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¿De qué color ha sido la piel del Sínodo africano...?

Josep Rovira, cmf -

    Hace unos años se hizo famosa una canción que decía: “¿De qué color es la piel de Dios...?”. Era un himno a la comunión interracial. Respondía: “... negra, amarilla, roja o blanca es... Todos son iguales a los ojos de Dios”. La piel de Dios tiene todos los colores.

    Del 4 al 25 de Octubre de este año 2009 se ha celebrado aquí en Roma el segundo Sínodo africano. El tema era: “La Iglesia en Africa al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz: ‘Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo’ (Mt 5, 13-14)”. Acostumbrados a que en los Sínodos generales se vieran caras de todos los colores, pero predominaba el blanco, esta vez también había muchos colores, pero predominaba el negro.

    En realidad ya hace tiempo que estamos viviendo un momento fuerte  de la historia en que se mezclan de nuevo las varias razas humanas. Aquí mismo en Roma y alrededores, ya tenemos, no solamente estudiantes de todas las razas (los hemos tenido siempre), sino que desde mitades de los años ochenta nos están llegando oleadas de inmigrantes de todo el mundo. Ya hay aquí incluso párrocos de piel negra o morena. Después de un primer momento de sorpresa, la reacción de la gente que frecuenta la iglesia ha sido la que tenía que ser: “No importa el color de la piel, sino que sea un buen sacerdote...”. En la televisión oficial tenemos desde hace tiempo un locutor que es un inmigrado de piel negra. Todo eso aquí es novedad, un signo de los tiempos. Ello demuestra, si es que hacía falta, que lo importante es la persona. Cuando el famoso físico Albert Einstein, judío de origen alemán (1879-1955), llegó a los Estados Unidos huyendo de las leyes antisemitas de la Alemania nazi, en la frontera se le dijo que tenía que rellenar un cuestionario. Una de las preguntas era: ¿A qué raza pertenece Ud.? A lo que el buen hombre, que ya venía escapando de problemas raciales, respondió entre mosqueado y profundo: “¡A la raza humana!”. Es la única raza que cuenta. De San Antonio María Claret (1807-1870) se narra que, siendo Arzobispo de Santiago de Cuba, en tiempos de la colonia, discutiendo con un negrero sobre las leyes raciales, quemó ante él un papel blanco y otro oscuro, mezcló las cenizas, y le preguntó: “¿Puede Ud. distinguir ahora entre las cenizas de uno y otro papel por su color?...”. Ante la respuesta negativa, le replicó: “Pues así somos ante Dios: no hay distinción de razas ni colores”.

    Vamos  a nuestro útimo Sínodo. ¿Qué tal ha ido? Los Padres Sinodales han sido 231. A decir verdad, los medios de comunicación internacionales han dado a la reunión una cobertura muy escasa; incluso, y esto es más alarmante, ha sido poco el eco en los mismos medios africanos, a excepción –pero no mucho más- en los periódicos y radios católicos. Benedicto XVI ha asistido personalmente a varias de las sesiones, sin intervenir directamente en la discusión, a diferencia de lo que había hecho en Sínodos anteriores. Ha pronunciado dos homilías, en la Misa de apertura y de clausura, y el primer día de trabajo dirigió una meditación después del rezo de la Hora Tercia.

    Probablemente este Sínodo quedará como una cumbre en tono menor. Como ya notaba G. Caramazza en “L’Osservatore Romano” (22 de Octubre 2009, p. 1), mientras que el primer Sínodo africano (1994) suscitó en dicho continente un grande entusiasmo, el segundo ha cogido de sorpresa a no pocos tanto entre los fieles como entre los responsables de la misma Iglesia africana. Una de las razones ha sido que creían que se necesitaba algún año más para asimilar lo dicho por el anterior; la otra, la consideración de los dramas que en estos últimos años ha vivido Africa: el genocidio de Ruanda en 1994, las varias guerras en la región de los Grandes Lagos, la crisis del Dafur y del Sur del Sudán, el hundimiento político-social de Zimbabue y Somalia, el hambre y las enfermedades endémicas como el sida y la malaria, la corrupción de los políticos..., son heridas y realidades que todavía escuecen o sangran.

