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Crucificada con Cristo

M.C. González Gómez (Profesora de Mariología) -
El Nuevo Testamento en general es muy discreto sobre los detalles de la vida de Jesús, su infancia y adolescencia, pero lo es más aun sobre la vida de María. Solo el evangelio de Lucas centra el principio de todo, el origen de Jesús, en la figura de María, y, aun asi, no nos da ninguna descripción, ningún dato de ella, salvo que vivía en Nazaret y estaba desposada ( hoy diríamos «prometida») con José, de la casa de David (Le 1,27).

Sin embargo, en el fragmento de la Anunciación ( Le 1,26 ), en la respuesta de María, hay una reacción muy significativa. Al anuncio del ángel Gabriel, y pese a la sorpresa que pudiera producirle, María responde: «¿Cómo podrá ser esto...?». Su pregunta implica una respuesta afirmativa, sin ningún tipo de duda. Es como si, en nuestro lenguaje actual, su respuesta fuera . «¿Qué hay que hacer?». Esto a pesar de estar «prometida» con José y de lo que pudiera ocurrir dada la situación de la mujer en las leyes hebreas del siglo I, muy duras en el caso de adulterio ( y «adúltera» se consideraba la muchacha «desposada» que tuviera un hijo de un hombre que no fuera su «prometido»). Es lo que comprendió inicialmente José, y por ello (Mt 1,18-25 ), porque era «un hombre justo», decidió «repudiarla en secreto». Hacerlo públicamente hubiera podido significar incluso la muerte por lapidación (véase Jn 8). Podría decirse que este fue el primer rechazo que sufrió María : pero ella estaba segura de que lo que se estaba obrando era de Dios, y dejó obrar a Dios en José: el anuncio a José (Mt 1,20) es también el anuncio de una misión cuya dimensión es netamente mesiánica y por ello mismo le unía profundamente a María.

Sí seguimos con el relato del evangelista Lucas nos daremos cuenta de que María recibió dos anuncios diferentes. El primero (Le 1,26), el mensaje del ángel Gabriel y de la obra de la salvación que Dios iba a obrar en ella. Un mensaje gozoso, precedido del gran y amoroso respeto de Dios por la libertad humana. El segundo anuncio (Le 2,28-35) lo recibe del personaje profético Simeón, a la entrada del Templo de Jerusalén. Este anciano, justo y piadoso, reconoce el cumplimiento de la esperanza mesiánica en el Niño . «Mis ojos han visto tu salvación...» (Le 3,31) dando gracias con un hermoso himno. Sin embargo pasa de la alabanza y la acción de gracias, a la profecía del signo discutido y la espada. Al drama de la salvación y la fe que va a dividir a Israel y a desgarrar el corazón de María. De algún modo le anuncia a María la pasión de Jesús:

« .. .Está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción; a ti misma una espada te atravesará el alma a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones .»( Le 2, 34-35 ).

La profecía de Simeón anuncia la cruz manifestando antes que es la Gloria. Por eso el dinamismo de la Gloria es lo que sostendrá el peso de la cruz y el sufrimiento de María, acompañando a Jesús en la Pasión. Y es que un signo no se impone, tiene que ser aceptado libremente por la fe. Esto implica una apertura del corazón al destino del Mesías: creer en Él o rechazarle, escoger a favor o en contra, que es como escoger entre la muerte y la vida.

El evangelista Lucas relaciona directamente esta apertura de los corazones y esta opción por la vida con los sufrimientos de María: le concierne a ella personalmente. El anciano Simeón se dirige exclusivamente a María: «...y también tu propia alma será traspasada por una espada...». María está asociada a los sufrimientos de su hijo; la madre está de parte del hijo y participa de su existencia de Mesías, ocasionando finalmente su condena y su muerte. Y María está implicada misteriosamente en todo ello.

Por eso aunque la opción de vida de Jesús no gustase a «sus parientes» (como nos dice Mc3,21), no estuviesen de acuerdo y hasta se escandalizasen («creían que estaba fuera de si...», Me 3,31), y lo quisieran convencer para que regresase a Nazaret, utilizando para ello a María ( hay que tener presente que en la sociedad hebrea del siglo I, una mujer, y más si estaba viuda o sola, no tenía ningún apoyo ni protección, dependía de los parientes que pudieran quedarle por lejanos que fueran). A pesar de ello María siguió a su hijo en su camino hacia Jerusalén y compartió todos sus buenos y malos momentos, todos sus sufrimientos, hasta el mismo pie de la cruz (Jn 19,25), momento en el cual Jesús la hizo Madre de la nueva familia representada por el discípulo amado.

También el evangelista Lucas, al final del segundo capítulo, nos da una imagen de María como la madre plenamente humana que fue. Su reacción al encontrar al Niño Jesús en el Templo de Jerusalén, después de tres angustiosos días de búsqueda al creerle perdido, es a la vez de alegría y de enfado : «¿Porqué nos has hecho esto...?»(Lc 2.41). Es la reacción de todas las madres, reacción de alegría por haberle encontrado bien junto con el enfado, el disgusto por la «travesura» cometida. Para Lucas queda claro que José y María no terminaban de comprender lo que ocurría en torno a Jesús. Pero María «conservaba todas estas cosas en su corazón...». Un corazón abandonado a Dios y profundamente unido al de su Hijo.

Pero por esto los sufrimientos de María, el dolor que le fue anunciado por Simeón, no es solamente el dolor comprensible y profundo de una madre ante las pruebas o ante la muerte de su hijo. Su sufrimiento va más allá, nos introduce en un contexto de fe, y proyecta en el horizonte la imagen del Hijo que sufre y la Madre Dolorosa, la que estuvo en pie junto a la cruz de Jesús (Jn 19,25) llorando por dentro su dolor y sintiendo desgarrarse su corazón: porque es en ella, en María, en quién se inaugura la salvación que llega a su plenitud en la   resurrección de Jesús.

El texto del evangelista Juan (Jn, 19,25) solo nos dice que María estaba al pie de la cruz, con las otras mujeres y el «discípulo amado». María no participa en el diálogo entre este último y Jesús, ni tampoco se nos dan detalles de cómo se manifestó el dolor de la madre al ver crucificado a su hijo; un dolor inmenso, que ella soportó en discreción y silencio. Según un monje oriental «La naturaleza humana de María, la madre de Dios, no podía soportar un dolor tal, pero se abandonaba a la voluntad de Dios y, reconfortada por el Espíritu Santo, recibía fuerzas para padecer su dolor...»

La actitud de María al pie de la cruz   es,   básicamente,  el  de la presencia contemplativa, mirando con los ojos del corazón al que han traspasado. Mirándolo en silencio, pero un silencio lleno e infinitamente más elocuente que cualquier palabra, porque en ese momento sale de sí misma para identificarse en la cruz con Jesús. En lo más profundo de su corazón, está crucificada por la gloria y glorificada por la cruz. En cierto modo el dolor de María en el Calvario fue un sufrimiento de gloria al tiempo que una muerte de amor, aunque continuase viva.

No es que María añada nada a la intercesión de Cristo, único mediador entre el Padre y los hombres, pero Ella está asociada de una manera privilegiada al sufrimiento redentor de Jesucristo, su Hijo.
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