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Déjalo todo... Tendrás un tesoro. Ven y sigueme

Severiano Blanco, Severiano Blanco -

Jesús en el centro

Ya al inicio de su actividad pública, Jesús suscitó la extrañeza y admiración de los que asistían al culto sinagogal de Cafarnaún: «¿qué es esto? ¡Una doctrina nueva y con autoridad!» (Mc 1,27).(JPG) Efectivamente la palabra de Jesús resultaba y resulta de sorprendente novedad; él es llamado el Maestro, pero es distinto de los maestros, de los profetas, de los antiguos sabios, de los rabinos...Estos enseñaban un camino para obtener la bendición de Yahvé: fidelidad a la Alianza de los padres, cumplimiento de la ley, realización de las llamadas «obras buenas», etc. Con Jesús todo cambia: la nueva bendición de Yahvé es él en persona, y se la alcanza siguiéndole a él. La adhesión a su persona determina la realización de una vida; y la vida al margen de él es vida de muertos («deja que los muertos entierren a sus muertos», Lc 9,60).
El centro de gravedad de la existencia humana queda ahora desplazado: hay que salir de uno mismo, dejar la propia autoafirmación y seudoseguridad para ser con Jesús y en Jesús. Esto implica una fuerte sacudida en los hábitos corrientes, en la generalizada afición a poder, saber, poseer, valer... Y no se soluciona el problema mediante componendas entre lo viejo y lo nuevo: «a vino nuevo, odres nuevos» (Mc 2,22). Jesús no viene a embadurnar el mundo con vaselina, sino a transformarlo mediante un incendio: «he venido a traer fuego a la tierra» (Lc 12,49). A quien se le hace encontradizo le despierta de la plácida inconsistencia y le obliga a reorientar su vida, como si se dirigiese hacia un juicio irremisiblemente perdido: «cuando vayas con tu adversario a donde el juez, ponte en paz con él mientras vais de camino» (Lc 12,57).
Esta llamada apremiante a centrar la vida en él la hace Jesús sin legitimación oficial o externa: él no presenta su título de rabino ordenado o su genialidad personal en la interpretación de la Escritura; su palabra y su actitud tienen peso específico por sí mismas, de tal modo embelesan, que el llamado se deja seducir y se rinde: «¿a qué otro nos vamos a ir, si sólo tú tienes palabras de vida eterna?» (Jn 6,68).
Pero Jesús no es el megalómano que sueña con grandezas que no tiene, o que busca superar a los rabinos en número de discípulos y estar así mejor considerado y servido; el se sitúa en medio de los auyos “como el que sirve” (Lc 22,27); es el centro centrífugo que irradia vida y que inicia el nuevo orden de la Basileia, orden que no se asienta ya sobre posesión, ventajas, riqueza o rivalidad, sino sobre la autoridad creadora y vivificadora de Jesús. Así, el llamado cambia de esfera, se descentra de sí para centrarse en el nuevo ámbito creado y sostenido por Jesús.

El tesoro al principio y al final

Al inicio del seguimiento está necesariamente una experiencia de éxtasis, la percepción del brillo de un nuevo valor, que desconcierta la estimativa habitual. La Magdalena del «Super Star» lo expresa a la perfección:

«Ya no soy la misma, soy otra mujer desde que él me miró.
No puedo comprenderlo; me emociono con verlo (...).
Nunca pensé llegar a sentir...un amor así (...).
Es casi divertido...pensar en lo que he sido.
Lo que él despertó dentro de mí.

