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Crecer en la fe dentro de la familia

Pepita Ledesma -

La Fe es un don, pero el transmitirla es cosa nuestra, nuestra obligación como padres. Se transmite por la palabra y por el ejemplo en casa, en el día a día. Pero hoy más que nunca ha adquirido una urgencia, es un reto para todos los que nos consideramos cristianos (o para los que queremos e intentamos vivir en cristiano).

 
Se está dejando de comunicar nuestras creencias religiosas, pasando a dedicarle un pequeño espacio personal e íntimo. Nosotros somos los primeros que tenemos el derecho -deber de educar a nuestros hijos, somos educadores a tiempo completo, los primeros y primarios en sus vidas. Luego vendrán los grupos, la parroquia, etc.
 
Me encanta la expresión que se acuñó al decir que la “familia es Iglesia doméstica”, porque es donde echan raíces los valores cristianos, donde se pone a Jesús en el centro para que sea Él quien guíe y sostenga este núcleo de vida y amor. la frase de S. Juan: ”Dios es amor” es más que suficiente para empezar a evangelizar, para hacer posible el Reino aquí y ahora. Donde hay amor, ahí está Dios.
 
En los cursillos prematrimoniales que a veces impartimos mi marido yo hacemos mucha insistencia en esta frase. El Amor abarca todo el Evangelio , tan simple y tan complicado a la vez. Porque en ese camino chocamos con nuestro “ego” que pide sus tributos. Es un verdadero “trabajo de campo” la labor para con nosotros mismos; y desde ahí partir y animar a los hijos, tanto niños, adolescentes, jóvenes, a seguir ese modelo que nos presenta Jesús.
 
Vivimos en la cultura del “me apetece”, del relativismo del olvido de la trascendencia . Es una cultura que bloquea el camino de la fe. Se ha descartado del lenguaje la palabra “alma” y “vida eterna”, y más de uno se sonríe sarcásticamente cuando se saca el tema. El resultado de esto es un empobrecimiento a todos los niveles. Y lo cristianos, por desgracia, somos cada vez menos coherentes y auténticos. Todos tenemos el riesgo que nos empape esta cultura también dentro de la Iglesia.
 
El único camino posible para no dejarse llevar por la corriente es: evangelizar, empezando por los núcleos más básicos y elementales como son las familias. Es CREER EN JESUCRISTO Y VIVIR AL ESTILO DE JESÚS. Hay que ser valientes.
 
Nosotros, padres que lo intentamos, debemos elegir, desde nuestra libertad, vivir y presentar la novedad y grandeza del Evangelio, de una forma alegre, sin guerra a los no creyentes. Esto requiere fervor, amor, comprensión, humildad. Y ante la cultura del “me apetece”, reconstruir la cultura de la responsabilidad, que es la verdadera libertad.
 
Nuestros hijos han de ser nuestro principal objetivo ante tanta variedad de ocupaciones, aficiones y tensiones que abarcan nuestra agitada vida. Por las circunstancias de trabajo sobre todo, se ha reducido el tiempo que se les dedica, reducido el acompañamiento y dedicación hacia ellos. Hay que ESTAR con los hijos. Los besos son el pan que los alimenta como personas, las miradas de amor, los soportes para ir creciendo.
 
¡Cuántas veces me he tirado al suelo a jugar a las canicas con mi hijo pequeño, o le hemos hecho peinados a las muñecas mi hija y yo, o tantos partidos de fútbol entre los niños junto a su padre. Son tesoros (o siembras) sólo apreciados cuando ha pasado el tiempo, (que corre demasiado), y se saborea como un tiempo maravilloso invertido en un proyecto a largo, (o no tan largo) plazo, en un crecimiento integral y equilibrado de nuestros hijos. Y entre esas miradas, besos y juegos, Dios por medio, amigo cercano, oraciones y canciones como parte de nuestro lenguaje habitual.
 
La fe ha dejado de ser algo que se presupone. El ambiente social ya no acompaña, Hay que probarla. El “obligar” casi nunca ha sido eficaz, todo lo contrario, crea rebeldía y efecto rebote. Ya no valen los esquemas inquisitorios. Sin ir más lejos, el modelo de educación que con todo amor y convencimiento me dieron mis padres, muchos de sus conceptos y enseñanzas no me sirvieron a mi para con mis hijos. Los tiempos cambian, y mucho más rápido éstos últimos que los 19 siglos anteriores.
 
Se dice que se sigue más a los testigos que a los maestros. Por eso el ejemplo en actitudes está en alza. En la mano de los padres está el abrir paso y consolidad una vivencia más sólida. Estar más cerca de los hijos afectivamente es conocer sus sentimientos, permitirles expresarse, crear ese espacio de atención y cercanía. Son cosas que no se pueden improvisar.
 
La fe también es una semilla que requiere su tiempo de maduración, no se le ha de meter prisa, pero tampoco abandonarla a su suerte. Cuido, atención, respeto y libertad. Siempre es duro para unos padres cristianos cuando algún hijo se aleja de la fe. También el hijo pequeño se alejó en la parábola del “Padre pródigo”, y lo digo así, no “el hijo pródigo”, porque el verdadero protagonista es el Padre.
 
El Padre siempre espera, mira el camino, se lanza al abrazo nada más atisbar al hijo. Yo confío plenamente en ese mirar constante que sabe a vuelta al hogar. Ahí reside la hermosura y la dureza de la libertad que Dios nos ha concedido.
 
Si la semilla cae una buena tierra, germinará en los tiempos que Dios determine. Nosotros, limitados e imperfectos (nadie nos ha enseñado a ser padres) hemos de hacer lo que tenemos que hacer, sin escatimar ningún esfuerzo, Dios se encargará de poner todo lo que falta, según su voluntad. Llegamos hasta donde podemos, nuestra misión es sembrar.

Visto en :  BFP - LaicoNet
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icono comentarios 1 comentario

Comentarios

Alegandra Alegandra
el 26/10/10
Si miro atrás y miro el mayor valor que me han dado mis padres es el saberme amada por Dios. Hoy a mis cuarenta años se esperara de mí la madurez de quien ya no necesita de los padres, pero es mentira. Necesito a mi Padre, y ahí lo tengo siempre que lo necesito, es Dios que continúa cuidando de mi. Es Dios que continúa haciendome creer como un niño en el amor.
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