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Crónica de la semana:«Eucaristía fracción del pan, encuentro entre culturas»

Ciudad Redonda, Ciudad Redonda -

(JPG) Ángel Aparicio Rodríguez, CMF

Misionero Claretiano. Doctor en teología y Licenciado en ciencias bíblicas. Catedrático del Instituto Teológico de Vida Religiosa (Universidad Pontificia de Salamanca) de Madrid; Profesor de Estudio Teológico Claretiano (Universidad Pontificia «Comillas»); profesor invitado de la facultad teológica «San Dámaso» (Madrid); profesor en la Escuela «Regina Apostolorum» (Madrid). Miembro el consejo de redacción de las revistas «Estudios Bíblicos» y «Ephemerides Mariologicae». Autor y editor de varios libros

Reciente aún el sínodo de los obispos sobre la Eucaristía –celebrado en Roma del día 2 al 23 del pasado mes de octubre–, el Instituto teológico de vida religiosa de Madrid, agregado a la Universidad pontificia de Salamanca, convocó a los Institutos de vida consagrada para la celebración de la trigésima quinta semana nacional. Acudieron unas seiscientas personas, procedentes de treinta países y pertenecientes a noventa instituciones femeninas y a diez masculinas. En sesiones de mañana y tarde, del 18 al 21 de abril, se centraron en el tema de la «Eucaristía: fracción del pan, encuentro entre culturas».

 El director del Instituto y organizador de la semana, profesor Bonifacio Fernández, formuló la siguiente pregunta en la sesión inaugural: «¿Es realmente la celebración de la Eucaristía un factor de comunión entre personas de distintas culturas?». Fue la gran pregunta subyacente a lo largo de la semana. El presidente de la comisión episcopal para la vida consagrada, Mons. Jesús Sanz Montes, introdujo la temática de la semana con una bella y breve reflexión titulada: «La Eucaristía, cultura del encuentro con Dios». Propuso dos ejemplos de cultura espigados en las páginas bíblicas: el icono de la Samaritana y el camino de los dos discípulos que huyen decepcionados hacia Emaús. Los dos tienen el mismo final: el encuentro con Cristo. «La identidad (cristiana) proviene del encuentro con Jesús, que no nos hace perder nuestra diversidad», dijo Mons. Sanz. Refiriéndose a la vida consagrada, añadió: «nuestra vida consagrada se hace visión en la mesa de Jesús».

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¿Quiénes celebran?

 Fue la pregunta preliminar, abordada por los tres primeros ponentes. La profesora Diana de Vallescar, stj., nacida en una familia multicutural –de origen español, filipino y chino– y doctora en filosofía intercultural, era la persona adecuada para hacerse cargo de la ponencia «Comunidades interculturales»: muchas comunidades cristianas viven hoy una mezcla de distintas culturas. Ello da origen a asambleas multi-culturales e inter-culturales. Celebran a Cristo desde el pluralismo y la diversidad, vino a decir la profesora Vallescar.

 El P. Aquilino Bocos Merino, cmf., es buen conocedor de la multiculturalidad en un mismo instituto religioso; no en vano fue superior general de los Misioneros Claretianos durante doce años (1991-2003). «Culturas y cultura congregacional» fue el título de su ponencia. Recordó aquel dicho de Gandhi: «Quiero que la cultura de todos los países sople sobre mi casa tan libremente como sea posible». La convivencia de distintas culturas en un mismo instituto es un don de Dios. El encuentro personal y la reciprocidad, la responsabilidad ética y la corresponsabilidad, recrear las pertenencias –sin consentir en que sean «porosas» y sin miedo a establecer «relaciones verdaderas»– y, sobre todo, ser obedientes a la Palabra de Dios y participar en el Misterio Pascual, es algo ineludible para que un instituto, portador de su cultura carismática, sea un «‘convivium’ de las diferencias». Cuando celebramos la Eucaristía, «tanta diversidad se hace unidad», fueron las palabras finales del P. Bocos.