Entre los judíos contemporáneos de Jesús contaban mucho las buenas obras, preparaban un tesoro en el más allá. Jesús se acomoda a ese lenguaje en su encuentro con el joven rico; pero él sabe que es determinante saborear el tesoro desde el principio, y lo expresa en sus parábolas del tesoro escondido y de la piedra preciosa (cf.Mt 13,44ss); el que lo encuentra, «lleno de alegría por el hallazgo»... ¡Aquí está la clave! La llamada de Jesús va acompañada o produce una alegría desbordante; no hay otra posible fuente le alegría. Es el hallazgo de Dios en su condición de Padre, de Jesús con su proyecto del Zeino, de una nueva atmósfera de paz y confianza; es la contemplación del alborear lel día sin ansiedad, de abandono en manos ’eternales, con la despreocupación de los pájaros y de los lirios, con la liberación de todo lo que encorseta o atenaza.
El hecho de dejar o vender todo para adquirir aquel campo, aquella piedra preciosa, no es una heroicidad, un sacrificio insólito o privación extrema; es la consecuencia evidente, natural, de haber hallado lo que llena las aspiraciones y la vida. Y en esa nueva situación queda más espacio para gozar del tesoro: el llamado se sitúa en lo esencial, se zambulle en ello sin redes ni impedimentos que lo entorpezcan. La esperanza del pleno goce del tesoro no es ya una simple proyección hacia un más allá lejano o nebuloso, anticipando el final.

Liberación de todo

Yahvé se manifestó a Israel como un Dios celoso, que no tolera a otro a su lado ni comparte su gloria con nadie. Jesús conoce los celos de ese Dios, y, por supuesto, su categoría de bien absoluto y único; y se siente tan atraído por él que no queda espacio en su vida para otro valor o dedicación (el Pobrecillo de Asís lo formulará en aquel «Dios mío y todas mis cosas»).
El abandono y olvido de todo no es sólo condición para el seguimiento; es también el gran signo del entusiasmo del seguidor y de la fascinación que sobre él ejerce la nueva riqueza. Jesús desconfía de «quien pone la mano en el arado y sigue mirando atrás» (Lc 9,62), ya que tal actitud implicaría escasa ilusión por el nuevo hallazgo, seguir contemplando la situación anterior como algo todavía recuperable, como posible refugio en caso de que lo nuevo no satisfaga.
Jesús quiere que el llamado deje posesiones («vende y da el dinero a los pobres», Mc 10,21), abandone el oficio que asegura su sustento cotidiano («dejaron a su padre en la barca con los jornaleros », Mc 1,20), se separe de la protección familiar («no llaméis a nadie padre en la tierra», Mt 23,9) y renuncie a formar una nueva familia («algunos se hicieron eunucos por el Reino de los cielos», Mt 19,12); deberá estar dispuesto a prescindir de la propia vida, sin disponer de medios de autodefensa (“no lleveis bastón”, Lc 9,3) ni de provisiones para el futuro («no llevéis túnica de repuesto», ib.); y no cabe autoafirmación o autoseguridad por esa entrega generosa a la causa del Padre y de Jesús («cuando hayáis hecho lo que debéis hacer, decid: siervos inútiles somos», Lc 17,10), ni la pretensión de medro o prestigio personal en medio del grupo a base de la acumulación de méritos («el que quiera-ser el primero sea el último de todos y servidor de todos», Mc 9,35). Jesús espera del seguidor no sólo que deje todo, sino que se deje del todo, sin reservas, confiado en el Padre que cuida hasta de los impuros e inútiles gorriones (cf Lc 12,6).
El que goza de la paz mesiánica y es anunciador de ella no puede ser un atormentado por zozobras e incertidumbre; en él no cabe la merinmná o ansiedad que ahuyenta el sueño; ha abandonado toda preocupación desmedida por el futuro o el presente. Se trata de algo tan simple y elemental como creer de verdad en la Basileia que irrumpe y tomar en serio a Dios en su condición de Padre:

«Quedéme y olvidéme;
el rostro recliné sobre el Amado.
Cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado».
(S.Juan de la Cruz)

No es que Jesús canonice un «dolce far niente» entre los suyos; más bien quiere que se entreguen como él en cuerpo y alma al anuncio e implantación del Reino, pero con la paz de quien conoce el poder, sabiduría y bondad del Padre, que dará a los suyos el Reino y la añadidura (cf Mt 6,33).
Se trata de un abandono vivificador, de quien pone la vida y la paz por encima del sustento y el vestido. Los sabios de Israel ya conocían la inquietud insana y enseñaban a huir de ella:

