icono estrella Nº de votos: 0

¿Dios tiene sentido del humor?

Josep Rovira, cmf -
Estamos en el mes de Noviembre; como se suele decir, “el mes de las almas” de los difuntos, del pensamiento de la muerte y del purgatorio, de la visita a los cementerios, del “Requiem” y el “De profundis”...  Además, en el hemisferio norte, la mayoría de los árboles y de las plantas, la hierba, parecen morir, se secan y caen las hojas, los días se vuelven cada vez más cortos, va aumentando el frío..., todos elementos que no invitan al optimismo sino más bien a la morriña... Eso me ha llevado a preguntarme, ¿Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, y su Hijo, serán también lúgubres, tristes, amenazadores como las nubes, bajas y plomizas, y la lluvia insistente y fría de este período del año?

    Pero, antes que nada, me pregunto: ¿qué es el sentido del humor? ¿es algo superficial y arrogante, desdeñoso y humillante?, ¿se confunde con el sarcasmo en que se basan casi siempre nuestros chistes? El sarcasmo es agresivo, cínico, intenta destruir al otro enalteciendo a quien cuenta el chiste y humillando o poniéndose por encima de otro; no es un reir “de” algo o “de” alguno, sino “contra” algo o alguien. En el fondo es un acto de orgullo, de arrogancia y prepotencia a costa de alguien. En cambio, el sentido del humor es bondadoso; quien lo posee sabe reir de sí mismo y de los demás, sin dejar de amarse y de amarles. Y, saber reirse de los propios defectos y de los ajenos con bondad, es decir, con compasión, solidaridad y misericordia, hace bien a la salud física, psicológica y espiritual; es una señal de madurez humana, de sabiduría y de humildad. No es simplemente el arte de saber contar chistes o de hacer reir a la gente, sino algo mucho más “serio”: es un cierto modo de enfrentarse con la vida. Por eso, mientras saber contar chistes es el arte de unos pocos, el sentido del humor debería ser común a toda persona profundamente humana. Es el asta que nos permite mantener el equilibrio mientras caminamos sobre la cuerda de la vida (G. Arbuckle). Es como un sentido interior que nos lleva a una contemplación benévola de las incongruencias de la existencia. Por eso, la benevolencia, la tolerancia, la desdramatización y la bondad son esenciales al humorismo. El sentido del humor no es simplemente un estado de ánimo, es un arte, más aún, una virtud.

    Hay autores que han dado definiciones aclaratorias del sentido del humor. He ahí algunas: “El humorismo es una afirmación de dignidad, proclama la superioridad del hombre por encima de todo lo que le pueda suceder” (R. Gary); “el sentido del humor revela el lado serio de las cosas tontas y el lado tonto de las cosas serias” (A. Cantoni); “el verdadero humorismo nace más del corazón que de la mente, su esencia es el amor: no provoca la carcajada fragorosa, sino la sonrisa, que es algo más profundo” (Th. Carlyle); “quien no sabe reir no es una persona seria” (R. Schumann); “un hombre que no ríe nunca es un hombre peligroso” (L. Sterne), por eso los dictadores, de derechas o de izquierdas –da lo mismo-, no pueden reirse de sí mismos; “sonreir nos da libertad, y quien es libre puede reir: quien entiende lo que es cómico, comienza a entender a la humanidad y su lucha por la libertad y la felicidad” (M. Grotjahn). El gran filósofo E. Kant decía que el cielo nos había dado a los hombres tres cosas, como contrapeso a tantas preocupaciones de la vida: la esperanza, el sueño y la risa. El humorismo demuele la pomposidad y la arrogancia; no significa desprecio ni desvalorización, sino aprecio realista de cuanto hay de válido en nosotros, amarnos y no hundirnos, a pesar de los fracasos y límites. Por eso un niño, un adolescente o un adulto inmaduro no logran reirse de sí mismos ni permiten que otros se rían de ellos: se sienten demasiado inseguros, tienen miedo de reconocer sus límites o que otros los pongan de relieve, miedo de hundirse, de perder fachada... Si humildad quiere decir caminar en la verdad, reconocer los propios defectos y contradicciones (riéndose o permitiendo que otros se rían de ellos) es signo de humildad, de humanidad y de profunda seguridad; es una victoria contra el miedo y la debilidad. Se cuenta que el Beato Juan XXIII decía: “Sé suficientemente humilde para no tomarte demasiado en serio, para no dramatizar sin razón, para saber bromear de tus límites, debilidades y manías, y las de los demás y, no obstante, continuar amándote y amándoles”. Así se cumplirá aquello que dijo alguien: “Cuando naciste, tú llorabas y los demás sonreían; vive de tal manera que, cuando mueras, tú sonrías y los demás lloren”.