 En la primera sesión de la tarde del día 18 continuaba pendiente la pregunta de la mañana. Quienes celebran la Eucaristía son «corporeidad expresada en gesto», dijo la profesora de filosofía de la universidad Complutense de Madrid Ana María Leyra. Su ponencia llevaba por título: «Símbolos de los sagrado». En el principio existía el gesto o la realidad denominada; después vino la palabra o el signo denominativo: «Las palabras vienen después de los nombres mimados, son los modos por los que han sido sustituidos los gestos/nombres originales», dijo la profesora Leyra. La hermenéutica gestual o simbólica libera a la Biblia y a los sacramentos de la estrecha cárcel en la que estuvo encerrada: el «mundo surgido de la cultura griega», para sacarla al campo de la libertad que es el mundo de los símbolos. Se rescata así la genuina intencionalidad de la Palabra «que mira más al hombre que al mundo». El gesto o el símbolo es el lenguaje de la Eucaristía.

 

¿Qué celebramos?

 Celebramos «la cena del Señor», fue la segunda ponencia de la tarde del primer día. Antonio Rodríguez Carmona, profesor de la facultad de teología de Granada, gran conocedor de los evangelios, fue exponiendo con la claridad de un avezado docente los diversos elementos transmitidos en la quintuple transmisión neotestamentaria de la última cena: la comida, la cena pascual, las palabras sobre el pan, las palabras sobre la copa, el mandato del Señor: «Haced esto en memoria mía». No podemos recordar la cena del Señor «sin amor y sin acogida fraterna»: «Haced esto en memoria mía». Esto es importante, porque la memoria de Jesús no se puede degradar. Expuso finalmente la peculiaridad de cada una de las narraciones evangélicas, para finalizar con la convicción propia de Pablo: «La Eucaristía ha de aunar la memoria cultual con el culto existencial».

(JPG)  La religiosa dominica argentina, Lucía Caram, puso el primer alimento sobre la mesa: «La mesa de la Palabra». Recordó aquellas palabras luminosas del concilio Vaticano II, que tanta polémica suscitaron en el aula conciliar: «La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura como lo ha hecho con el cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la Sagrada Liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» (DV 21). El alimento es el mismo bajo las especies de «palabra» y de «pan». Para uno y otro manjar valen los mismos verbos: servir – dar gracias – partir – repartir, afirmó la hermana Caram. Concluyó con estas palabras: porque cada día nos alimentamos «con su pan y su palabra, experimentamos la fuerza humanizante del misterio redentor».

 José María Hernández, cmf., profesor en la facultad de teología de Granada, aportó a la mesa el segundo alimento: el cuerpo entregado. Su ponencia se titulaba: «Sentido del cuerpo entregado». El sacramento del Cuerpo no es una mera rememoración del pasado, sino la actualización de un acontecimiento «que, por tener el valor de fundante, sigue afectando a la vida del pueblo en el presente, y seguirá afectándole en el futuro». Este sacramento es «memoria, compañía y profecía», como es «sacrificio, presencia y comunión». Las dos trilogías piden por nuestra parte «acogida y reciprocidad». El que comulga con el Cristo «pro-existente» (el ser-para-los-otros) está dispuesto a ser pan partido para la vida del mundo, sobre todo de los más pobres: «el altar de la Iglesia son los pobres».

