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Creer, ¿para qué? Conversaciones con alejados

Pablo Largo Dominguez, cmf -
El fenómeno se conoce de sobra: los procesos de iniciación cristiana vividos en la niñez son de resultado incierto; no escasean los catequizados que, al cabo de cierto tiempo, se desentienden de su anterior vivencia personal y de las prácticas eclesiales en que habían participado. ¿Son personas irrecuperables? J.A. Pagola piensa que no, y ese es el motivo por el que ha escrito estas páginas. Ya desde el comienzo queda claro que no es un libro más sobre los alejados, sino directamente un libro para los alejados.

El autor no precisa la edad de los destinatarios, pero del desarrollo de la exposición se desprende que tiene en mente a jóvenes maduros o adultos que han prescindido de la fe vivida en la infancia. ¿A qué se debe el abandono de la vida en que se iniciaron? Pagola toma nota de las razones que aducen: no guardan buenos recuerdos de su experiencia religiosa en la niñez, piensan que la religión está desfasada, o les resulta complicada, no saben rezar, Dios no es una buena noticia para ellos, padecen confusión y dudas.

No es cuestión de volver a la situación infantil; se requiere un nuevo aprendizaje. Pero tampoco es bueno para el alejado permanecer en el estado en que se encuentra. Pagola le dice que no da lo mismo creer que no creer, que no es solución vivir sin buscar, o mostrarse indiferente, que no es una decisión acertada quedarse en lo fácil, o pasar superficialmente junto a lo esencial. En esa inhibición se agazapa el miedo a plantearnos la vida en su verdad, a entrar en nosotros mismos, a ejercitar una “voluntad de verdad real” (Zubiri).

Y a quien pregunte si trae cuenta creer, Pagola le responde rotundamente que sí, que trae mucha cuenta, porque quien cree de verdad no vivirá a medias, aprenderá desde el evangelio maneras más humanas de trabajar y disfrutar, de sufrir y de vivir, descubrirá una manera más gozosa de ejercer su oficio de hombre.

Queda dicho que este es un libro para alejados. El autor les quiere dar orientaciones para el proceso que han de afrontar. Les hace propuestas concretas, particularmente en los capítulos 3 (¿Cómo buscar a Dios?), 4 (¿Cómo dar pasos hacia Dios?) y 5 (¿Se puede aprender a rezar?). En el mismo sentido discurren los dos anexos: en uno se propone la búsqueda en grupo; en el otro se presenta un método para las reuniones, con esquemas orientativos para cada una, articulada en cuatro momentos: reflexión, evangelio, búsqueda, oración. Para cada momento se formulan preguntas.

El capítulo sexto, el penúltimo, presenta a Jesús como el mejor camino para conocer a Dios; con él empalma el séptimo y último, en el que se esboza el nuevo y limpio rostro de Dios que se nos revela en Jesús. No se trata de un catecismo cristológico o teológico; dado que para algunos alejados Dios no había sido una buena noticia, el autor se aplica a la tarea de eliminar falsas imágenes de Dios y a la de invitar a contemplar su verdadero rostro.
El estilo es coloquial. Pagola practica el tú a tú, el cor ad cor loquitur; uno de los recursos más frecuentes son las preguntas que mueven a la reflexión. Porque se trata de un camino personal; nadie lo puede hacer en nombre de otro. Se requiere consentir a la llamada a entrar dentro de sí, a reflexionar, a no “reprimir” a Dios en lo profundo del inconsciente, a vencer la desconfianza, a acercarse a los evangelios, a ejercitarse en la oración, a abrirse a la donación y el servicio. Una selección de pasajes de los salmos completa las ayudas a los lectores que se decidan a tomar esta guía y emprendan el camino de una fe renovada.
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