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Cuando es más importante cómo, que no cuántos o hasta cuándo (en la Vida Religiosa como en otras realidades eclesiales o humanas)

Josep Rovira, cmf -
Estaba buscando datos para un artículo sobre la Vida Religiosa hoy. Se dice mucho que si somos “los últimos de la procesión”, que “somos piezas de museo” y, por lo tanto, “¡sálvese quien pueda!”, que “ya estamos en los postres”, que  “eso” era tal vez “cosa de otros tiempos”, pero que “hoy todo ha cambiado”... Como uno es muy mal pensado y no se fía fácilmente de los eslogans que están más o menos de moda, me puse a buscar elementos de juicio. No hace falta decir que me he encontrado con todo y lo contrario de todo; que es muy difícil juzgar tiempos y situaciones; que los números –como van a ver- tienen una importancia relativa y por lo tanto hay que saber interpretarlos, etc. Una vez más, la historia continúa siendo maestra de vida (“magistra vitae”, decían nuestros tatarabuelos); y si no, vean Ustedes.

He mirado los últimos datos estadísticos oficiales publicados este año 2007 por la Secretaría de Estado del Vaticano, y correspondientes a la situación de la Vida Religiosa el 31 de Diciembre del 2005; los he comparado con otros del 1968. Por ejemplo, por lo que se refiere a las religiosas hay quien aumenta y quien disminuye. Así se dice y se decía:
  • Las religiosas actualmente son 760.529 (322.995 en Europa –el continente donde más hay-, 215.372 en América, 153.472 en Asia, 58.781 en Africa y 9.909 en Oceanía); en 1968 eran 1.130.885 (de las cuales 1.062.882 de vida activa y 67.973 de vida contemplativa).
  • En Italia  las religiosas actualmente son 101.604 (el país con más todavía hoy); pero habían llegado a ser 168.580.
  • En la India son 90.651 (segundo país con más religiosas hoy); en 1968 eran 15.554.
  • En España son 54.195; eran 93.616.
  • En Méjico son 28.590; eran 20.687.
  • En Estados Unidos son 67.112 (tercer país con más); eran 168.054.
  • En Vietnam son 12.482; eran 4.742.
  • En Kenya son 3.915; eran 972.
  • En Corea del Sur son 8.614; eran 1.609.
  • Etc. etc.
En la sola ciudad de Roma (una ciudad de unos tres millones y medio de habitantes) hay normalmente entre 18.000 y 20.000 religiosas, procedentes de todo el mundo. Claro que Roma es Roma...

En 1871 en Italia, con mucha menos población que ahora (¡!), había 100.525 sacerdotes diocesanos, 9.163 religiosos y 29.707 religiosas; ahora, con unos 58 millones de habitantes, hay 33.529 sacerdotes diocesanos, 21.207 religiosos y 101.604 religiosas. Queda la pregunta: ¿estaba el pueblo cristiano espiritualmente mejor servido entonces, con tanto sacerdote, o ahora con menos sacerdotes, más religiosos y más compromiso laical?

A principios del siglo XIX habían en España, para una población de apenas diez millones de habitantes, 83.000 sacerdotes seculares, es decir, un cura por cada 121 habitantes. A ese número no indiferente, había que añadir todavía 70.000 religiosos y 30.000 religiosas de clausura. La abundancia de clero en algunas poblaciones era excesiva en extremo. En Toledo, por ejemplo, para una población de 12.000 habitantes, había 27 parroquias, todas bien servidas por el clero secular, 15 conventos de frailes y 25 conventos de monjas. Y en Alcalá de Henares, para 5.000 habitantes, había 147 sacerdotes seculares, es decir, un cura para cada 34 habitantes. Un número tan alto de clero, ¿representaba un bien igualmente alto para el pueblo?

En el siglo XV-XVI, en Florencia, para una población que no llegaba a 70.000 habitantes, había 5.000 clérigos; ¡casi el diez por cien del total! ¿Era un bien?

En 1787, en el Reino de Nápoles, había una población de 4.760.000 habitantes; de los cuales, 43.233 eran sacerdotes diocesanos, 25.399 religiosos varones y 26.659 religiosas. En la sola ciudad de Nápoles, que en 1787 contaba 410.000 habitantes, había unos 2.000 eclesiásticos, de los cuales 1.500 sacerdotes; además un clero vagante de unas 3.000 personas, 4.500 monjes (clérigos y frailes) que poblaban 104 conventos y más de 10.000 religiosas. Notemos, sin embargo, que en medio de ambiente tan “religioso” había también en la ciudad una guarnición de unos 10.000 soldados y un “ejército”, que varía según los autores, pero que va de las 20.000 a las 40.000 prostitutas. Cuánta debía ser la eficacia apostólica de tanto clero y religioso la dejo a la consideración del benévolo lector...

