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Día séptimo (24 de enero)

Mariano Sedano, cmf -

Reflexión

«Sé con certeza que no he encendido, por mi parte, más que una pequeña antorcha, o una mísera candela de cera amarilla. Y, sin embargo, esta pequeña llama que tiembla entre mis manos inexpertas ha comenzado a irradiar con mil reflejos sobre el tesoro de la Santa Iglesia. Durante muchos siglos, y día tras día, se han ido reuniendo aquí los tesoros, una piedra preciosa detrás de otra, el oro, grano tras grano, la plata, pieza a pieza. Como rocío oloroso sobre el vellón, como maná celeste, se ha depositado aquí la fuerza carismática de almas iluminadas por la Divinidad. Como las perlas más preciosas han sido recogidas aquí las lágrimas de corazones puros. Tanto el cielo como la tierra han aportado su contribución a lo largo de las edades. Las aspiraciones más escondidas, los esfuerzos más secretos para asemejarse a Dios, los instantes azulados de pureza angélica que advienen después de la tormenta, los gozos de la comunión divina, el dolor santo del arrepentimiento ardiente, el buen olor de la oración y la nostalgia serena por el cielo, la búsqueda incesante y el continuo descubrimiento, las intuiciones insondables del infinito y el apaciguamiento del alma semejante a la quietud de un niño, la oración y el amor, el amor sin fin... Los siglos han pasado, pero todo esto ha permanecido y se ha acumulado. Y cada uno de mis esfuerzos espirituales, cada suspiro que se escapa de mis labios, hacen precipitar en mi ayuda toda la reserva de energía de gracia así acumulada. Unos brazos invisibles me llevan a los prados floridos del mundo espiritual. Ardiendo en un sinnúmero de (...) miradas fulgurantes, centelleantes, que juegan con los fuegos del arco iris, y resplandeciendo en una infinidad de chispas doradas, los tesoros de la Iglesia conducen a mi pobre alma a un sobrecogimiento sagrado. Sus riquezas son incalculables, inestimables, inconcebibles». Pavel Florenskiï, La Columna y el Fundamento de la Verdad, 3-4.

Oración

Tu belleza es inaccesible, tu hermosura, incomprensible, tu gloria, sin parangón: y ¿quién te ha visto jamás o quién puede verte entero, Dios mío? Pues, ¿qué ojo será capaz de contemplar el todo? ¿Qué mente concebirá al ser que está por encima de todo y podrá comprender y contemplar a aquel que a todos los seres estrecha, que está fuera de todos, que a todo y a todos colma y que, de manera inefable, entero a su vez s encuentra fuera?

S. Simeón, el nuevo teólogo, Plegarias de luz y resurrección, Salamanca 2004, 54.

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