«No te atormentes a tí mismo con tus cavilaciones...;
Envidia y malhumor acortan los días,
las preocupaciones traen la vejez antes de tiempo.
El sueño de los felices equivale al alimento.
El insomnio por la riqueza consume las carnes;
las preocupaciones que trae ahuyentan el sueño.
La inquietud por el sustento impide dormir...
atormenta más que una enfermedad grave» (Sir 30,21-31,2).

Pero Jesús va mucho más allá que los sabios, cuya reflexión podría conducir a la holgazanería irresponsable y apática. El no tiene nada contra el trabajo, pero quiere impedir la disgregación del hombre y el error de poner lo periférico en el centro. La confianza en el Dios providente va hermanada, para Jesús y sus discípulos, con la plena entrega a la causa del Reino; quien se vuelca plenamente en ella, puede contar con el indefectible auxilio divino. De este modo, el dejarlo todo tiene su última expresión en dejarse uno a sí mismo, olvidando cosas, aspiraciones y pretensiones, poniéndose sin reservas al servicio de la Basileia y aceptando que sea Dios quien se encargue de nuestro caso y de nuestras cosas: «sé de quién me he fiado» (2Tim 1,12).

En pos de Jesús

El gran profeta y legislador del antiguo pueblo de Dios, el caudillo Moisés, había ordenado a su pueblo: «debéis caminar en pos de Yahvé, vuestro Dios; a él temeréis, guardaréis sus preceptos, escucharéis su voz y a él os adheriréis» (Dt 13,5). Ahora es Jesús quien, sobre ese trasfondo de autoridad única y desde la experiencia de seguimiento en las historias proféticas, pone en marcha la nueva historia de adhesión a su propia persona como único posible camino de adhesión a Dios y su proyecto salvífico: «una cosa te falta...ven y sígueme» (Mc 10,21).
Jesús se presenta como estrella polar, como brújula orientadora del vivir humano. Los llamados le seguirán materialmente, pisando sus mismas pisadas en los polvorientos caminos de Palestina, en los montes que sirven de marco a su oración al Padre, en el desierto tentador, que invita a repristinar los asaltos guerreros del lejano éxodo... Nadie tiene autoridad para abrir camino. Esta imagen del grupo de caminantes dejó tal huella en la conciencia cristiana, que, durante un cierto tiempo, la adhesión a Jesús se designó simplemente como «el camino» (Hch 9,2; 22,4). No ha posible rival ni contrincante; ni suplemento a su orientación. Los discípulos de los rabinos cambiaban de maestro, alternaban y compatibilizaban; y miraban hacia un futuro en que ya no ten-irían maestros, cuando ellos mismos habrían alcanzado el grado de rabí. No es el caso de los discípulos de Jesús: él es el Maestro único y para siempre; ellos, eternos aprendices.
Naturalmente, el seguimiento no puede quedarse en lo geográfico y espacial: seguir a Jesús implica calcar sus modos y actitudes, que son los brotes en que se expresa el misterio profundo de su persona. La comunidad lel discípulo amado lo comprendió a fondo y lo expresó en total nitidez: «quien dice estar unido a él debe vivir como él vivió» lJn 2,6). Pero, ¿cómo vivió Jesús? En presencia del Padre, confiado en su poder y ciudad, y entregado plenamente a sus intereses. «¿No sabíais que yo tenía que estar en los asuntos de mi Padre?» (Lc 2,49). El Padre es la atmósfera de que Jesús respira, la fuente de su inmensa esperanza. Y ese mundo del Padre y de Jesús se convierte en el elemento natural del seguidor.
Rasgo distintivo de Jesús es la entrega a los hermanos, estando en medio de ellos como quien sirve (cf Lc 22,27), sin búsqueda de ventajas, sin pretensiones de medro personal. Ser con Jesús y como Jesús es ser para los demás, olvidado y liberado de uno mismo. La afirmación de Jesús implica la afirmación de los otros, que son la definitiva causa de Dios.
Jesús es bandera discutida; no cuadra en las estructuras pecaminosas, en los convencionalismos esclavizantes, en las rutinas seudorreligiosas de su época ni de ninguna otra. Y este su inconformismo produce el choque, la incomprensión y, finalmente, la cruz. Caminar con Jesús es practicar el mismo distanciamiento crítico de muchas cosas, exponerse al mismo rechazo y abrazar el mismo destino: «el que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame» (Mc 8,34).
Ante una acción concreta de Jesús, la multitud exclamó: «un gran profeta ha aparecido entre nosotros» (Lc 7,16). En él percibieron sus contemporáneos el mensajero y testigo de Dios y de su Reino. Igualmente el seguidor se convierte en testigo explícito y permanente. Su palabra invita a compartir su gozo por la novedad del Reino que llega (cf Lc 10,9), y su porte exterior, inerme y desprovisto de todo, habla del Padre providente que comienza a establecer la paz de la era mesiánica.