    Ahora bien, si el sentido del humor es algo positivo, Dios –que es infinito en su virtud- no puede dejar de tener un infinito sentido del humor. Por eso, podrá decir el salmista: “El Señor se ríe del impío, pues ve que llega su día” (Sal 37,13); “Tú, Dios, te ríes de ellos, tú te mofas de todos los paganos” (Sal 59,9); “Yo me reiré de vuestra desgracia, me burlaré cuando os invada el terror” (Pro 1,26), porque sabe cuán falso e inútil es el orgullo de los impíos y que quieran prescindir de Él; en cambio, vosotros “servid al Señor con alegría, llegaos a él con júbilo” (Sal 100,2)...

    Que me perdonen tal vez los exégetas, si lo juzgan necesario; pero, en el Evangelio ¿no se manifiesta frecuentemente Jesús con un sutil, bondadoso, mas evidente sentido del humor, en sus palabras y acciones, como si –cuando hablara- se le escapara una sonrisa benévola entre nariz y barba? Cuando era pequeño oí decir: “Tres veces se nos dice en el Evangelio que Jesús lloró..., pero nunca que haya reído”. Una afirmación que me dejaba una impresión deprimente y triste de Dios, nuestro Padre, y de su Enviado. Por otra parte, años más tarde, ví una película de Luis Buñuel (“La vía láctea”) en la que, a un cierto momento, se veía a Jesús en un banquete riendo y haciendo reir a los comensales. ¡Me pareció ver una luz! Como si de repente hubieran encendido una lámpara que iluminaba el Evangelio desde otra perspectiva. Aquella escena no se me olvidó jamás, y me empujó a releer la figura de Cristo (de Dios) desde otra angulación; como si de golpe me hubiera dado cuenta de que la melancolía del Jueves Santo, la tragedia del Viernes y la soledad del Sábado, en realidad se podían entender sólo desde la gloria y la alegría incontenible del Domingo de Pascua, la grande y definitiva “broma” de Dios frente a toda miseria humana.

    ¿No se reía Jesús de nuestro modo terreno y mundano de pensar, de lo que nuestro mundo llama “valores”, cuando proclamaba “bienaventurados” a los pobres e invitaba a “alegrarse” en las persecuciones (Mt 5,3-12)? ¿no es el “Magnificat” (Lc 1,46-55) un pensar todo al revés de como piensa el mundo? ¿no es la “locura” de la cruz lo que Dios juzga, en cambio, ser su “fuerza” (1Cor 1,18)? ¿no lo es que Dios “haya escogido a los tontos del mundo para confundir a los sabios..., a los débiles del mundo para confundir a los fuertes” (1Cor 1,27-28)? ¿no tiene su ironía el hecho de que el primer milagro no lo hiciera Jesús durante una solemnidad litúrgica multitudinaria en la explanada del Templo de Jerusalén, sino para procurar un poco de vino mejor durante una boda en la que los esposos habían calculado mal  la “sed” de sus invitados (Jn 2,1-12)? ¿no quiere decir que era más humano y alegre, más a la mano que su famoso primo Juan, cuando leemos que, a diferencia de su austero pariente, Él comía y bebía, y algunos le criticaban diciendo que era “un comilón y un bebedor, amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11,18-19)? ¿o cuando dice que al orar no se comporten como los hipócritas que aman orar bien plantados en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que la gente les vea (Mt 6,5)? ¿cuando hace caer en la “trampa” a Simón el fariseo  con la parábola del acreedor (Lc 7,36-50)? ¿cuando le dice al jefe de publicanos, Zaqueo, que se había encaramado sobre un sicomoro, que se autoinvita a cenar en su casa, sabiendo las críticas que le esperaban (Lc 19,1-10)? ¿cuando cuenta la parábola de un fariseo que se alaba a sí mismo hasta hacer el ridículo y, contrariamente a lo que sus oyentes esperaban (ahí está la “broma” de la cosa), presenta como modelo a un despreciado publicano que se siente aplastado bajo el peso de sus pecados tan evidentes y enormes, pero de los que está sinceramente arrepentido (Lc 18,9-14)? ¿cuando los hijos de Zebedeo, aprovechándose de su madre, pretenden los primeros puestos en el Reino, y los demás reaccionan como niños indignados (Mt 20,20-28)? ¿cuando dice a sus discípulos que es fútil la arrogancia de los poderosos, y que lo grande es servir (Lc 22,24-27)? ¿cuando invita a arrojar la primera piedra a la adúltera a quien esté sin pecado y, mientras finje escribir garabatos en el suelo, comienzan a irse comenzando por los más ancianos (los que deberían haber sido modelos de virtud) (Jn 8,1-11)? ¿no es el Evangelio” una “buena” noticia, una noticia “alegre”, que hace exclamar a Pablo escribiendo a sus cristianos: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres” (Fil 4,4)?

