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Del Sínodo que fué. Impresiones de un externo, no lejano.

Josep Rovira, cmf -
\"\"El XI Sínodo de los Obispos que se ha celebrado aquí en Roma el mes pasado no ha tenido grande eco en los medios de comunicación, al menos en Italia; sin embargo, además de tratar un tema fundamental en la vida de la Iglesia (la Eucaristía), no ha cerrado del todo algunas posibilidades ni ha dado marcha atrás en otras. De ahí que alguien lo haya definido: un Sínodo sin novedad ni traición.

Como Uds. saben, se inauguró el domingo día 2 de Octubre con una Misa solemne en San Pedro, presidida por Benedicto XVI, y se clausuró el día 23 del mismo mes. Los presentes en el Sínodo fueron 256, procedentes de 116 países: entre ellos,123 obispos y 55 cardenales. A estos delegados se añadieron 26 oyentes, con derecho a la palabra pero no al voto; de ellos 13 eran mujeres, 6 laicas y 7 religiosas (¿un poco poquitas...?). Con un gesto “revolucionario”, el Papa había invitado también como sinodales a cuatro obispos chinos, tres pertenecientes a la llamada “Iglesia oficial” o “patriótica” (aprobada por el gobierno comunista, y considerada por ello medio cismática), y uno a la “Iglesia clandestina” (totalmente fiel a Roma). Era un gesto de buena voluntad con el cual la Santa Sede quería poner de relieve su apertura a los “oficiales”. El gobierno no concedió el visado para poder venir a ninguno de los cuatro. Como protesta pacífica, se mantuvieron sus cuatro asientos vacíos todo el tiempo en el Aula Sinodal, y el Papa hizo referencia en su discurso final a cuánto se habían recordado y orado por ellos y todos sus fieles (oficiales o clandestinos) durante aquellas semanas.

 

El día 3 comenzaron las sesiones con los saludos de rigor, una meditación dirigida por el mismo Papa y la Relación Introductoria a cargo del arzobispo de Venecia, cardenal Scola. Como curiosidad, los últimas palabras que los presentes oyeron a través de los altavoces aquella mañana fueron las de Benedicto XVI a uno de sus ayudantes: “Esta tarde llegaré tarde porque tengo que ir al dentista”. Sucede también a los Papas, y no solamente a los comunes mortales; bueno, en realidad es que ellos también lo son. El encargado de los micrófonos se había olvidado de apagarlos.

El nuevo Papa introdujo algunas novedades significativas en la metodología de la asamblea: que en vez de cuatro semanas como los anteriores este Sínodo durara solamente tres, que disminuyera de algún minuto el tiempo a disposición de quienes intervenían, y en particular que se reservara una hora (de las seis a las siete de la tarde) para intervenciones informales, no preparadas de antemano. Esta última novedad no suponía mucho tiempo a disposición, y de hecho tomaban la palabra más bien los de la primera o primeras filas, es decir, en buena parte solamente algunos cardenales; pero, concedía a los asambleístas un espacio a la espontaneidad y a un debate “normal”. Y, en efecto, dentro de lo que cabía, allí fueron saliendo, sin tantos rodeos ni perífrasis diplomáticas, muchos de los problemas que vive la Iglesia de hoy. Era un aire novedoso, respecto a los Sínodos precedentes, aunque fuera un airecillo suave y de contenida duración, sin corrientes fuertes que pudieran engripar a nadie en esta soleada estación otoñal romana.

