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Del enamoramiento al amor, un largo camino

Emilio García y Marifé Ramos -
La aventura del matrimonio puede vivirse como un largo camino, una excursión en pareja en la que cada paso es diferente y nos descubre un nuevo paisaje hasta llegar a la cumbre, que es la meta, que es el amor compartido.

Una o varias veces el corazón nos ha dado un salto y la vida empieza a girar en torno a esta experiencia. Nos sorprende que la gente esté triste, porque nosotros estamos alegres, o que sienta miedo, porque a nosotros la ilusión y los planes para el futuro nos desbordan. Nos faltan palabras para expresar lo que sentimos, y a pesar de eso hablamos del tema a tiempo y a destiempo. Rezumamos optimismo vital, y en esa euforia comenzamos a asumir las costumbres y la manera de pensar de nuestra pareja; es como si nos hubiera deslumbrado un fogonazo, y todo lo de alrededor quedara en penumbra y apenas nos interesara. Unas veces adoptamos actitudes que no adoptaríamos si nos hubiéramos parado a reflexionar, otras hacemos nuestras las ideas de nuestra pareja, aunque sean casi opuestas a lo que nosotros pensábamos antes de sentirnos enamorados.

Comienza así, o de un modo similar, un largo camino que tiene varias etapas:

AISLADOS EN NUESTRO VALLE

Empezamos el camino en medio de un valle cerrado y lleno de flores. Tiene un microclima y la vegetación apenas nos permite ver lo que hay en el exterior. Nos cuidamos uno al otro, paseamos absortos y nos ofrecemos flores.

A menudo el camino acaba ahí, por asfixia mutua, y por querer hacer de la otra persona nuestra obra, nuestra fotocopia. Cuando acaba el fogonazo nos quedamos en la oscuridad, y tardamos tiempo en percibir nuevos contornos. Por eso hay parejas que no pasan de esta primera etapa. El enamoramiento puede acabar en una ruptura dolorosa, o incluso en odio mutuo.

EL ASCENSO POR EL PUERTO

El puerto de montaña es la salida natural de este valle que comenzaba a ahogarnos poco a poco. Empezamos a subir cantando, pero poco después el ascenso se hace más y más difícil. No nos imaginábamos que las curvas serian tan cerradas, ni la pendiente de tantos grados. No es fácil encontrar fuentes a la vera del camino, y muchos días, cuando el sol aprieta, nos dan ganas de tirar todo por la borda.

Tras las flores y la poesía de la primera etapa nos vemos inmersos en la vida diaria con toda su crudeza, porque aparecen dificultades que antes ni siquiera hubiéramos imaginado. En el valle hacemos planes para comenzar la vida en común, pero la poesía se rompe cuando llegan las gestiones del Banco y la hipoteca del piso. Elegimos a nuestra pareja, convencidos de que es la mejor, un regalo..., y en medio del puerto descubrimos que nuestra pareja tiene una familia a la que no hemos elegido. Se hacen patentes las manías mutuas, las aficiones que no compartimos, y las formas de pensar que difícilmente transigimos.

Los hijos son un sueño, por eso en el valle disfrutábamos soñando en voz alta con ellos, alimentando ilusiones y compartiendo proyectos; veíamos sus caritas y les poníamos nombres..., pero cuando nacen esos sueños, además de la inmensa alegría que nos dan, nos damos cuenta de que lloran, se ponen enfermos, y necesitan nuestra atención día y noche. Poco a poco surgen diferencias de criterios a la hora de educarlos, porque no se educan sueños, sino niños y niñas con una personalidad propia. El cansancio físico empieza a formar parte de la pareja, como un ingrediente más; un ingrediente que, desgraciadamente, puede ir sustituyendo al amor, casi sin darnos cuenta. Entonces las matemáticas y la estadística (“hoy te toca a ti, mañana a mí”) sustituyen esas promesas de amor eterno e incondicional que nos hicimos en el valle.

Evidentemente también hay muchas satisfacciones de todo tipo, pero en estos primeros años de matrimonio muchas veces las alegrías quedan diluidas en medio del cansancio físico y de un conjunto de dificultades que se agravan con la incomunicación de la pareja. Los problemas se van convirtiendo en fantasmas que aparecen y desaparecen, dejando tras de sí una atmósfera de temores infundados, miedo y soledad que van configurando la vida de las parejas como en un crisol.
En la escalada de cada día se pone a prueba quiénes somos realmente, aparece nuestra fragilidad (la que estaba tan bien disimulada en el valle), la artrosis mental incipiente (y es más peligrosa esta artrosis que la otra) y los lumbagos latentes que nos llevan a buscar el sillón más confortable sin reparar en el cansancio de nuestra pareja; en una palabra, aflora nuestra fragilidad. Bajamos la guardia, descuidamos nuestra indumentaria, ya no estamos sonrientes y «bien olientes», esperando a la pareja, como hacíamos en el valle. A menudo este descuidado aspecto físico refleja con claridad la pereza para mantener la vida de pareja y de familia como algo valioso que se estrena cada día.

