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Discurso de Benedicto XVI a su llegada al aeropuerto Guarulhos, São Paulo

CELAM -

Excelentísimo Señor Presidente de la República
Señores Cardenales y Venerados Hermanos en el Episcopado
¡Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo!

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Benedicto XVI a su llegada al aeropuerto Guarulhos, São Paulo

1. Es a mí motivo de particular satisfacción iniciar mi Visita Pastoral a Brasil y presentar vuestra Excelencia, en su calidad de Jefe y representante supremo de la grande Nación brasileña, mis agradecimientos por la amable acogida que me fue dispensada. Un agradecimiento que extiendo, con mucho gusto, a los miembros del Gobierno que acompañan Vuestra Excelencia, a las personalidades civiles y militares aquí reunidas y a las autoridades del Estado de São Paulo. En las palabras de buenas-venidas a mí dirigidas, siento resonar, Señor Presidente, los sentimientos de cariño y amor de todo el Pueblo brasileño para con el Sucesor del Apóstol Pedro.

Saludo fraternalmente en el Señor míos queridos Hermanos en el Episcopado que aquí vinieron a recibirme en nombre de la Iglesia que está en Brasil. Saludo igualmente los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, los seminaristas y los laicos comprometidos con la obra de evangelización de la Iglesia y con el testimonio de una vida auténticamente cristiana. En fin, dirijo mi afectuoso saludo a todos los brasileños sin distinción, hombres y mujeres, familias, ancianos, enfermos, joven y niños. A todos digo de corazón: ¡Muchas gracias por vuestra generosa hospitalidad!

2. Brasil ocupa un lugar muy especial en el corazón del Papa no solamente porque nació cristiano y posee hoy lo más alto número de católicos, pero sobretodo porque es una nación rica de potencialidades con una presencia eclesial que es motivo de alegría y esperanza para todo el Iglesia. Mi visita, Señor Presidente, tiene un objetivo que sobrepasa las fronteras nacionales: vengo a presidir, en Aparecida, la sesión de apertura de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y Caribeño. Por una providencial manifestación de la bondad del Creador, este país deberá servir de cuna para las propuestas eclesiales que, Dios quiera, podrán dar un nuevo vigor y empuje misionero a este Continente.

3. En esta área geográfica los católicos son la mayoría: esto significa que ellos deben aportar de modo particular al servicio de lo bien común de esta Nación. La solidaridad será, sin duda, palabra llena de contenido cuando las fuerzas vivas de la sociedad, cada cual adentro de su propio ámbito, si empeñan seriamente para construir un porvenir de paz y de esperanza para todos.

La Iglesia Católica –como puse en evidencia en la Encíclica Dios caritas est– "transformada por la fuerza del Espíritu es llamada para ser, en el mundo, testigo del amor del Padre, que quiere hacer de la humanidad una única familia, en su Filho" (cf. 19). De allí su profundo compromiso con la misión evangelizadora, a servicio de la causa de la paz y de la justicia. La decisión, por tanto, de realizar una Conferencia esencialmente misionera, bien refleja la preocupación del episcopado, y no menos mía, de buscar caminos adecuados para que, en Jesucristo, los "nuestros pueblos tengan vida", como reza el tema de la Conferencia. Con esos sentimientos, quiero mirar más allá de las fronteras de este país y saludar todos los pueblos de América Latina y del Caribe anhelando, con las palabras del Apóstol, "Que la paz esté con todos vosotros que estáis en Cristo" (1Pt 5,14).

4. Soy grato, Señor Presidente, a la Divina Providencia que me concede la gracia de visitar a Brasil, un país de grande tradición católica. Ya tuve la oportunidad de referir el motivo principal de mi viaje que tiene un alcance latinoamericano y un carácter esencialmente religioso.
Estoy muy feliz por poder pasar algunos días con los brasileños. Sé que el alma de este Pueblo, bien como de todo el de América Latina, conserva valores radicalmente cristianos que jamás serán cancelados. Y estoy seguro que en Aparecida, durante la Conferencia General del Episcopado, será reforzada tal identidad, al promover lo respeto por la vida, desde su concepción hasta su natural declinación, como exigencia propia de la naturaleza humana; hará también de la promoción de la persona humana el eje de la solidaridad, especialmente con los pobres y desamparados.

La Iglesia quiere apenas indicar los valores morales de cada situación y formar los ciudadanos para que puedan decidir consciente y libremente; en este sentido, no dejará de insistir en el empeño que deberá ser dado para asegurar el fortalecimiento de la familia –como célula madre de la sociedad; de la juventud cuya formación constituye un factor decisivo para el porvenir de una Nación– y, finalmente, pero no por último, defendiendo y promoviendo los valores subyacentes en todos los segmentos de la sociedad, especialmente de los pueblos indígenas.

5. Con estos auspicios, al renovar mis agradecimientos por la calurosa acogida que, como Sucesor de Pedro, soy objeto, invoco la protección materna de Nuestra Señora de la Concepción Aparecida, evocada también como Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de las Américas, para que proteja e inspire los gobernantes en la ardua tarea de ser promotores del bien común, reforzando los lazos de fraternidad cristiana para el bien de todos sus ciudadanos. ¡Dios bendiga América Latina! ¡Dios bendiga Brasil! Muchas gracias.

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