Un ejemplo de otro tipo. Durante la famosa “peste negra”, en solos tres años (1349-1351) murió una tercera parte de la población europea; se calculan unos veinte millones de muertos (¡!), en una población global incomparablemente inferior a la actual. En algunas regiones pereció hasta el 50 y 60 por ciento de la gente; y amplias áreas antes habitadas quedaron simplemente desiertas. Hasta ahora ha sido –que se sepa- el mayor desastre natural de la historia de la humanidad. Muchos conventos y monasterios se vaciaron, sea por el normal contagio, sea porque muchos religiosos ayudaban a los apestados y quedaban también ellos contagiados y morían.

No olvidemos tampoco que otro momento de profunda crisis fue con motivo de la Reforma Protestante en el siglo XVI: muchos monasterios y conventos, e incluso Ordenes enteras, que se hallaban en el norte de Europa, desaparecieron del todo o casi. Pero, la mayor crisis vivida por la Vida Religiosa hasta hoy es la que va de la segunda mitad del siglo XVIII hasta mitades del siglo XIX: de los más o menos 300.000 religiosos que había en vísperas de la Revolución Francesa (1789) se pasó, en 1850, a unos 80.000, habida cuenta de los muertos, abandonos y los que no entraron dadas las circunstancias. La situación francesa, las guerras napoleónicas y las revoluciones industrial y liberal, habían hecho un estrago: los religiosos se habían reducido a poco más de un cuarto de los que eran. Y en el siglo XX, entre 1940 y 1989, fue funesta en algunos países la revolución y dictadura comunista, si bien de manera diferenciada según las varias naciones. 

Una última noticia significativa. Los ermitaños -una “especie” que parecía en vías de extinción- parece que son actualmente unos 20.000 en el mundo. Y tengamos en cuenta que cada uno de ellos es prácticamente un caso aparte. Digo que “parece que son” porque no les gusta ser encuadrados y la inmensa mayoría no responden a las encuestas ni quieren que se sepa que existen. ¡Ah!, y sólo el dos por cien vive en cuevas o en el campo; la mayor parte de ellos, en cambio,  viven  “invisibles” dentro de nuestras metrópolis. Se dividen más o menos por igual entre hombres y mujeres. Y casi siempre se trata de laicos, aunque también hay sacerdotes, religiosas y frailes.

La lista de ejemplos, casos y situaciones históricas se podría continuar enumerando casi hasta el infinito. Viendo los altibajos de los  números, ese pasar de un extremo a otro en algunos países o momentos históricos, uno se acuerda (“salva reverentia!”, como dirían los escolásticos) de cuánta sabiduría encierra aquel proverbio popular que dice: “Ni calvo, ni dos pelucas”.

