ORANGE PARK, Florida — David Campbell escribió “evolución” y lo mostró en una pantalla. Observó el rostro de los alumnos de su clase de Biología I. Muchos, a los que conocía de años de enseñar

secundaria en su barrio de Jacksonville, estaban educados para dar por cierto el relato bíblico de la creación.
Su mirada se posó durante un momento en Bryce Haas, futbolista que asistía a las reuniones de oración de un grupo de atletas cristianos en el gimnasio del colegio. “Si lo hago mal”, recuerda Campbell que pensó esa mañana de primavera, “lo pierdo”.
En febrero, el Departamento de Educación de Florida modificaba sus programas y exigía explícitamente, por primera vez, que los colegios públicos del Estado enseñasen la evolución, a la que declararon “el principio organizador de las ciencias naturales”.
Estimulados en parte por las sentencias judiciales contra los distritos escolares que pretendían favorecer las versiones religiosas de la historia natural, más de doce Estados daban también más importancia en años recientes a lo que desde hace mucho tiempo es un consenso científico: que las diversas
formas de vida de la Tierra se han formado a partir de un ancestro común, y mediante un proceso de mutación y selección natural, a lo largo de miles de millones de años.
Pero en Estados Unidos, donde el protestantismo evangélico y otras tradiciones religiosas resaltan la interpretación literal de la descripción bíblica de acuerdo con la cual Dios creó individualmente a cada especie, los alumnos llegan a menudo a clase temiendo que esa evolución, y quizá la propia ciencia, sea hostil a su fe.
Con una orden de enseñar evolución, pero poca guía sobre cómo hacerlo, los profesores de ciencias están aportando sus propios modos de convertir una guerra cultural en un plan de enseñanza. Los resultados que obtengan tal vez influyan en que una nueva generación de estadounidenses acepte las pruebas científicas, con independencia de sus creencias religiosas.
“Si no entendéis algo, tenéis que preguntar por qué, o cómo”, advierte a menudo Campbell a sus alumnos de Ridgeview High School. Pero teme que la desconfianza permanente que sienten hacia la evolución ponga en peligro la creencia de los alumnos en la capacidad básica de la ciencia para explicar el mundo natural, y la capacidad de dichos alumnos para entenderlo.
Apasionado por el tema, Campbell ha ayudado a diseñar los nuevos programas sobre la evolución, que se están introduciendo este otoño. Ex instructor de vuelo de la Armada, y no habituado a andarse con rodeos, luchó con firmeza para que fuesen aprobados. Pero esta primavera, con sus alumnos, andaba con pies de plomo, intentando superar una línea divisoria ideológica que se extiende mucho más allá de su clase.

La poca atención que algunos programas educativos estatales dedican a la evolución puede reflejar lo extendidas que están las creencias creacionistas entre la población en general. En las encuestas Gallup realizadas en los últimos 25 años, casi la mitad de los adultos estadounidenses responden que creen que Dios creó todas las cosas vivas en su forma actual, en algún momento de los últimos 10.000 años.
Campbell, de 52 años, enseñaba de todos modos la evolución. Pero como casi un tercio de los profesores de biología del país, y más en su distrito políticamente conservador, recibía quejas constantes de los padres. Una mañana, en Ridgview, lanzó una pelota de goma rosa al suelo de la clase. “Gravedad”, dijo. “Puedo hacer esto hasta el final del semestre, y puedo dar por hecho que va a funcionar exactamente igual cada vez”.
Lanzó una mirada a la clase.
- “Bryce, ¿cómo se dice cuando las leyes naturales se suspenden? ¿Cómo llamas a que el agua se convierta en vino?”.
- “¿Milagro?”, respondió Bryce. Campbell asintió.
- “La ciencia explora la naturaleza comprobando y recogiendo datos”, les explicaba. “No puede deciros qué está bien y qué está mal. No trata de ética. Pero no está en contra de la religión. La ciencia y la religión sencillamente hacen preguntas distintas”.
Cogió la pelota y la mantuvo quieta.
- “¿Se le ocurre a alguien una pregunta a la que la ciencia no pueda contestar?”.
- “Si Dios existe ”, contestaba un muchacho sentado cerca de la ventana.
- “Bien”, dijo Campbell, anglicano que va a misa casi todos los domingos. “No se puede analizar. No se puede demostrar que sí ni que no. No es una pregunta para la ciencia”.
Bryce levantó la mano.
- “Pero hay pruebas científicas de que Dios existe”, dijo. “En Turquía hay un trozo de madera del arca de Noé encontrado en un glaciar”.
Campbell escogió sus palabras con cuidado.
- “Si pudiera demostrar, mañana, que ese trozo de madera no procede del arca, que no tiene 500 años y que ni siquiera corresponde al tipo de árbol correcto, ¿se vería afectada tu fe religiosa?”.
Bryce lo pensó un momento. - “No”, dijo.
La clase permanecía inusualmente callada .
“La fe no se basa en la ciencia”, explicaba Campbell. “Y la ciencia no se basa en la fe. No espero que ‘creáis’ la explicación científica de la evolución de la que vamos a hablar las próximas semanas. Pero sí espero que la entendáis”, añadía.
Amy Harmon en The New York Times/El País
25 DE SEPTIEMBRE DE 2008