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Día cuarto (21 de enero)

Mariano Sedano, cmf -

Reflexión

La liturgia no sólo se dirige al alma humana, sino a todo lo creado y santifica no sólo a las personas sino a toda la creación. La acción santificante del Espíritu Santo a través de la Iglesia se extiende a toda la naturaleza, pues su destino está ligado al del hombre, y del mismo modo que fue deteriorada por culpa del hombre, espera de él su curación. El Señor, al asumir verdaderamente la humanidad, ha unido su vida a todo el mundo natural. Ha recorrido esta tierra, ha contemplado en ella las flores y las hierbas, los pájaros, peces y animales; ha comido de sus frutos, se ha bautizado en las aguas del Jordán y caminado sobre las aguas; ha morado en las entrañas mismas de la tierra y no existe nada de lo creado terrenal (excepto el pecado y el mal) que no haya sido asumido en su humanidad y que no haya recibido la efusión del Espíritu Santo, que se había cernido sobre la tierra incluso antes de la creación del mundo. Y la Iglesia santifica con esta fuerza todo lo creado sobre la tierra por medio de diferentes consagraciones y bendiciones: las flores, las plantas, yerbas y ramas de los árboles que se traen al templo en la fiesta de la Santa Trinidad, o los frutos y los racimos de uva en la fiesta de la Transfiguración, o diferentes manjares en la noche de Pascua, o diferentes lugares y objetos según las necesidades. El sentido general y el fundamento de todas estas bendiciones es que en ellas ya se anticipa (y al mismo tiempo se prepara) la nueva creación, la transfiguración de lo creado “el cielo nuevo y la tierra nueva”. El racionalismo espiritualista y superficial ve en todo esto magia o superchería pagana, disminuyendo y limitando de este modo la fuerza del cristianismo únicamente al mundo espiritual del hombre. Sin embargo, la persona humana es espíritu encarnado y un ser cósmico. En ella vive el cosmos y se santifica con ella, pues el Señor es el Salvador no sólo del alma, sino del cuerpo y en él también de todo el mundo. He aquí por qué en la dimensión cósmica de la liturgia ortodoxa se manifiesta la plenitud del cristianismo, pues la Iglesia tiene en la persona humana también una fuerza cósmica, y el Señor, después de santificar la tierra y las aguas del Jordán, continúa ahora santificándolas y bendiciéndolas por medio del Espíritu Santo que ha enviado desde el Padre a su Iglesia. Los misterios de la liturgia ortodoxa en su esplendor y hermosura hablan de un modo directo a la inteligencia, al sentimiento y a la imaginación de los presentes. No se puede negar que este camino de acceso a la Ortodoxia tiene sus dificultades para un occidental. Sin embargo, esta vía de acceso es la más íntima y fiable, pues el corazón de la Ortodoxia se encuentra precisamente en la liturgia.

Sergueï Bulgakov, La Ortodoxia, Moscú 2001, 127-129.

Oración

Oh Dios, hazme digno de comprender el misterio de tu amor, expresado en tu manera de cuidar amorosamente el mundo sensible, en las obras de la creación y en el misterio de la muerte de tu Amado.

Isaac de Nínive, Coll II, 5, 15.

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