 La realidad precede a la palabra, decía siguiendo a la profesora Leyra. Añado, el discurso no se agota en y con la palabra teológica, nos queda el lenguaje propio de la imagen. El joven sacerdote claretiano, José María Martínez Lerín, especializado en bellas artes, deleitó a los asambleístas con el lenguaje iconográfico. Su ponencia llevaba el nombre de: «La iconografía actual. Claves para ver». Eligió la producción artística de tres religiosos, por ser «ejemplos vivos de particular creatividad dentro de la vida religiosa»: el franciscano Costantino Ruggeri, el jesuita Marko Ivan Rupnik y el claretiano Maximino Cerezo Barredo. Lo peculiar de Ruggeri es crear «espacios eucarísticos de luz, como lugar de contemplación y de visión». Rupnik, titulado en bellas artes y doctor en teología, nos regala «un arte para la comunión»: Jesús, hospedado en la casa de María y de Marta, se convierte en anfitrión que alimenta a sus huéspedes con el Pez (símbolo eucarístico desde los primeros siglos cristianos). Cerezo, «artista que bebe de las fuentes de la revelación y de la Palabra de Dios», no concibe una Eucaristía si no es encarnada en el pueblo secularmente oprimido. El mural de la «Última cena», pintado por Cerezo para la Iglesia de un barrio pobre de Lima, es una «auténtica evangelización del pueblo a través de las imágenes». El ponente dijo a propósito del mural de Cerezo: «Aquí es alzada a categoría de arte la reunión comunitaria en torno al pan y a la Palabra». En fin, la iconografía eucarística «suscita preguntas y no nos deja indiferentes». Con la contemplación de la belleza, que «es don y es herida» finalizamos la jornada del día 19 de abril.

 A lo largo de la mañana del día 20 continuamos con la misma pregunta formulada el día anterior: «¿cómo celebramos?». La mesa de la palabra y del pan está incompleta si el oferente (la Iglesia) no está dispuesto a ofrecer la propia vida como humilde sacrificio grato a Dios. El catedrático Severino-Maria Alonso, cmf., lo puso de relieve en la ponencia «Vida religiosa: liturgia y eucaristía existencial». La vida consagrada, dijo, se convierte en un «acto» y en un estado litúrgico de culto permanente, de alabanza, de inmolación y de adoración, incluso de «holocausto», como una liturgia viva y una liturgia existencial. Por medio de ella, la Iglesia revive, de un modo especial –aunque no exclusivo, por supuesto– la dimensión teologal-contemplativa de Cristo y su pleno sacrificio de inmolación, de comunión y de alabanza. Concluyó el catedrático Alonso con unas palabras de Pablo VI: «Ciertamente, la vida consagrada es memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús, como Verbo encarnado, ante el Padre y ante los hermanos. Es tradición viviente de la vida y mensaje del Salvador».

 El catedrático José Cristo Rey García Paredes, cmf., habló de las dos consagraciones, bajo el título «Consagración eucarística y consagración religiosa». El pan es consagrado, como la asamblea litúrgica es consagrada, por la acción del Espíritu Santo, invocado («epíclesis») sobre el pan-vino y sobre la comunidad. Si aplicamos el término clásico de «transustanciación» al pan y a la comunidad, se impone no tanto vaciarse de sí mismos cuanto afirmar la presencia plenificadora de Cristo. Nuestras comunidades, consagradas por la actuación del Espíritu, se convierten en comunidades que piden el don del Espíritu, que se muestran dóciles a él, que acogen y escuchan la Palabra, que acogen igualmente el don del pan y del vino, que se convierten en «pan que se entrega y en copa que se bebe», que están a la espera de lo definitivo. «El deseo de la comunidad eucarística es transformarse en ser ‘uno’ en Cristo Jesús»

 Celebramos, pues, la cena del Señor. Distintos sentidos de los comensales participan activamente en la celebración: el oído que escucha la Palabra de Dios, el gusto que come el pan y el vino, y la vista que se deleita en la belleza. Más aún, la vida consagrada, en cuanto vida, se torna una eucaristía existencial, consagrada por el mismo Espíritu invocado sobre el pan y el vino; el Espíritu que transforma la existencia consagrándola.

¿Cómo celebramos?