En la Exhortación Apostólica Postsinodal “Vita Consecrata” (1996) dijo Juan Pablo II: “Las dificultades actuales, que no pocos Institutos encuentran en algunas regiones del mundo, no debe inducir a suscitar dudas sobre el hecho de que la profesión de los consejos evangélicos es parte integrante de la vida de la Iglesia, a la que aporta un precioso impulso hacia una mayor coherencia evangélica...” (n. 3); “la profesión de los consejos evangélicos pertenece indiscutiblemente  a la vida y a la santidad de la Iglesia. Esto significa que la vida consagrada, presente desde el comienzo, no podrá faltar nunca a la Iglesia como uno de sus elementos irrenunciables y característicos, como expresión de su misma naturaleza...” (n. 29); “... las dificultades provenientes de la disminución de personal y de iniciativas, no deben en modo alguno hacer perder la confianza en la fuerza evangélica de la vida consagrada, la cual será siempre actual y operante en la Iglesia. Aunque cada Instituto no posea la prerrogativa de la perpetuidad, la vida consagrada, sin embargo, continuará alimentando entre los fieles la respuesta de amor a Dios y a los hermanos. Por eso es necesario distinguir entre las vicisitudes históricas de un determinado Instituto o de una forma de vida consagrada, y la misión eclesial de la vida consacrada como tal. Las primeras pueden cambiar con el mudar de las situaciones, la segunda no puede faltar... Las nuevas situaciones de penuria han de ser afrontadas por tanto con la serenidad de quien sabe que a cada uno se le pide no tanto el éxito, cuanto el compromiso de la fidelidad. Lo que se debe evitar absolutamente es la debilitación de la vida consagrada, que no consiste tanto en la disminución numérica, sino en la pérdida de la adhesión espiritual al Señor y a la propia vocación y misión...” (n. 63). Y acababa diciendo: “Personas consagradas, ancianas y jóvenes, vivid la fidelidad a vuestro compromiso con Dios edificándoos mutuamente y ayudándoos unos a otros. A pesar de las dificultades que a veces hayáis podido encontrar y el escaso aprecio por la vida consagrada que se refleja en una cierta opinión pública, vosotros tenéis la tarea de invitar nuevamente a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo a mirar hacia lo alto, a no dejarse arrollar por las cosas de cada día, sino a ser atraídos por Dios y por el Evangelio de su Hijo...” (n. 109); “¡Vosotros no solamente tenéis una historia gloriosa para recordar y contar, sino una gran historia que construir! Poned los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu os impulsa para seguir haciendo con vosotros cosas grandes” (n. 110).

Lo que la historia nos enseña es que el hecho de que la Vida Religiosa disminuya, incluso drásticamente, en un sitio, no quiere decir que desaparezca siempre del todo, ni siquiera en aquel lugar; que si llega a desaparecer del todo en aquel sitio, no quiere decir que sea para siempre (¡cuántas veces ha renacido después de años, o incluso siglos!); que disminuya o incluso desaparezca uno o más Institutos en una zona, no quiere decir que desaparezcan los demás; que desaparezca del todo la Vida Religiosa en una región no quiere decir que desaparezca en todas partes en la Iglesia; que desaparezcan en todas partes una o más formas de Vida Religiosa, no quiere decir que no nazcan mientras tanto otras formas nuevas, etc. ¡Hay que ensanchar el horizonte, salir del propio rincón geográfico e histórico! Y no hay que olvidar  nunca aquello de que: “Hace más ruido un árbol que cae que no un bosque que crece”...; y hay mucho bosque creciendo por ahí sin hacer ruido. 

La historia demuestra también que el hecho de tener al Maestro en la barca no quiere decir que nos vaya a ahorrar tormentas, o que sepamos cuánta agua dejará entrar en la barca y que, como los discípulos, no lleguemos a dudar incluso de Él porque a ratos parece que está durmiendo o poco le falta...: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?”. Y si no, piénsenlo Uds. un poco y verán que, ante ciertos pesimismos, desánimos y malos humores de algunos (“¿Me habré equivocado?”, “¿Habré gastado mi vida en valde?”, “¡Aquí se acabó todo!”), uno se sienta tentado de exclamar: “Señores, ¿no será que estamos o algunos están exagerando?”; o, como dice Jesús: “¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?” (Mc 4,35-41). ¿No basta saber que Él está de todas maneras en la barca? Por otra parte, ¿quién ha dicho o puede decir cuántos tenemos que ser, o hasta cuándo debe durar un Instituto, incluído el mío?; la única cosa que sabemos es cómo debemos o deberíamos ser, no cuántos ni hasta cuándo. ¿O es que buscamos una póliza de seguros también para eso, lo que un autor ha llamado la “concupiscencia de la seguridad”? ¿No será también eso una falta de pobreza evangélica? No olvidemos que la Santa Madre Iglesia comenzó con doce, de los cuales el jefe a un cierto momento –no obstante que le habían avisado con tiempo (Mt 26,31-35; Lc 22,31-34)- renegó diciendo que ni siquiera conocía “a ese hombre” (Mt 26,69-75); otro se ahorcó  al ver el desastre que había causado (Mt 27,3-5); y a los demás les faltó tiempo para esconderse en una casa todos juntos, por miedo, y cerrando bien las puertas (Jn 20,19)... ¡menudo éxito! ¡vaya perspectivas de futuro!

En fin, si no fuera por la resurrección de Jesús y la venida del Espíritu Santo, para rato estábamos los cristianos después de dos mil años dando todavía testimonio de nuestra fragilidad y de la venida del Señor...

¡Felices vacaciones!

J. Rovira cmf.
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