icono estrella Nº de votos: 0

Día primero (18 de enero)

Mariano Sedano, cmf -

Reflexión

(JPG) «¡Qué misteriosas palabras se cantan en la liturgia! ¿Quién puede escucharlas sin experimentar un estremecimiento? “Nosotros que representamos místicamente a los Querubines”. ¿Acaso el igual no debe de ser representado por uno igual a él? Sin embargo nosotros representamos a los Querubines. Eso significa que en cada uno de nosotros hay algo de parecido a un Querubín, alguna semejanza con el Ángel divino plagado de ojos, como una conciencia viva. Esta semejanza no es exterior ni aparente. La semejanza es interior, misteriosa y escondida en lo más recóndito del alma. Es espiritual. Todos llevamos un gran corazón querúbico en nuestro interior; es como el núcleo angélico del alma, pero está escondido en el misterio y es invisible a los ojos carnales. Dios ha colocado en el hombre su don más grande: su propia imagen. Pero esta perla preciosa se esconde en las oquedades más profundas del alma, encerrada en una concha tosca y fangosa, que yace sepultada en el limo en los estratos más profundos de nuestro ser. Si Dios no hubiese ocultado su don, las fuerzas del mal lo habrían podido contaminar. Ahora bien, dicho regalo se ofrece sólo a quien se halla en condiciones de verlo y lo ve sólo aquel que ha perseverado en su búsqueda. (...) Quitad del ser humano su vestido exterior y veréis su cuerpo, sujeto a tentaciones, enfermedades y muerte. Si le despojáis de su cuerpo, veréis el espeso estrato del pecado, como una suerte de herrumbre que corroe nuestra alma. Pero si se pudiese arrancar del alma esta parte corporal fétida y putrefacta, entonces en el más profundo centro del alma, podrías ver al Ángel custodio. Con sus múltiples ojos ve nuestro más mínimo deseo y capta todos nuestros pensamientos. He aquí, hermanos, la matriz santa del alma humana, el verdadero “yo” del hombre».

Pavel Florenskiï, La alegría eterna en El corazón querúbico (Jerubisnskoe tsertse)176-177

Oración

Señor y Soberano de mi vida. Líbrame del espíritu de indolencia, desaliento, vanagloria y de toda palabra inútil. Y concede a este tu siervo pecador el espíritu de castidad, humildad, paciencia y amor. Sí, Rey mío y Dios mío, concédeme la gracia de conocer mis faltas y no juzgar a mis hermanos porque eres bendito por siempre. Amén. San Efrén, el Sirio

Si te ha gustado, compártelo:
icono etiquetas etiquetas :
icono comentarios Sin comentarios

Comentarios

escribir comentario
Por favor escriba las letras como se muestran.