II. RESONANCIAS

Para la reunión comunitaria

Llamado a una vida cristocéntrica

  • Mi estilo personal de oración, ¿es «espiritualmente» correcto, por Cristo al Padre en el Espíritu?
  • El punto de referencia para mi actuar, pensar y sentir, ¿es el evangelio de Jesús o simplemente lo que otros practican o aprueban?
  • La fuerza de la propaganda y de la moda, ¿permiten o impiden que Jesús sea para mí el único Maestro?

Haber dejado y seguir dejando

  • ¿Soy dueño de mí evangélicamente, o me pueden las cosas, el confort, el prestigio, el éxito de mis razones?
  • ¿Cuál es el objetivo consciente e inmediato en mis actuaciones: el dinero, mi quedar bien, mi realización...el servicio al Reino?
  • ¿Ha surgido en mi vida algún «pseudo-noviazgo» que, sin causarme serios problemas inmediatos, quita brillo a mi opción-respuesta virginal?

Ante el tesoro descubierto

  • Hay religiosos amargados, que no manifiestan haber hallado la riqueza total.
  • Hay religiosos seudo-felices. Les falta vida y son vividores. La «añadidura» ha ocupado el puesto del Reino y su justicia.
  • Hay religiosos logrados y plenificados. Buscan la coherencia, reconocen las «incompatibilidades» y se orientan según la opción totalizante.

Textos para la celebración

«Cuando con propio amar no lo quise
dióseme todo sin ir tras ello».
«Después que me he puesto en nada
hallo que nada me falta».
«Tanto más algo serás
cuando menos ser quisiere».
«Cuando reparas en algo
dejas de arrojarte al todo.
has de dejar del todo al todo.
Y cuando lo vengas todo a tener
has de tenerlo sin nada querer.
Porque si quieres tener algo en todo
No tienes puro en Dios tu tesoro».
«Para venir a saberlo todo
no quieras saber algo en nada.
Para venir a gustarlo todo
No quieras gustar algo en nada.
Para venir a poseerlo todo
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo
no quieras ser algo en nada»
(San Juan de la Cruz,
Subida al Monte Carmelo).

«Domingo»
Mi vida es un domingo prolongado,
un día del Señor, el homenaje
de toda el alma mía y vasallaje
al Dios que da a mi ser fuerza y bocado.
De noche voy a Dios: duermo acunado
en dársena de paz, sin oleaje. De día, mi ilusión es el anclaje,
difícil, en su amor siempre insaciado. Por Dios laboro: paga con largueza.
Sufrir me cuesta; sólo me consuela saber que me regala su entereza. Ser puro ¡cómo sangra! Mas Él cela que nadie me rasguñe en mi belleza. Mi vida es un domingo con estela.
(Pedro de Anasagasti)

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