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Consejo

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1. A la vuelta del viaje pastoral que me ha llevado a Madagascar, a la isla de «La Reunión», a Zambia y a Malawi, siento la necesidad antes de todo de dar gracias a Dios por el servicio apostólico que he podido cumplir entre aquellos pueblos queridos. Llevo en mi corazón el recuerdo emocionado del empuje generoso con el cual los fieles de esas jóvenes Iglesias viven su adhesión al Evangelio. Un grato recuerdo envío también a los hermanos del Episcopado y a sus colaboradores eclesiásticos y laicos, que tanto han hecho para que la visita fuera un éxito. Doy gracias también a las autoridades civiles por la cordial disponibilidad con la cual me han acogido y junto a ellos doy envío mi agradecimiento también a los miembros de los diferentes servicios, que trabajaron para que todo se desarrollara en la mejor manera posible. No me entretengo ahora sobre los contenidos de la visita porque quiero volver a hablar de ello en una próxima audiencia general. 2. Continuando con la reflexión sobre los dones del Espíritu Santo, hoy tomamos en consideración el don del consejo. Este se entregó al cristiano para iluminar la conciencia en las elecciones morales que la vida de cada día nos impone. Una necesidad muy advertida en estos tiempos, perturbados por no pocas crisis y por una difusa incertidumbre acerca de los verdaderos valores, es la que se denomina «reconstrucción de las conciencias». Se advierte pues, la necesidad de neutralizar ciertos factores destructivos, que fácilmente se insinúan en el espíritu humano, cuando está movido por las pasiones, e introducir elementos sanos y positivos. En este empeño de recuperación moral la Iglesia tiene que estar en primera línea: de aquí la invocación que surge desde el corazón de sus miembros – de todos nosotros – para conseguir ante todo la ayuda de una luz de lo Alto. El Espíritu de Dios responde a esta súplica mediante el don del consejo, con el cual enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia y guía el alma desde el interior, iluminándola acerca lo que hay que hacer, especialmente cuando se trata de tomar decisiones importantes (por ejemplo la de dar una respuesta vocacional), o de un camino que hay que recorrer entre dificultades y obstáculos. La experiencia confirma que «los pensamientos de los mortales son tímidos e inseguras nuestras ideas», como dice el libro de la Sabiduría (9,14). 3. El don del consejo actúa como un soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que es oportuno, lo que más conviene al alma (S. Bonaventurae, «Collationes de septem donis Spiritus Sancti», VII, 5). La conciencia se convierte entonces en el «ojo sano», del que habla el Evangelio (Mt 6,22), y adquiere una especie de nueva pupila, gracias a la cual le resulta posible ver mejor qué hacer en una determinada circunstancia, aunque fuera la más intricada y difícil. Con la ayuda de este don, el cristiano penetra en el verdadero sentido de los valores evangélicos, en particular de los expresados en el discurso de la montaña (Mt 5-7). ¡Pidamos entonces el don del consejo! Pidámoslo para nosotros y, en particular, para los pastores de la Iglesia, tan a menudo abocados, por su deber, a tomar decisiones difíciles y complejas. Pidámoslo por la intercesión de la que, en las letanías es llamada «Madre del Buen Consejo ».
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