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Desde Buenafuente del Sistal. III DOMINGO DEL TIEMPOR ORDINARIO, “B”.

Angel Moreno -
Hoy, al coincidir este domingo con el 25 de enero, conmemoración de la conversión de san Pablo, se da una coincidencia providencial. Las lecturas de la Liturgia llaman a la conversión desde dos extremos coincidentes en la transitoriedad o finitud, por una parte la llamada, un tanto apocalíptica: “¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!” “La representación de este mundo se acaba”. Por otra parte, el anuncio de la llegada del Reino: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios”. Por ambas razones se nos invita, a ejemplo de lo ninivitas, y como respuesta al Evangelio,  a la conversión.

Si tenemos en cuenta la coincidencia con la fiesta paulina, el salmo resulta la súplica más adecuada: “Señor, enséñame tus caminos”. El recuerdo del camino de Damasco, en el que san Pablo se encontró con Jesús, momento en el que la vida del Apóstol cambió totalmente, nos ayuda y anima a descubrir el mejor sendero.

La conversión no debería  hacerse por miedo, por escepticismo o desengaño. Dios ha hecho todo bueno. La vida es un don, los bienes de la tierra son mediaciones que ayudan a atravesar la existencia, la familia es una gracia. El Papa Benedicto XVI repite constantemente  -lo vemos en su encíclica Deus caritas est y en sus catequesis- que la conversión es a una persona. El cristianismo no es una ideología, ni un código moral.  Es un encuentro con Cristo de cada uno de los cristianos lo que afecta definitivamente su conducta. Esto les sucedió a los discípulos hermanos Simón y Andrés, y a Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo. Ellos dejaron las redes, las barcas y a su padre. Y a san Pablo.

La conversión tiene repercusiones efectivas en el comportamiento personal, en el uso de los bienes, en la solidaridad, en el despojo de aquello que merma la disponibilidad para el seguimiento. Un ejercicio concreto que se puede hacer, a la luz de la Palabra, es el de descubrir qué redes, ataduras, esclavitudes, dependencias o afectos detienen o merman el seguimiento de Jesús.

El texto del Evangelio ha cambiado la vida a amuchas personas. Una de las últimas vivencias que he conocido en el acompañamiento espiritual tiene que ver con este pasaje. Una joven, ahora consagrada, estaba enamorada de un joven, que también sentía la llamada del Señor; ambos gozaban el don de la amistad, al tiempo que sentían la vocación. Por razón de sus estudios debieron separarse. La joven, un día, leyendo el texto de Marcos, se dijo: “Debo dejar las redes, debo desprenderme de lo que me ata”, pensando en su afecto por el joven. Al mismo tiempo, recibió una carta de su amigo que le decía: “Siento que no tengo derecho a impedir que seas de Dios”. Hoy goza cada uno de la libertad del corazón en el seguimiento vocacional.

¿Cuáles son tus redes, tu barca, tu “padre”?
¿Cuáles son tus afectos, tus dependencias, tus esclavitudes?
¿Qué te hace ir como ciego por el camino?
¿En qué descubres mayor luz, mayor paz?
Sigue la senda luminosa con lealtad y cuenta siempre con la misericordia de Dios.
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