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De ilusión también se vive

Josep Rovira, cmf -

    En el artículo anterior (“Mi hermano es hijo único”, Enero 2010) comentaba el problema de la inmigración. Dado que es un tema de momento actual, quisiera completarlo con una especie de “fábula” de un tal Alejandro Ghebreigziabiher, que me parece muy verídica.

    Érase una vez..., en una pequeña barca abarrotada de gente, en alta mar, en dirección hacia Italia:

  • ¿Tío Amadou?
  • ¿Sí?
  • ¿Me oyes?
  • Sí que te oigo...
  • Pero, no me miras...

    El hombre se vuelve hacia su sobrino. El niño, más o menos de seis años, lo observa dudoso; no obstante se fía y continúa:

  • Tío, ¿conoces bien el italiano?
  • Ciertamente, ya he estado dos veces en Italia.
  • ¿Conoces todas las palabras?
  • Ciertamente, Ousmane.

    El sobrinito mira a su alrededor, como si tuviera miedo de que los demás le escucharan, y llega al nudo de la cuestión:

  • ¿Qué quiere decir “extracomunitario”?.

    El hombre, alto y flaco, de unos treinta años, con una barba descuidada que parece añadirle otros diez. Apenas oye la última palabra del niño, se gira y fija los ojos en los del pequeño. Transcurre un instante que parece una eternidad en un viaje en el que está en juego la vida:

  • ¿”Extracomunitario”, dices? –repite sonriendo-. Es una hermosísima palabra. Los “comunitarios” son los que viven en la misma comunidad, como los italianos; “extracomunitario” es alguien que viene de lejos a traer algo nuevo.
  • ¿Y este algo nuevo, es una cosa hermosa?
  • ¡Ciertamente! -exclama Amadou-. Tú y yo, una vez lleguemos a Italia, seremos “extracomunitarios”. Yo soy así así...; pero, tú eres ciertamente una persona hermosa, hermosísima.

    El hombre continúa mirando la superficie del agua, pero Ousmane vuelve a preguntar:

  • ¿Qué quiere decir “inmigrante”?

    El tío responde enseguida:

  • “Inmigrante” es todavía una palabra más hermosa que “extracomunitario”. Tienes que saber que cuando nosotros los extracomunitarios lleguemos a Italia y comencemos a vivir allí, seremos “inmigrantes”.
  • ¿También yo?
  • Sí, también tú. Un niño “inmigrante”. Eres también extracomunitario, es decir, alguien que trae a la comunidad algo muy hermoso; todos los italianos nos lo van a agradecer, es decir, nos estarán agradecidos. De ahí, “inmi-grantes”. ¿Está claro?
  • Sí, tío. Primero “extracomunitarios” y luego “inmigrantes”.
  • ¡Bravo! –aprueba satisfecho Amadou y vuelve a dirigir la mirada hacia el mar-.

    Poco después, el niño insiste aún:

  • Tío...
  • ¿Sí? –dice el hombre volviéndose paciente por la enésima vez-.
  • Y ¿qué quiere decir “clandestino”?
  • Esta vez Amadou hace un esfuerzo enorme para sonreir y le responde:
  • “Clandestino”. Sabes, ésta es la palabra más importante. Nosotros, los “extracomunitarios”, antes de ser “inmigrantes”, somos “clandestinos”. Los comunitarios que encontraremos muy probablemente no saben todavía que tú traes algo muy hermoso y alguno de ellos podrá insinuar lo contrario. Tú no le creas. Por más personas que lo puedan negar, tú eres algo hermoso; y, ¿sabes por qué? Porque eres un “clan-destino”. Tú eres el “destino” de tu “clan”, es decir, de tu familia. ¡Tú eres el futuro!

    Amadou vuelve a observar el mar... Ousmane finalmente se gira a mirar las olas. Fija su mirada hacia el horizonte:    ¡Soy el futuro de los míos! –piensa el niño con orgullo y conmoción-.    

    ¿Quién puede ser tan ingenuo que piense que va a poder detener a Ousmane? Alguien dijo: “... Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos...” (Mt 18, 3). ¿Con qué derecho podemos enfangar la mirada pura y limpia de un niño, a través de la cual Dios nos dice que el mundo puede ser diverso?
 

Arrivederci!
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