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Del iceberg al Arca de Noé. El nacimiento de una ética planetaria.
Una entrevista al teólogo Leonardo Boff

Jesús Iribarren -

El título de su charla es sugerente: Del iceberg al Arca de Noé. El nacimiento de una ética planetaria . ¿A qué se refiere con ello?

\"\"El tema fundamental son los retos que la globalización presenta a los cristianos y a la Iglesia. Lo primero es darse cuenta de que estamos ante un fenómeno nuevo que supera el problema financiero y otras cuestiones. Es una etapa nueva en la historia de la humanidad, de la Tierra misma entendida como Gaia . Estamos ante un proceso que produce una conciencia colectiva desconocida y que despierta la responsabilidad que los seres humanos tienen de cara al planeta. La Tierra aparece como la única casa común que tenemos y está amenazada. La cuestión básica no es qué futuro tiene el cristianismo o el proyecto de la tecnociencia o cultura occidental, sino qué futuro tiene el planeta y la Humanidad, y en qué medida el cristianismo o la religión ayudan a garantizar un futuro bueno para todos.

¿Y cómo puede hacerlo?

Ahí nos encontramos con dos modelos de Iglesia: la Iglesia grande encarnada en Occidente, y otra de base. Para tener una significación global la primera ha de ser desoccidentalizada y abrirse al diálogo profundo con las demás culturas, permitiendo que las culturas asuman el mensaje evangélico a partir de sus matrices. Y eso es muy difícil, porque tiene una larga historia de 2.000 años y sufre la crítica de los países que están fuera de lagalaxia occidental, que la han visto siempre como una parte más de Occidente, de esa vertiente de dominación, imperial... Pero a la vez existe otro modelo de Iglesia, laIglesia gran red de comunidades . Está repartida por todas las partes pero es muy fuerte en el Tercer Mundo, donde los cristianos se insertan en las pequeñas comunidades sin perspectivas de conquista o dominación, sino para estar codo con codo con otros. Trabajan el diálogo, se comprometen con asuntos vitales como la lucha contra la pobreza, la injusticia, el cuidado de la Naturaleza... Ahí aparece la dimensión espiritual del cristianismo. Este tipo de Iglesia tiene una configuración mucho más globalizable que la otra. No aparece en forma de poder, sino de presencia y solidaridad. La clave no es la institución, sino la espiritualidad, la Iglesia como movimiento de Jesús. Reivindicar la utopía cristiana, un mensaje de esperanza en la transfiguración de la persona y del mundo.

¿Y los fundamentalismos?

Lo primero es saber por qué casi todas las religiones tienen esa dimensión fundamentalista. Muchas culturas están sometidas a un gran proceso de homogeneización, de estandarización desde la cultura occidental o el mundo americano. Entonces la culturas se agarran a la religión como forma de reafirmar su identidad. Cuanto más son presionados, más adoptan esta postura de resistencia. De ahí viene el fundamentalismo, la radicalización de la perspectiva de la identidad. Eso conlleva conflictos, terrorismo... Esa es la lógica de la mundialización, que en el fondo es una occidentalización del mundo imponiendo sus valores. También está claro que el fundamentalismo es una patología de la religión. No tiene nada que ver con el lado sano de toda religión que se basa en valores de diálogo, tolerancia... Pero todo lo que es sano puede enfermar. Sin embargo, el peor fundamentalismo no es el religioso, es el económico. Es el pensamiento único capitalista y el pensamiento único neoliberal, que producen muchas más víctimas en el mundo que el fundamentalismo religioso. Hay que denunciar esto también, y más cuando figuras como la de Bush encarnan la confluencia entre el fundamentalismo religioso (su visión del mundo) con el político (cómo impone su democracia) y el económico. Por otra parte, las iglesias institucionales, todas, deben hacer una autocrítica, porque han sido cómplices de todo esto. Lejos de ser una solución, son parte en sus causas. La vía es rescatar los valores de Jesús: la centralidad de la vida, la hermandad de los seres humanos como base de la democracia, que el hombre no es el dueño de la Naturaleza sino el jardinero que la cuida...

Echando una mirada al mundo se ve una situación convulsa, de conflictos, tanto en el ámbito religioso como en el político. ¿Es posible reconstruir desde esa ética mínima planetaria un encuentro entre religiones, así como unas instituciones o leyes compartidas por todos? Un orden mundial más justo, un planeta más pacífico, en definitiva...

Ésta es una exigencia urgente en la humanidad. Las amenazas que pesan sobre el mundo, tanto por el lado ecológico como por la crisis social (gran parte de la Humanidad vive en la pobreza y hay mucho sufrimiento) son muy graves. Vivimos prácticamente en una estado de guerra civil mundial. Por ello nos hace falta un pacto civil y social mundial. La potencia hegemónica y militarista, EEUU, impone su camino al mundo. La búsqueda de este consenso mínimo de valores en el que todos pueden participar representa una garantía de que los seres humanos puedan vivir en esa pequeña casa del planeta. Lo primero es recuperar la sensibilidad por los valores. No tanto la lógica instrumental o la razón productivas, sino la capacidad de sentir como ser humano. En segundo lugar, hay que potenciar una ética del cuidado. Todo está descuidado, la naturaleza, los niños, los ancianos... Una ética del cuidado desarrolla relaciones benevolentes, no destructivas con las personas y la naturaleza. Además hay que relanzar una ética de la compasión en sentido budista. Es decir, no dejar que los que sufren estén abandonados, y más sabiendo que su situación es fruto de otras acciones humanas. Finalmente es necesario apostar por una ética de la solidaridad y la cooperación. Sabemos que sobre estos principios se dio el salto hacia la humanidad desde la animalidad. La cooperación se opone a la lógica de la competencia del mercado.

Extraido de Noticias de Navarra

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