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Conviertete a Dios y a los hermanos

Inspirado en Cáritas Cuaresma 2002 pg37 -

La meta de nuestra vida es Dios.
Nuestra vida acaba en las manos de Dios.
Nuestro destino es encontrarnos, al final de la vida, cara a cara con Dios.
Pero andamos muy despistados y caminamos en otras direcciones.
Como Dios es Misterio, nos desborda, no lo vemos... acabamos tomando otras metas más sencillas y asequibles, más a nuestro alcance, a nuestro gusto. Volvemos a repetir aquello que dijo e hizo Israel: «Anda, danos un dios que vaya por delante de nosotros, abriéndonos el camino (Ex 32, 1).
Y nos hacemos unos dioses preciosos, cómodos, encantadores.
Unos dioses que nos hacen sentir bien, que nos dan la razón en todo, que están ahí esperando que los necesitemos para que nos echen una manita cuando las cosas se nos ponen turbias.
Y los llamamos ciencia, diversión, moda, placer, pareja, éxito, buenas notas...
Y los adoramos, entregándoles todo lo que sea necesario, con muchísima devoción.
Pero la verdad es que lo que estos dioses pueden ofrecernos es bastante pobre.
Y el precio que hay que pagarles es muy alto: quedar vacíos, nerviosos, insatisfechos, inquietos, agobiados...

Por eso nos gritan los profetas: «¡Volved al Señor, vuestro Dios, porque él es rico en amor!».
Es lo que llamamos «conversión». Dejar nuestras vanidades, nuestros proyectos de tres al cuarto,
nuestros engaños, nuestros vacíos... para buscar al que puede llenarnos realmente el corazón.
¿No crees que ha llegado la hora de hacer con tu vida algo que merezca la pena?
¿No crees que ya has probado bastante «por ahí fuera» sin mirar dentro de ti,
sin probar siquiera la enorme energía que puede darte Dios?
¿Por qué no arriesgarte a tomarte en serio los caminos de Dios, a ver hasta dónde te llevan?
¿Por qué no plantar cara a la vulgaridad,
a hacer lo que hace todo el mundo,
a estar pendiente de las opiniones de los demás, a la superficialidad y el individualismo
que tan solo y vacío te hacen sentirte?
¿Acaso tienes miedo al riesgo?
¿Acaso te valoras tan poco para conformarte con tan poco?

Acercarte a Dios. Para ello necesitas la oración.
Ponerte delante de su Palabra para aprender e interiorizar lo que quiere decirte.
Ponerte delante de Dios con tu vida: tus inquietudes, tus heridas, tus deseos, tus relaciones personales,
su situación personal y tratar de hacerle presente en todas ellas.
Ponerte delante de la cruz, de la Eucaristía, de la luz, del agua, de la Naturaleza... ¡y escucharlas!
Y dedicarte a quemar,
a hacer cenizas todo lo que no te deja ser tú,
todo lo que no te ayuda a ser feliz,
todo lo que te arranca la paz del corazón.

Y plantearte un ayuno en serio:
No necesitas tantas cosas para ser feliz.
No necesitas derrochar tanto para ser feliz.
No hace falta que pierdas tanto el tiempo en cosas y en personas que no merecen la pena.
Puedes renunciar a tanta televisión para dedicar ese tiempo a tu familia. Puedes ayunar de tantas exigencias y comprometerte a servir mucho más. Puedes plantearte estar más pendiente de los demás y no tanto de ti mismo y de tus cosas.
Puedes proponerte tener pequeños y grandes detalles con quienes pueden necesitarlos de ti.
Puedes intentar aprovechar mejor lo que tienes y no malgastar agua, luz, papel, comida...

Y también puedes dar algo tuyo.
Puedes ofrecer tu perdón a quien te hizo daño.
Y pedirlo, si lo necesitas
(¿quién no necesita pedir perdón a los amigos, a los padres, a los compañeros, a Dios?
Puedes renunciar a algo de tu dinero para darlo a quienes nada tienen. Puedes poner algo de tu tiempo a disposición, gratuitamente, haciéndole a alguien un favor.
Puedes esforzarte por compartir y comunicar mucho más tu mundo interior.

Es que en los hermanos está Dios.
Y lo que a ellos regalas... Dios lo recibe.
Estamos demasiado ocupados con nosotros mismos, centrados en nosotros mismos,
encerrados en nuestras cosas, aislados de los otros...
El corazón se nos vuelve frío, egoísta, pasota, indiferente, exigente, calculador, interesado.
Por eso nos grita Dios por boca del profeta: «Rasgad los corazones», romped con vuestro egoísmo, abrid las puertas y ventanas de vuestra alma,
ventiladlo todo bien, y echad fuera la rutina, la comodidad, la tristeza, el desamor, la rabia,
el fracaso... para que pueda llenarse de luz, de nombres, de paz, de alegría profunda.

Así, saliendo de ti mismo hacia quien pueda necesitarte, sin rodeos, sin excusas, pondrás sobre las heridas de los hombres tus mejores medicinas;
enjugarás las lágrimas del que llora, o al menos llorarás con él,
podrás enderezar al que ya se dobla y levantar al que está caído,
luchas por la libertad del oprimido y del prisionero de lo que sea;
comprobarás que hay más dicha en dar que en recibir y que el necesitado puede enriquecerte.
Y te encontrarás a Dios en los hermanos y hablarás a tus hermanos de Dios con hechos y palabras.

Este es el tiempo de la conversión.
Al menos 40 días... hasta que llegue la Pascua.
Claro que esto se lo tomarán en serio muy pocos, porque pocos quieren ser realmente libres
y felices, porque pocos son valientes, porque pocos quieren dejar de ser masa.
Porque, ya lo dijo Jesús: son muchos los invitados,
y pocos, muy pocos, los decididos.
¿Cuál será tu opción? ¿Cuál será tu compromiso?
¿Cuáles son realmente tus ganas
de ser alguien que merezca la pena para ti mismo, para los demás y para Dios?
                                                                            Enrique Martínez, cmf
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