    Por lo demás, el cardenal Wilfrid Fox Napier, arzobispo de Durban (Unión Sudafricana), presidente delegado del Sínodo, se lamentaba en una entrevista (“L’Osservatore Romano”, 23 de Octubre 2009, p. 8) de que los medios de comunicación, cuando hablan de Africa, sólo se acuerdan de sus males y olvidan tanto las injusticias que los países ricos han cometido y están cometiendo contra estas muchedumbres como lo que este continente profundamente vital puede dar al mundo; olvidan el esfuerzo que muchos en aquellas tierras están haciendo para perdonar a quienes tal vez han asesinado a parientes o amigos, los intentos por llegar poco a poco a una vida democrática, etc.: “... Hablan de nosotros como si sólo tuviéramos desgracias o problemas sin resolver... ¿Por qué no dan a conocer las muchas cosas buenas que también existen entre nosotros? Si no, dan la sensación de que en este continente todo va mal...!”. “¿Por qué –se quejaba el cardenal John Njue, arzobispo de Nairobi (Kenya)- las ayudas que nos envían exigen que cambiemos nuestros valores sobre temas como el aborto y la familia?”. “¿Por qué –decía a su vez el cardenal Bernard Agré, arzobispo emérito de Abidjan (Costa de Marfil)- tantos dirigentes de nuestros pueblos han caído en la trampa de la corrupción en favor de organizaciones financieras internacionales?”. Monseñor Laurent Monsengwo Pasinya, arzobispo de Kinshasa (República Democrática del Congo) pedía un interés: “No sólo por nuestras materias primas, sino también por las materias grises, es decir, nuestros valores”. El cardenal Emmanuel Wamala, arzobispo emérito de Kampala (Uganda) comentaba: “La nueva estirpe de dictadores que está sustituyendo a la precedente. Creen sólo en un principio, el de la política, una política sin Dios”. Y, dado que estos personajes no duran eternamente, se ha pasado a identificar al personaje con el partido y al partido con el Estado; de ahí que el cardenal Napier criticara lo dicho por un presidente: “¡Gobernaremos hasta que Jesucristo vuelva!”. Ante este cúmulo de injusticias y contradicciones, se explica lo que afirmó el cardenal Théodore-Adrien Sarr, arzobispo de Dakar (Senegal): “Así se comprende la huída de muchos africanos de forma pública o clandestina de nuestro continente, arriesgando la vida; su grito de desesperación, sus frustraciones y el deseo de una vida mejor. Y está claro que no bastará la policía o las fronteras a parar la emigración clandestina, sino la reducción efectiva de la pobreza...” (“Famiglia Cristiana”, 43/2009, pp. 48-49).     

    Queda, sin embargo, una grande esperanza típicamente africana; y es la respuesta dada por una periodista de la Unión Sudafricana, durante las semanas pasadas: “En Roma nuestros ancianos están hablando. Cuando se dirigirán a nosotros tendremos tiempo y ocasión para decir la nuestra y para celebrar y vivir este segundo Sínodo”. Como se sabe, las culturas africanas tienen una enorme veneración y una escucha sincera de lo que dicen sus ancianos. La Iglesia en Africa, por lo tanto, espera poder escuchar con respeto y atención lo que le dirán ahora sus “ancianos”, los pastores, cuando habrán vuelto a sus tierras. Luego habrá tiempo para celebrar, meditar, planificar y realizar.     

    A este propósito, y para acabar, los del hemisferio Norte podríamos meditar cuanto sigue. En nuestra cultura occidental los mayores se han convertido para muchos en un mero peso o un negocio: un peso para la familia y un negocio para las residencias de ancianos y las agencias de viajes; según otros, los ancianos “sirven” para vigilar y entretener a los nietos mientras los papás trabajan o van a cenar en casa de amigos. Incluso hay quien le saca “chispa” a la cosa hablando de las “riquezas” de los mayores: tienen plata en los cabellos, oro en los dientes, piedras en los riñones, azúcar en la sangre, plomo en los pies, hierro en las articulaciones...; olvidando que tantas veces, por no decir siempre, sobre todo tienen una experiencia rica que comunicar y un amor inmenso que distribuir a manos llenas...: un auténtico tesoro de humanidad, y cuántas veces de profunda fe, que ignoramos o fingimos no ver. Los cristianos africanos y toda Africa en general, a pesar de sus problemas y contradicciones, nos ofrecen un ejemplo que no está lejos de nosotros, porque muchos de ellos, a los que tal vez miramos con desprecio o recelo, viven ahora entre nosotros.

Arrivederci!
J. Rovira cmf.
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