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Crónicas de un encuentro (Primera Parte)

Francisco Carín cmf -
Son las seis de la mañana, tras de mí se cierra el portal y comienzo a caminar hacia la estación de metro. Me tiento el pelo para comprobar si se ha congelado como hace una semana cuando también salí a horas tempranas; no, esta vez me lo sequé a conciencia. Ocho bajo cero. No es mucho, pienso mientras me acuerdo de las historias de nuestros misioneros en Siberia. Tras hora y media de viaje llego a la estación oeste de Ferrocarril de Pekín. Inmensa, llena de gente, algo descabalada y sucia aunque sea de nueva construcción. Gente y más gente. Me sorprende la cantidad de personas en la cálida sala de espera de la planta baja. ¿Viajeros? ¿Transeúntes? ¿Indigentes?



Voy a la provincia de Hebei, lindando con Beijing (mejor dicho la provincia que rodea Beijing), a una de las zonas rurales. Huang, un sacerdote amigo de la comunidad nos invitó a pasar allí la Navidad pero no pudimos debido a compromisos que teníamos de antemano; allí me estaba esperando. En esta zona, de todas las iglesias católicas existentes solo una se libró de la barbarie de la revolución cultural; fue utilizada como almacén y eso la salvó. Las demás fueron demolidas. Cuando las veo me parecen viejas aunque no tengan más de 20 años, quizá porque son de ladrillo y me recuerdan a las construcciones de fines del XIX en Madrid -así era mi barrio de la Prospe- o quizá la contaminación o la calidad de los materiales -sencillos- las haga envejecer prematuramente. Visitamos el seminario de la ciudad que cuenta con más de 100 estudiantes.

Un cristiano de la ciudad se presta a llevarnos hasta nuestro destino, la aldea de Ninjin. El campo es un ajedrezado de campos de trigo recién plantados (que es alimento base -el arroz lo es en el sur) y pequeños pueblos de ocres casas rurales de un solo piso y entramadas en calles estrechas y zigzagueantes. Otro mundo; no todo en China es el esplendor y ropaje centelleante de Shangai y Pekín… mejor dicho, la mayoría no lo es.

Desde lo lejos se divisan las torres de las iglesias de los diferentes pueblos… me recuerda a la llanura castellana donde desde un pueblo se divisa la aguja firme y desafiante de la iglesia del pueblo vecino: hitos de la fe, azimut de esperanza. Llegamos a nuestro destino. El padre Yao nos saluda e invita a tomar té. Se agradece pues la temperatura no sube de los cero grados; la primera preocupación de los parroquianos: comprarme calzoncillos de invierno. Finalmente me procuran unos que son bastante mas gruesos que los que yo me acababa de comprar en Beijing para la ocasión… -lo siento, pero me recuerdan a las películas de vaqueros. Cuando me los enfundo me siento un híbrido entre superman y spiderman con sobrepeso. No obstante se agradece, pues en las misas que duran más de una hora, quieto en el altar, fueron la clave para no resfriarme o quedarme ahí "atempanado".

Y esto es lo que sorprende, las eucaristías. En la eucaristía del viernes por la noche, me dice Huang, habrá poca gente, especialmente escasos serán los varones, que trabajan en las fabricas de las ciudades vecinas y regresan el sábado… y grosso modo conté mas de 100 personas. Desde que salí de España nunca había visto esta cantidad de gente en una misa parroquial de diario… Además en la iglesia el frío es solamente unos grados más tímido que a la intemperie donde rondaba los cuatro bajo cero.

Uno de los líderes parroquiales (hay dos "congregaciones" que organizan la vida parroquial en colaboración con el sacerdote, una de varones y otra de mujeres) ofrece su casa para que vaya a dormir, temen que pase frío. Yo digo que una vez dentro de la cama no hay problema. No hay agua corriente pues las tuberías estan congeladas (hasta el río lo estaba), y por lo tanto el baño fue de pajarillo y la letrina lo más conveniente para evacuar… mmmm esto me hizo recordar con nostalgia los días de Gil García en Ávila con la Comunidad de Antiguos Alumnos de Madrid, rompiendo el hielo de los estropajos para poder fregar el desayuno y otras aventuras en el "tronus evacuationis"… que tiempos aquellos.

Tras la misa y una charlita al calor del te sólo el descanso nos aguardaba. Un cielo negro y estrellado hizo de colofón de un día perfecto.

Mañana, Epifanía del Señor, (los "Reyes") más.
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