 Fue la última pregunta de la semana. Nos acompañó en el último tramo: durante la tarde del día 20 y la mañana del día 21. Como el ejemplo es más elocuente que el discurso, cuatro religiosas, pertenecientes a cuatro distintas congregaciones con carisma eucarístico, expusieron la experiencia de sus respectivas congregaciones: el ejemplo de su vida entregada como pan repartido. Fueron intervenciones breves con el formato de «mesa redonda» sobre los «carismas eucarísticos». Intervinieron: la religiosa Nuria Martínez Gayol (Esclavas del Sagrado Corazón), la religiosa Dulce María Rial Zueco (Esclavas de la Eucaristía), la religiosa María Lourdes Caminero León (Misioneras eucarísticas de Nazaret) y la religiosa Nieves Rodríguez (Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento).

(JPG)  La Eucaristía genera una «espiritualidad eucarística», como expuso el último ponente del jueves, día 20: el rector general de los Salesianos, P. Pascual Chávez Villanueva. Como «vida eucarística», la vida consagrada tiene su corazón con su latido sistólico (la fraternidad) y diastólico (la misión). Desde la Eucaristía puede trazarse el perfil de los llamados «consejos evangélicos». Así, la vida consagrada se torna «memorial» mediante la obediencia. La castidad consagrada está en íntima relación con el «sacrificio». La Eucaristía, en cuanto «banquete», se refleja en la pobreza, puesto que la persona consagrada comparte con sus hermanos lo que es y lo que tiene. El consagrado es un «creyente eucarístico» que sigue el siguiente proceso: de la celebración a la contemplación; de aquí a la adoración; de la adoración a la comunión; de la comunión a la transformación. El creyente transformado por la Eucaristía se ve impulsado inevitablemente a la misión, que no generará desilusión en la persona consagrada, si ésta sigue las etapas mencionadas.

 La espiritualidad eucarística se refleja también en los ritos y símbolos de la profesión religiosa, íntimamente ligados a la mesa en la que el que Padre de familia invita a todas y todos sin distinción de raza o religión, a comer el pan partido y a beber la copa de vino derramado para la vida del mundo. Algo así es lo que sucede en la profesión religiosa, cuyo contenido eucarístico expuso la religiosa Teresa Ruiz Cebeiro, sa., con la ponencia titulada: «Lectura eucarística de la profesión religiosa». Mediante la profesión religiosa, la persona consagrada ofrece su vida y Cristo le incorpora a la suya. Con El y por el Espíritu, los consagrados pretenden que su existencia sea un himno entonado a la alabanza del Padre. El Espíritu del Resucitado les une y envía a ser testigos de la unidad en la diversidad. Con El, se parten y reparten para que los otros sean.

 El sínodo sobre la Eucaristía fue el inspirador de la XXXV semana. Era justo que ésta finalizara retornando al sínodo. Uno de los padres sinodales, actualmente prefecto de la Congregación para institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica, el cardenal Franc Rodé, sm., se hizo cargo de la última ponencia: «El sínodo sobre la Eucaristía», en el que participaron 256 padres, procedentes de 118 países. Comenzó afirmando que el sínodo «fue un período de preparación especialmente intenso y significativo». Los grandes objetivos del sínodo, recordó, fueron: profundizar en la gran riqueza del misterio eucarístico y trabajar para que esa riqueza penetre en las distintas culturas. Educar al pueblo de Dios para la celebración, la participación y la adoración es una apremiante tarea confiada a los pastores. La vida consagrada, dijo, recibe de la Eucaristía «la fuerza para el seguimiento radical de Cristo obediente, casto y pobre». Puso de relieve la dimensión esponsal de la vida consagrada. Finalizó su intervención con estas palabras: «En la Eucaristía celebramos el sacramento de la plena realización del amor de Dios y del amor de los hombres».

Con la celebración eucarística, presidida por el cardenal Rodé, finalizó la XXXV Semana nacional para institutos de vida consagrada. A partir de este momento comenzamos a preparar la próxima XXXVI Semana, que acaso ya no deba llamarse nacional, sino «internacional».


(JPG) Ya está a la venta el libro de la 35 Semana de Vida Consagrada, donde podrás encontrar todas las ponencias.
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