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Día segundo (19 de enero)

Mariano Sedano, cmf -

Reflexión

Si los cristianos de una determinada confesión creyesen en la sinceridad de la orientación hacia Cristo de los cristianos de otras confesiones, es probable que no existiesen más divisiones, lo cual no significa que desapareciesen las diferencias. Y viceversa, no existirían divisiones religiosas incluso en el caso en se llegase a considerar la orientación cristiana como una mera supervivencia de algo impotente del todo y en absoluto vinculante. Pero los cristianos siguen dividiéndose y luchando los unos contra los otros porque no creen en la sinceridad de las recíprocas orientaciones cristianas.(JPG) Es verdad que las diferencias confesionales no deben ser atenuadas en nombre de la unidad, incluso cabría decir que es extremamente importante que tales diferencias sean precisadas con claridad. Pero a pesar de todo, si estamos animados de una confianza y un amor sinceros, es evidente que esas diferencias no serán motivo de hostilidad, sino que nos sugerirán la idea de la solidaridad del mundo cristiano y nos inspirarán un sentido de devoción ante los planes de la Providencia. Sabemos que el Espíritu es uno y los dones diversos. Pero se trata de un saber extrínseco, ya que seguimos considerando como auténtico don del Espíritu, lo que conocemos, mientras todo lo demás lo infravaloramos en el mejor de los casos, o incluso llegamos a no considerarlo don auténtico del Espíritu. Hay un pecado común a todas las confesiones en nuestro tiempo que consiste precisamente en haber olvidado el término “católico”, que se aplica sólo en sentido extensivo y cuantitativo, mientras la expresión katholikós indica; sobre todo; algo intensivo y cualitativo. El cristianismo es “católico” porque “todo ha sido hecho” (Jn 1, 3) por medio del Verbo eterno de Dios y por ello la orientación de la conciencia de Cristo implica la plenitud y la infinidad de manifestaciones. La resistencia a reconocer en la Iglesia la Plenitud misma es una herejía y una forma de sectarismo. Cada creyente o cada parroquia o cada diócesis tomados en su singularidad tienen los rasgos de la limitación y cuando se afirman en y desde esa limitación, cobran inevitablemente los rasgos de las sectas. Por el contrario, la conciencia de la propia limitación y la consiguiente aspiración a completar el propio don con el don de los demás fuera del propio grupo, otorga un carácter de catolicidad a las diversas confesiones. Por eso la unidad del mundo cristiano sólo puede hacerse posible mediante un “cambio profundo del modo de pensar” (metánoia) y de juzgar, empezando por la propia confesión. Quien trata de ensimismarse espiritualmente en la propia confesión y ser un verdadero hijo de la propia Iglesia, se encontrará por ello mismo unido en Cristo con los demás cristianos. Precisamente en Cristo, porque sólo esta unidad puede ser efectivamente salvífica. Nos sobran las coaliciones artificiosas basadas en cálculos humanos”.

Pavel Florenskiï, Cristianismo y cultura, en La otra Europa, 54.58-59.

Oración

Te damos gracias, Señor Amante de los hombres, Rey de los Siglos y dador de todo lo bueno, porque has derrumbado la valla separadora de la enemistad, has conferido la paz al género humano y has concedido también la pacificación a nosotros tus siervos. Confirma tu temor en nosotros, consolida el amor entre nosotros y apaga toda animadversión en nuestros corazones, alejando de ellos todos los motivos de conflicto, pues Tú eres nuestra paz y a Ti te damos gloria, ¡oh, Padre, Hijo y Espíritu Santo! ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

Oración de la liturgia ortodoxa “para los que se reconcilian después de la enemistad”.

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