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Día sexto (23 de enero)

Mariano Sedano, cmf -

Reflexión

(JPG) El rostro de Cristo ilumina el alma cristiana y le muestra el camino de la vida. En el cristianismo no puede existir otro camino u otro “ideal de vida” que alcanzar la configuración con Cristo, de modo que “Cristo llegue a tomar forma definitiva en vosotros” (Gal 4, 19). Sin embargo, el rostro de Cristo es universal y omniabarcante. En él, cada alma, a su manera, busca su propio rostro. En este sentido de un camino propio y peculiar, se puede decir acerca de cada persona o pueblo, que tiene también su Cristo. El mundo católico ha asimilado con especialísima fuerza la humanidad de Cristo, sobre todo del Cristo sufriente y crucificado. Estar crucificado con Él, com-padeciendo su pasión, es probablemente lo más sustancial de la mística en el catolicismo con sus estigmas, su culto a las cinco llagas, etc. Sin duda, para todos los cristianos es sagrada la Pasión de Cristo y todos se postran ante la cruz. En la Ortodoxia, el Gran Jueves, o Jueves Santo, la lectura de los 12 evangelios de la pasión de Cristo constituye una de las cimas litúrgicas del año eclesial, cuando la iglesia llora en silencio, besando espiritualmente las llagas de Cristo. Sin embargo, no ha sido esta imagen de Cristo crucificado la que ha entrado en el alma del pueblo ortodoxo y se ha apoderado de ella, sino la imagen de Cristo manso y humilde, el Cordero de Dios que carga sobre sí el pecado del mundo y que se abaja hasta la forma más humilde del género humano, que viene al mundo para servir a todos y no para ser servido, que acepta sin abrir la boca las blasfemias, injurias y salivazos y responde con amor. Es el camino de la pobreza espiritual, en el cual se hallan ya contenidas de antemano todas las demás bienaventuranzas. Esta imagen es la que de un modo preeminente se abre ante el alma ortodoxa. La santidad que busca aparece ante ella bajo la forma de la humildad y autorrenuncia más radicales. Esta es la razón por la cual para la Ortodoxia, especialmente la rusa, son tan característicos los llamados “hombres de Dios”, personas que no son de este mundo, que no tienen “aquí ciudad permanente”, peregrinos, sin techo, locos por Cristo. Son los que renunciando a su inteligencia humana adoptan una forma que parece locura para sufrir voluntariamente insultos y humillaciones “por Cristo”. En ellos no se agota toda la santidad ortodoxa, pero se manifiesta lo más íntimo y a la vez lo más heroico: toda la fuerza de la voluntad religiosa y ascética va dirigida a despojarse de su forma natural y revestirse de Cristo. Lo más característico de estos hombres de Dios es hallarse en un estado de desprotección externa, desvalimiento e indefensión. Cristo durante su pasión ya no hace milagros y en este su desamparo humano, que no pueden remediar ni su fuerza divina ni las legiones de ángeles procedentes del Padre, reside el sello de la más alta dignidad: Es como si el Señor quisiera mostrar el cumplimiento de lo anunciado en las bienaventuranzas e invitara a seguir su ejemplo a todos los que sufren y a los afligidos.

Sergueï Bulgakov, La Ortodoxia, Moscú 2001, 147-148.

Oración

¡Oh maravilla por completo extraña e indecible! A causa de mi infinita riqueza soy pobre y nada creo tener, aunque es mucho lo que poseo. Y digo: estoy sediento por las aguas abundantes, ¿quién me dará aquello que en abundancia poseo? ¿Dónde descubriré lo que cada día contemplo? ¿Cómo abrazaré aquello que habita dentro de mí y fuera del mundo siendo como es completamente invisible?

S. Simeón, el nuevo teólogo, Plegarias de luz y resurrección, Salamanca 2004, 41-42.

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