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Desde Buenafuente, comentario al Cuarto Domingo de Pascua.

Angel Moreno -
Aún resuena la proclamación, en la noche de Pascua, del relato del origen del universo, en la sucesión de los siete días primeros, y la constatación de que, en el octavo día, todo ha tenido su culminación en Cristo. Él es la luz, la fuente de agua viva, el pan del cielo, el camino, la verdad y la vida. Él es el hombre pleno, perfecto, todo ha sido hecho por Él y para Él.

Hoy se proclama en el Evangelio la expresión de Jesús: “Yo soy el buen Pastor”, su autorretrato. Todo se recapitula en Cristo. Él es el Cordero de Dios, y a la vez el Pastor, Él produce la sed, y Él mismo se ofrece como manantial. Él conduce al rebaño hacia los pastizales, y es a la vez el alimento que sacia.

Los primeros cristianos, desde muy pronto, encontraron en la figura del Pastor la imagen plástica que mejor representaba a Cristo. La Iglesia ha fijado para este día la jornada mundial de oración por las vocaciones, para que no falte a los fieles el apoyo de quienes, en nombre de Jesús, prolongan la presencia entrañable y generosa del Pastor bueno. El llamado al seguimiento debe tener la seguridad de saber de quién se fía, de la Palabra fiel, que no se retracta de lo que promete, aun en daño propio. El buen Pastor no es un asalariado. Ante Él cabe invocar:

“Pastor bueno, atento y silencioso, orante y contemplativo, conocedor del tiempo y de los caminos, hecho al calor del verano y a los fríos invernales, a las estepas nevadas y a las noches estrelladas, que acompañas la trashumancia del pueblo y lo conduces hacia la tierra de la promesa.

Pastor bueno, fuerte y vigilante, que oteas el horizonte y salvas a quien se queda solo, aislado, expuesto al ataque de las fieras, de todos los enemigos. Y cargas sobre tus hombres con la criatura. Tú conoces por el nombre a cada ser humano y llamas a cada uno a una vocación particular de manera personal y distinta.

Pastor bueno, no permitas que me aparte de tu mirada, que no me distancie tanto que pierda la posibilidad de escuchar tu silbo amoroso, compasivo, entrañable. Que si por mi torpeza, debilidad o ensimismamiento me entretengo emancipado de ti, que al menos la luz de tu rostro y la resonancia de tu voz me posibiliten siempre volver hacia ti”.

Y parece que le escucho decir al buen Pastor:

“No te resistas a la gracia. No te atrincheres en tu debilidad. No te castigues con el exilio voluntario del abrazo de la misericordia.

Déjate llevar, si es preciso, y una vez más, sobre los hombros del perdón.  Déjate conducir, como  de nuevas, por la Palabra, fascinado por la luz del rostro de quien te quiere más que nadie.
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