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Creo en Dios, ¿En qué Dios creo? Posibles y dolorosas caricaturas de Dios.

Severino María Alonso, cmf -
    La fe cristiana es, ante todo, un don, un regalo inmerecido y gratuito. Un don que, por la benevolencia de Dios, se ofrece a todos, pero que no se impone a nadie. "El creyente lo es por la gracia de Dios. El incrédulo, a pesar de la gracia. Pero no son pocos los creyentes que pueden labrar su desgracia si olvidan, frente a los ateos, que es la gracia divina, y no exclusivamente su personal esfuerzo, la que mantiene al hombre en pie de fe"1. La fe, como don de Dios, es impulso vigoroso, es apoyo, fuerza, seguridad y certeza. No es ni evidencia ni mero sentimiento. Pero es inviolable 'certidumbre' interior, que mueve al hombre, desde dentro, no sólo a prestar asentimiento a unas determinadas verdades, sino, sobre todo, a adherirse incondicio­nalmente a la Persona de Jesús. La fe abarca y compromete al hombre entero. Es apertura libre y encuentro personal, es acogida y entrega total.
     Gustavo Thibon, desde su experiencia de cristiano lúcido y comprome­tido, ha podido hacer esta dolorida confesión: "Conozco hombres que son ateos con toda su buena fe. Su sed de pureza y de trascenden­cia, su sentido del misterio, su ansia del verdadero Dios, del que nadie les ha hablado hasta ahora, es lo que les hace rechazar todas las caricaturas que les presentan: un Dios que lo arregla todo, que cubre las apariencias, que abusa de su autoridad o que carece totalmente de ella. También conozco a otros que son creyentes con toda su impiedad: el afán desmedido de preservar y eternizar su miserable yo les lleva a buscar los consuelos de la fe"2.

    Ignace Lepp, conocido y renombrado psicólogo francés, que se convirtió al catolicismo en el otoño de su vida, encontró sus mayores dificultades para dar este paso decisivo, en las dolorosas "caricaturas" de Dios, que veía en no pocos cristianos y que aparecen claramente en algunas enseñanzas catequéticas. Confesaba que, a su parecer, la mayor parte de los cristianos contemporáneos no se sienten muy orgullosos de ser discípulos de Cristo. Y, en cuanto a las caricaturas de Dios, le exasperaba, sobre todo, aquellas que le representan, de hecho -aunque no, por supuesto, en la intención explícita y con conciencia refleja- como una "transcenden­cia de egoísmo, de voluntad de poder y de dominación monstruosa"3.

    Son posibles -y, por desgracia, también frecuentes- algunas caricaturas de Dios4. Entre otras muchas, podríamos indicar, como ejemplo: el Dios que "se entromete" en todo, no dejando ámbito alguno para la libertad y responsabilidad de su criaturas, o que "no interviene" en nada, abandonándolo todo a su respectiva suerte; el Dios de tal manera "inmutable", que es del todo 'insensible' -como una esfinge- a los problemas de los hombres, incapaz de 'conmoverse' ante su dolor y miseria; el Dios 'arbitrario', que manda y prohíbe según su capricho, sin más razón y motivo que su propio querer; el Dios que sólo busca "su gloria" -malentendiendo lo que es de verdad "gloria", en sentido bíblico y teológico, cuando hablamos de Dios-, y que sólo protege sus propios "intereses", aunque sea a costa de los 'intereses' verdaderos de la persona humana; el Dios que todo lo convierte en pretexto para "probar" a los hombres, aunque sea con la última intención de poder "premiar" su buena conducta; el Dios que "castiga" con penas eternas un solo pecado mortal y que, para ello, ha creado el infierno; el Dios, en cuyo nombre y por cuya 'autoridad' se puede oprimir y aplastar a los demás, avasallar su conciencia o condenar a muerte; el Dios, cuya 'voluntad' se puede no sólo discernir e interpretar, por los medios normales de 'discernimiento' -lo cual es del todo legítimo y entra en los planes providentes de Dios-, sino que también 'se crea' automáti­ca­mente, en el ejercicio de la autoridad, como por una especialí­sima 'delegación' suya o por una 'investidura' sagrada; el Dios absoluto, eterno y omnipotente, al que nada le afecta, autosufi­cien­te en su fría soledad, el acto puro de Aristóteles, motor inmóvil, causa primera y última de todo, que inspira miedo, pánico y terror, y que aplasta con su grandeza inconmensurable; etc. etc.

    Ladislaus Boros presentaba, hace ya más de 20 años, como una de las más vivas urgencias, para el cristiano de hoy, y también como uno de los signos más esperanzadores, la purificación de la imagen de Dios: «Instintivamente, el cristiano actual rechaza las numerosas caricaturas de Dios: la imagen del gran "policía", que sólo parece interesarse por las transgresiones de la ley; la imagen del "tenedor de libros" universal, que lleva con exactitud sorprendente la lista de nuestros actos; la imagen del práctico "tapaagujeros", que actúa con la lógica del mundo; la imagen del "hechicero" poderoso, que continuamente se ocupa de explicar los fenómenos mundanos, como el evolucionismo, el origen de la vida y de los diferentes ámbitos vitales; la imagen del horrible "torturador", que sólo parece interesado en cazar a los niños y a los pobres negros que mueren sin bautizar para lanzarlos al infierno. Si hoy hemos de agradecer algo a los ateos, es el que con sus contantes objeciones nos impiden hacer trampas con Dios»5.

    El cristiano, y singularmente el cristiano‑religioso, tiene que ser un testigo del Dios vivo. Un testigo que ha experimenta­do, en la certidumbre inviolable de la fe, la realidad infinita de ese Dios incomprensible ‑siempre mayor‑, como el verdadero misterio de la propia existencia. Sólo se puede ser testigo desde una experiencia viva, personal e inmediata. En este campo, nadie puede suplir a otro, porque cada persona es irreemplazable, y tampoco se puede vivir de herencia. Porque Dios es incomprensi­ble, no hay que pretender abarcarle. Más bien, hay que dejarse invadir por él y sumergirse en su absoluta infinitud: que, por ser infinitud absoluta de Amor, no oprime nunca con su grandeza, sino que libera al hombre de sus propios límites.


  • 1. A. Muñoz Alonso, Dios, ateísmo y fe, Salamanca, 1972, p. 162.
  • 2. G. Thibon, Nuestra mirada ciega ante la luz, Madrid, 1973, pp. 36-37.
  • 3. Cf A. González Roser, El mundo, el Reino y la Iglesia, Ed. Progreso, México, 1989, p. 158. El que definió a 'ese' dios -blasfemamente- como "egoísmo trascendental", no hizo más que sacar las últimas consecuencias de esas dolorosas 'caricaturas'. Pero, en realidad, ya no estaba definiendo al verdadero Dios, al Dios de la revelación, al Dios de Jesús, sino a un verdadero "ídolo".
  • 4. Sabemos que una caricatura, si de verdad merece este nombre, conserva algunos rasgos propios del original, que, por ellos, es reconocible. Pero esos rasgos se presentan desmesurada­mente exagerados, hasta el punto de provocar la hilaridad. En este sentido, la caricatura cumple incluso una especie de 'función' social, que es hacer reír o, por lo menos, sonreír. Pero, hay caricaturas verdaderamente dolorosas, que hacen llorar y provocan el rechazo, pues distorsionan de tal modo la realidad de las personas o de las cosas, que las vuelven 'grotescas' y hasta 'monstruosas'.    
  • 5. L. Boros, Ser cristiano hoy, Herder, Barcelona, 1979, pp. 27-28.
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