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Contemplación con María

Cristina Kaufmann -

    Quiero mirar junto con todos vosotros una pintura de la «Madre Dolorosa» que nos dejó El Greco y que desde mi infancia me tiene cautivada. Este cuadro expresa mucho mejor que todas mis palabras lo que quería decir sobre María y sobre nuestra actitud contemplativa a ejemplo de Ella.



    Para mí es la expresión acabada de la doble vertiente de la contemplación: Rostro y Manos —Contemplación y Servicio, o mejor Contemplación como servicio—. Toda Ella respira esta realidad. Su presencia joven expresa la fe joven de María, jamás envejecida por el cansancio o la duda; expresa su prontitud al estar y ser junto a su Hijo, ahora, en la Pasión y Muerte. Veo la distancia infinita que la separa del Crucificado y veo la total cercanía y compenetración.

        María lleva en sus ojos todo el martirio de su corazón y al mismo tiempo aflora en su mirada todo el sufrimiento de Jesús. Lo «interior» de María y lo «exterior» se han totalmente encontra­do en el espejo de sus ojos, convertidos en un lago insondable de amor y dolor. La angustiosa pregunta de antaño: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, angustiados, te andábamos buscando» (Le 2, 48), ha dejado sitio al silencioso asombro de ver hasta dónde le había llevado a su Hijo el «estar en las cosas de su Padre» (Lc 2, 49). El amor, la identificación con el fruto de sus entra­ñas, se ha consumado en María; su mirada es la obediencia amorosa, plenamente consciente a la voluntad del Padre; es adoración y ternura ma­ternal. Junto con eso, estos ojos de María: ¿no anticipan en actitud vicaria nuestro asombro y nuestra pregunta, la de todo hombre ante el sufri­miento y la muerte, acerca del abandono y desamparo por parte de Dios? ¿Es esta la más profunda oscuridad en la mirada de María, abierta todavía la respuesta que cada uno dé en su vida a este terrib1e interrogante que no es ahorrado a nadie? Quizá los ojos de María, más allá de esta noche, os revelen el insondable pozo de capacidad de lo divino, que Dios mismo ha cavado en el desierto de toda criatura.

    El silencio de sus labios refuerza el lenguaje de u mirada, descubre al máximo la comunión en e1 silencio entre Ella y Jesús. Y descubren la decisión de permanecer; permanecer en la Palabra dada en el día jubiloso de la Anunciación, permanecer en la Palabra cantada en el Magnificat, y ahora, labios mudos para que se cumpla en Ella todo el designio de Dios, permaneciendo de pie en el martirio de su corazón. Ya no tiene nada que responder porque toda ella es respuesta, sus labios ya no son instrumento de la palabra, sino frontera infranqueable para toda duda y todo desfallecimiento. Me dicen algo del rostro del Siervo de Yahvé que ofrecía su cara como el pedernal (cfr. Is 50, 7). En estos labios está expresada toda la fuerza del alma de María sin perder nada de la ternura inefable de su corazón. Son la línea divisoria entre dos noches: la del mundo que tiene tras de sí, con su desesperanza y lejanía de toda aurora salvadora, y la que tiene ante sí, la muerte de Jesús, el precio y la presencia del pecado, la incomprensibilidad del amor de Dios, el misterio de la Trinidad, fuente de salvación en la Pascua de Cristo. Parece que en este rostro, que refleja una cálida luz que llega desde más allá de toda noche, se hallen escondidos misteriosamente los primeros rayos de luz de la Resurrección de Jesús. ¿No nos lo presagia la transparencia sutil del velo que le cubre la cabeza a María?

    Las manos que habían bañado al Niño, que le habían acariciado y dado de comer, que le enseña­ron a caminar, ahora han quedado inmóviles, han tocado el fondo de la impotencia. Se juntan para el mayor servicio, para la oración, cuando todo otro servicio había quedado atrás, había acabado. Pero no hay impotencia en estas manos, hay identificación de destino con las manos traspasadas por los clavos, hay sumisión a la voluntad de Dios, hay todo el misterioso tesoro de fe y humildad del que deja en las manos del Padre todos los afanes y todos los servicios.
María tiene tras de sí la noche de la incomprensión, del rechazo, del odio, de la ignorancia, de la miseria del corazón humano; y delante de sí, la noche de la muerte de Jesús, clara «más que la alborada», la noche de la fe, la noche grávida de la plena luz de la Resurrección que se había retirado hasta fondos insospechables en la Humani­dad del Verbo que Ella llevara en sus entrañas.

    Esta pintura de El Greco se me presenta hoy como icono de lo que puede ser nuestra actitud contemplativa en el mundo actual. ¿No tenemos nosotros también a nuestra espalda toda la oscuridad de los sufrimientos, odios y miedos de todos los tiempos, y delante de nosotros, el sufrimiento y la muerte inocente de tantos hermanos e «hijos» nuestros, la debilidad y vulnerabilidad de toda existencia, ante la cual nos sabemos impotentes y tentados en nuestra fe?

    La mirada de María nos recuerda ante todo este pozo abierto en nuestro interior por la mirada de Dios y nos enseña la actitud de asombro amoroso y pronta acogida del misterio divino. Que María nos dé sus ojos para mirar incansablemente, con amor indefectible, con fe firme hasta establecer una comunión real, verdadera, con Jesús, en el que sufre, una mirada de amor que abate toda frontera y todo miedo, que nos mantenga presentes, de pie, junto a la cruz. Que Ella nos enseñe el consentimiento silencioso a todos los designios de Dios. Que Ella despierte en nosotros esta actitud siempre renovada y joven de permanecer en la Palabra hasta el fin, acabar el canto de nuestro Magnificat hasta las últimas consecuencias. Y que María nos enseñe a juntar nuestras manos cansadas y heridas por el servicio a los demas para ofrecer toda actividad y cobijarla entre las manos del Padre en total confianza y abandono. Así, el Espíritu de Dios nos hará sombra, fecundará toda nuestra existencia y nuestros rostros serán portadores de la luz misteriosa de la Resurrección y nuestras vidas, hogares de felicidad para los hermanos, encendidos en un anhelo común: Amén. ¡Ven, Señor Jesús!

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