El tema era el de la Eucaristía y, a nivel doctrinal dogmático, no había nada que discutir. Por eso se vió enseguida que las discusiones iban a ser sobre problemas pastorales, más o menos relacionados eso sí con aquel sacramento. Y así fué. Se habló de la posibilidad de dar o no la comunión a los políticos católicos que defendieran temas contrarios a la moral católica como el aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo, de la comunión a divorciados recasados civilmente, de la oportunidad o incluso necesidad de ordenar sacerdotes a hombres casados para aquellas comunidades que se pasan largas temporadas sin la visita de un sacerdote célibe, de la intercomunión con aquellas Iglesias (sobre todo Ortodoxas) con las que condividimos la misma fe sacramental, de menos burocracia y más sentido pastoral en el estudio y solución de los casos de nulidad matrimonial..., e incluso de cosas que parecían ya ttotalmente superadas como la comunión en la mano. No se llegó a ninguna conclusión concreta, ni se podía, dado que los Sínodos hasta ahora han tenido solamente un valor consultivo y no deliberativo (no pocos dicen que éste es su “pecado original”); y ya se verá si la Exhortación Apostólica Postsinodal que publique luego el Papa se hará eco o no de todo ello. De todas maneras ha sido una señal positiva que los sinodales hayan manifestado libremente sus pareceres, incluso sobre cuestiones que parecían ya descartadas, y que haya habido opiniones para todos los gustos, desde los que querían volver a situaciones claramente en contraste con el concilio Vaticano II (por ejemplo, la Misa en latín y según el rito preconciliar), hasta los que sufren con sus fieles el callejón sin salida de algunas situaciones (por ejemplo, los casos de divorciados recasados que quisieran sinceramente poder recibir los sacramentos). De hecho, sobre todas estas cuestiones, no solamente se expresaron claramente en favor o en contra muchos de los presentes durante aquellas semanas, sino que la discusión se ha prolungado con entrevistas a personajes importantes de la Iglesia una vez acabado el Sínodo. ¡Gracias a Dios!, hay más libertad de expresión en la Iglesia de lo que algunos piensan o quisieran; sin dejar de lado el sentido común y eclesial, pero sí tratando de salir al encuentro de los hermanos en circunstancias complejas que no se pueden simplemente solucionar con principios fríos y absolutos. Es justo y necesario abrazar la cruz de Cristo y los sufrimientos de la vida; pero, habría que preguntarse a ver si muchas veces no habremos hecho sufrir sin necesidad... (No olvidemos que el mismo Cristo en Getsemaní pidió al Padre no tener que sufrir, si era posible: Mt 26, 39).

Un botón de muestra. Fue la cuestión sobre si permitir sin más a nivel de toda la Iglesia, y pasando por encima del parecer y la jurisdicción de los obispos locales, la llamada “Misa de San Pío V”; o sea, el rito que se celebraba antes de la reforma litúrgica postconciliar y que –como se sabe- no sin cierta arrogancia exigen (lo ha hecho de nuevo en vísperas del Sínodo uno de sus jefes) los llamados “lefebvrianos”. Me resulta de fuente cierta que la llamada “Congregación para el Culto Divino” (que es como el Ministero Vaticano encargado de velar por la liturgia en la Iglesia) recibió poco antes del Sínodo la orden de estudiar dicha posibilidad. Después de varias reuniones de especialistas, dicha Congregación dió un parecer totalmente negativo a readmitir a nivel de toda la Iglesia dicho rito preconciliar. Tajantemente contrario se proclamó sin rodeos incluso su Presidente (o Prefecto), el cardenal nigeriano Arinze. Hubiera sido una triste señal y fomentar una grave confusión el hecho de que un grupo de cismáticos como son los lefebvrianos, cuyos pareceres fueron condenados por Juan Pablo II ya hace años, hubieran logrado imponerse a toda la Iglesia, por más que –como bien se sabe- gocen de simpatizantes dentro de la Iglesia. Peor aún si al final hubiera aparecido como el único cambio “importante” introducido por este Sínodo, cuando hay tantos otros problemas mucho más serios en nuestra Iglesia y sociedad actuales. En cambio, en el número 2 de la “proposiciones” finales del Sínodo se dice textualmente: “La Asamblea Sinodal ha recordado con gratitud el beneficioso influjo que la reforma litúrgica actuada a partir del Concilio Vaticano II ha tenido para la vida de la Iglesia... Ha habido abusos, aunque han disminuido. De todas maneras estos episodios no pueden oscurecer la bondad y validez de la reforma que contiene riquezas todavía no suficientemente exploradas...”. El desmentís no podía ser más claro y solemne. Por eso, como me dijo uno de los sinodales, quizás lo más importante de este Sínodo, en sus “Proposiciones” y “Mensaje” finales, no ha sido lo que ha dicho (la mayor parte de las cosas que dijo las iba a decir por descontado), sino lo que no ha dicho y lo que no ha cerrado del todo. ¿Un poco poco, dirán algunos?

Una última novedad, pequeña pero significativa, ha sido sin duda el hecho de que Benedicto XVI haya permitido (¡por primera vez en la historia de los Sínodos de nuestra época!) que se hicieran públicas las propuestas (“Propositiones”, 50 en total) que el Sínodo entregara al Papa como resultado del mismo y en vistas a la publicación de una futura Exhortación Apostólica. De hecho no pocas veces a los pocos días de la clausura de un Sínodo ya alguien encontraba “por casualidad” los textos supersecretos y los publicaba... ¡Cuánta razón tenía el Beato Juan XXIII, cuando dijo en el discurso de apertura del concilio Vaticano II, que abrir del todo o un poco más las ventanas de la Iglesia era un bien! Claro que alguien puede pillar un resfriado o alguno más enfermizo una pulmonía; pero, es evidente que todos respiran un aire más sano..

Arrivederci!

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