    Y, mirando la historia desde la Palabra de Dios, constatamos que la “sangre de los mártires, es semilla de cristianos”, que “Dios sabe sacar bienes de los males..., y escribir recto con líneas torcidas”, que “donde abundó el pecado (¿y quién lo puede negar?), sobreabundó la gracia” (Rom 5,20), que al final el pastor encuentra la oveja, la mujer la moneda y el padre vuelve a tener a los dos hijos en casa (Lc 15), que “el Padre no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo” (Jn 3,16-17), que Cristo Jesús es “nuestra esperanza” (1Tim 1,1) y por eso no podemos ser “como los demás que no tienen esperanza” (1Tes 4,13), ya que aguardamos “le feliz esperanza” (Tt 2,13), e incluso “nos gloriamos en la esperanza” (Rom 5,2), vivimos “con la alegría de la esperanza” (Rom 12,12), porque “el Dios de la esperanza” nos colma “de todo gozo y paz en la fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rom 15,13)...; por eso, “vuestra alegría nadie os la va a poder quitar” (Jn 16, 22).

    Durante el Vaticano II, los que entonces éramos estudiantes en Roma íbamos a veces al mediodía a ver a los Padres conciliares cuando salían de la basílica de San Pedro. Ante aquel espectáculo nos preguntábamos entre curiosos y temerosos: ¿qué va a sacar Dios de esa marea de viejos, formados a la antigua?... ¿Quién iba a decirnos que de allí iba a salir un momento fatigoso pero rejuvenecedor para la Iglesia? ¿No fue todo ello una especie de “broma” de Dios, frente a nuestros miedos y sospechas?

    El pasado 27 de Octubre por la tarde, la orquesta sinfónica y el coro babarés del “Bayerischer Rundfunk” ofreció, en la “Sala Pablo VI”, un concierto a su ilustre connacional, Benedicto XVI. Fue la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven. ¿No es una fantástica prueba del sentido del humor de Dios que un hombre solo, de mal genio y sordo como una tapia, pero creyente (¡!), haya compuesto esta obra musical inigualable, con un final lleno de optimismo y de alegría? En su discurso de agradecimiento, afirmó el Papa: “(es que) la verdadera alegría se enraiza en aquella libertad que sólo Dios puede dar”.

    De ahí que (y acabo) una cosa me pica la curiosidad: en el momento actual, en que algunos parece que están perdiéndose de ánimo o quisieran romper con todo, y otros, al contrario, pretenden volver con nostalgia a antes del concilio, ¿con qué “broma” nos va a salir el Dios, padre e inventor del humorismo? De ahí que, a pesar de todo, no logro perder la esperanza ni el sentido del humor. Porque una cosa es cierta, como enseña Lucas 15: Dios acabará saliéndose con la suya...

¡Que Uds. lo pasen bien!
Arrivederci!
Si te ha gustado, compártelo:
icono etiquetas etiquetas :
icono comentarios Sin comentarios

Comentarios

escribir comentario
Por favor escriba las letras como se muestran.