TE AMO PORQUE TE NECESITO

En esta etapa decir «te amo», es decir «te amo porque te necesito», porque no me quiero quedar tirado o tirada en la cuneta, porque el ascenso de cada día no nos deja tiempo para pararnos a re-vivir ese amor primero, porque la mediocridad nos envuelve y parece que sólo podemos vivir subiendo a rastras cada día.

A veces subimos algunos kilómetros ensimismados, en un silencio cortante,
idealizando lo que pudo ser y no ha sido, o lamentando lo que es. De vez en cuando se atraviesa un pensamiento fugaz: “¿me casé para ésto?”..., pero es mejor no pensar en ello. Y continuamos subiendo en silencio, mirando cada uno hacia un lado de la montaña, y añorando la comodidad del valle, de la soltería, de no tener la responsabilidad de la paternidad-maternidad.

ALGUIEN NOS INVITA A DESCANSAR EN UNA CUMBRE

Un día alguien -y sobre todo Alguien-, nos invita a pararnos y reponer las fuerzas; al bordear un poco el camino descubrimos con asombro que estamos en una pequeña cumbre. El puerto queda abajo, entre la niebla. Arriba los rayos del sol permiten ver un panorama que ensancha el corazón. La mirada se nos pierde en el horizonte y el gozo nos invade.

El puerto no se ha acabado, pero es un regalo y un triunfo pararnos en una cumbre. Allí, al mirarnos a los ojos, empezamos a recordar el camino recorrido y, como si descendiéramos vertiginosamente, vamos siendo conscientes de esas etapas del camino que habíamos recorrido en silencio, o pendientes sólo de nosotros mismos. Al sostenernos la mirada comienzan a caer caretas y máscaras, y recuperamos nuestro rostro desnudo. Van brotando, y se hacen presentes, los nombres que llevamos escritos en el corazón.

En esa cumbre reponemos las fuerzas, agradecemos el camino recorrido juntos, y divisamos a lo lejos el valle donde comenzó nuestro camino común. Experimentamos que nos queremos mucho más de lo que la vida diaria nos permite expresar. Sentimos la alegría de saber que somos importantes para la otra persona, que no somos iguales, ni vivimos a la sombra uno de otro, sino que es una riqueza compartir las diferencias en un proyecto común. En la ascensión hemos comprobado que cada uno ha aportado lo que es, lo que sabe, y lo que puede. Ahora aprendemos a decir “te necesito porque te amo”, y se va desvelando poco a poco su significado más hondo.

Y, del mismo modo que amanece en lo alto de la montaña, aparece una luz que nos recuerda el proyecto que nos puso en marcha, y sentimos que hemos desperdiciado el tiempo por vivir ensimismados una parte del camino. La mirada que se esponja en el horizonte se vuelve poco a poco hacia el interior, y se reaviva ese Amor que ha estado presente, aunque adormecido en algunas etapas. Redescubrimos que el matrimonio cristiano es mucho más que un proyecto de pareja, porque el buen Dios se ha hecho cómplice de nuestro proyecto y nos invita a trabajar como pareja en su propio proyecto del Reino, por eso nos pide que vivamos:

-  La fraternidad: rompiendo los esquemas de mi familia y tu familia, para crear familia, con el horizonte de la gran familia humana.
-  El perdón: compartiendo así la buena noticia y la experiencia de sentirnos perdonados una y otra vez.
-  Ser pareja-samaritana: acercándonos progresivamente a quienes viven en el margen, en tantos márgenes como hay en la vida.

Desde la cumbre la vista no llega a abarcar el horizonte, se pierde en las mil cumbres intermedias. Del mismo modo el proyecto cristiano de la pareja es como navegar en ese mar de nubes hacia la utopía; sabemos que nunca llegaremos, y que cada mañana podemos decir «hoy, un poco más». Sabemos y experimentamos la enorme distancia que hay entre la buena voluntad que nos mueve y la experiencia de nuestra pequeñez personal.

