radiaciones atómicas. Ante las taquillas de las estaciones ferroviarias, se les ha podido ver a todos ordenados en filas, sin que nadie pretendiera adelantarse al otro. En las escaleras móbiles, todos mantenían la izquieda, caminando veloces pero sin correr, como han aprendido en las pruebas nacionales de evacuación que se tienen cada año a principios de Septiembre. Un caos calmado, un pánico tal vez interior pero no manifiesto. Y cada vez que llegaba el famoso tren superveloz (llamado “Shinkansen”), primero entraban las mujeres de la limpieza; luego, cuando salían, hacían dos inclinaciones: la primera entre ellas mismas y luego a los pasajeros, como pidiendo excusa. Sólo después entraba la gente que esperaba en los andenes. En la zona de la ciudad de Sendai, centro del terremoto, muchas tiendas habían quedado desvencijadas e incontroladas, con mercancías al alcance de cualquiera; sin embargo, no se han notado casos de pillaje, y quien quería comprar algo, hacía la fila. La única muestra de nerviosismo ha sido que la gente se ha precipitado a hacer provisiones de víveres de primera necesidad, de manera que al poco tiempo se podían ver los estantes de los supermercados casi totalmente vacíos. Cuando los responsables de los canales televisivos se dieron cuenta de que la contínua transmisión de las trágicas imágenes del tsunami estaban teniendo consecuencias psicológicas dramáticas en el público, modificaron los programas, introduciendo despachos de agencia y otras informaciones. 

Dos últimas noticias, pequeñas pero significativas. Una fue, pocos días después, la cara radiante de felicidad de un joven papá en una de las zonas más destruídas. Su esposa acababa de dar a luz a su primer hijo en un hospital. Se vió al joven con lágrimas en los ojos haciendo caricias al recién nacido y diciendo al telereportero que de ahora en adelante iba a cambiar la escala de valores de su vida; y señalando a la esposa: “Lo que importa ahora somos nosotros dos y este bebé; ¡todo lo demás se puede hacer o deshacer mil veces porque no tiene ninguna importancia!”. Y permítanme acabar con un caso que ha conmovido a todo el Japón. Es la historia de un perro. Se había quedado solo en medio de charcos, barro y escombros velando a una  perrita herida. Estuvo ladrando y gañendo  durante días, agitándose de una parte a otra pero sin alejarse demasiado para no perder de vista a su compañera; hasta que no atrajo la atención de un grupo de socorredores. Cuando los vió venir corrió hacia ellos, les ladró, como pidiendo auxilio, y los condujo hasta el lugar donde estaba la perrita tumbada en el suelo. Se les adelantó, y cuando los bomberos llegaron a donde estaban los dos animales vieron que él con una pata le estaba acariciando cariñosamente el hocico a ella, como para animarla y consolarla...       

En fin, durante estas semanas hemos experimentado que sobre la corteza movediza de nuestro planeta, a pesar del diferente color de la piel y del rasgo de los ojos, formamos una sola familia: haitianos, japoneses... y todo el resto. Lo que toca a uno, afecta inevitablemente a los demás. Por decirlo de alguna manera, hemos descubierto ahora que en el fondo ¡somos también un poco “japoneses”!

En honor y como expresión de cercanía a estos hermanos nuestros, escuchemos su himno nacional. 

Sayonara!

 

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J. Rovira, cmf.

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