EL MATRIMONIO: UNA AVENTURA APASIONANTE

El re-encuentro en la cumbre reponiendo fuerzas, mirando el horizonte y mirando al interior de nosotros mismos nos permite comprender y vivir el matrimonio como una aventura apasionante. Ya no se trata de vivir como si fuéramos por «la excursión de la vida» en un viejo autobús, observando la realidad por la ventanilla, entre el sopor y los bostezos. Podemos y queremos vivir el matrimonio como valientes montañeros que sortean peligros, que pasan días a la intemperie, se manchan las manos... pero no paran de ascender con entusiasmo hacia esa cima que es llamada y meta.

Descubrimos que somos signo, sacramento del amor de un Dios cercano, y queremos compartir esa experiencia de amor. Cada día somos más conscientes de que necesitamos a otras parejas y a otras personas -sacerdotes, religiosos y religiosas- para vivir en cordada, estar alerta, cantar juntos, buscar manantiales o pasarnos mutuamente la cantimplora, prestarnos la brújula, y compartir nuestra riqueza personal única.

La experiencia de la cumbre nos ha hecho más conscientes del compromiso de solidaridad con quienes tienen dificultades, por eso compartimos con más facilidad las nuestras, conscientes de que expresarlas nos ayuda y ayuda, porque demuestra que las dificultades en la vida de la pareja son inherentes al barro del que estamos hechos.

Descubrimos también que somos el uno para el otro camino de salvación o condenación. Del mismo modo que nos animamos mutuamente a fumar o a dejar de hacerlo, a hacer una vida sana o insana, nos animamos y nos empujamos -consciente e inconscientemente- hacia el bien y hacia el mal. Por eso podemos hacernos la pascua mutuamente, o ser Pascua -paso de Dios- el uno para el otro.

EL PUERTO CONTINÚA...

Desde esa cumbre bajamos juntos, abriendo nuevos caminos. Hay ratos en los que parece que vamos de cumbre en cumbre, en otros seguimos ascendiendo por el puerto, pero lo vivimos de modo diferente.

Sentimos que el camino es de bajada, aunque eso no evita que nos sigan entrando chinitas en los zapatos que hagan dolorosas o difíciles algunas etapas. Por eso buscamos lugares de encuentro en los que reponer las fuerzas, hacer balance, cantar juntos y poner los ojos en la siguiente cumbre. No han desaparecido los problemas ni los desiertos, pero intentamos transformarlos en oasis, en ellos revivimos el amor primero, intentando no poner alambradas a nuestro alrededor (como hacíamos en el valle), sino ofrecer un jardín abierto que sea lugar de acogida, con sombra y la mesa puesta. Sentimos también que comienza el declinar físico y que a través de él la vida nos invita con dulzura a rehacer la escala de valores y a asumir una fragilidad que irá en aumento.

No se han acabado los puertos, la vida nos los pone uno tras otro, pero ahora somos conscientes de que también hay valles y de que de vez en cuando nos sorprenden otras cumbres. No nos cogemos de la mano uno al otro reteniéndonos o ahogándonos, como al principio. Nos sabemos de la mano aunque las circunstancias nos hagan estar lejos físicamente. Nos vamos descubriendo cada día como un buen equipo de trabajo, y agradecemos las diferencias como algo que nos enriquece más y más

Frente a la imagen del Dios varón, transmitido durante siglos, queremos ser imagen del Dios-familia-hogar, con todo lo que tienen de humanizadoras estas realidades. Ser célibes por el Reino es un modo de ser signo del amor de Dios. Ser matrimonio cristiano es otro modo de ser signo del mismo amor. No vivimos con un “amor dividido” (como decía san Pablo), como si sólo nos quedara para Dios la calderilla de un tesoro que es para la pareja. Las imágenes del calor del hogar, la ayuda mutua, la fidelidad y la paternidad-maternidad expresan muy bien cómo es nuestra experiencia de Dios. Por eso las parejas podemos ser signos vivos que animen a los adolescentes y jóvenes a creer en el matrimonio, no porque lo sepan de oídas, sino porque lo hayan visto sus ojos, porque hayan comprobado que decir «te amo porque te amo» no es una frase, sino un proyecto que muchísimas parejas intentamos construir día tras día.

AHONDAR EL PROYECTO COMPARTIDO

Y después ¿qué? No sabemos más. Suponemos que se tratará de ir encarnando y ahondando este proyecto compartido, de estar más disponibles, de hacer menos planes y acoger mejor los planes de Dios, de aceptar que el nido se quede vacío, conscientes de que hay suficientes aves sin nido como para vivir esa nueva etapa con creatividad y cariño. Y cuando la muerte -hermana y compañera de camino- nos llame a uno de los dos, intentaremos despedirnos con todo el amor, sabiendo que, un tiempo después, el que se haya ¡do antes nos acogerá -junto con Dios Padre y Madre- en la Cumbre definitiva.
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