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Consagración eucarística y consagración religiosa

Ciudad Redonda, Ciudad Redonda -

 

La consagración eucarística es la acción consecratoria del Espíritu,
la transformación de los dones.
La vida consagrada, memoria de Jesús y seguimiento de Cristo.

JOSÉ CRISTO REY GARCÍA PAREDES:

(JPG) Nació en Castellar de Santisteban (Jaén) el año 1944. Es doctor en teología (1973). Su tesis doctoral versó sobre: La teología políti-ca y Felicité de Lamennais. Ha sido director del Instituto teológico de Vida Religio-sa de Madrid y de la revista Vida Religiosa. Ha pertenecido a la comisión teológica de la USG y del CELAM. En la actualidad es catedrático del Instituto de vida religiosa de Madrid y profesor del «Institute for Consacrated Life in Asia» (Manila - Filipinas). Conferenciante en distintas naciones de Europa, América, Asia y África. Autor prolífico de artículos y de libros, muchos de éstos traducidos a distintas len-guas: croata, portugués, inglés, euskera y coreano. Menciono alguno de sus libros escritos en la última década: Teología de las formas de vida cristiana (3 volúme-nes), Madrid 1996-2000; Teología de la vida religiosa, Madrid 2001; Nacido de María Virgen, Madrid 2002; Passion of Jesus. Passion for Humanity, Quezon City, Manila 2005; Religious life as a Parable of the Kingdom (10 booklets), Quezon City, Manila 2006.


Resumen de la ponencia

Acaso no sea socialmente correcto hablar de «consagración» en un mundo secularizado. Sin embargo es la forma de entender nuestra realidad en el mundo y en la Iglesia como religiosos, siendo conscientes de que todos los bautizados son «consagrados». La consagración religiosa nos remite a la consagración bautismal o, con más propiedad, a la consagración eucarístíca. No nos movemos en la dialéctica entre cosas santas y profanas. Todo lo creado está lleno de la sacralidad divina, del Espíritu de Dios. La «nueva sacralidad cristiana» consiste en la donación del Espíritu, transformador de la realidad.

El soplo del Espíritu se nos dona en la Palabra. Ella nos habla de Dios y en ella nos habla Dios (su Espíritu): «El Espíritu Santo… va introduciendo a los creyentes en la verdad, entra y hace que la palabra de Cristo habite en ellos abundantemente» (DV 8). El Espíritu que consagra la palabra es el mismo que consagra los dones. Aquella queda convertida en Palabra de Dios; éstos son dones de Dios; o en la Palabra y en la Eucaristía se nos dona Dios, el Santo por encima de toda santidad. Supone esto, por lo que al pan y al vino se refiere, una transformación, que ha sido denominada «transustanciación» (santo Tomás), «trans-significación» o «trans-finalización» (Schillebeeckx) y «escatologización» (Durrwell).

El agente de la transformación eucarística, y de toda consagración, es el Espíritu invocado sobre el pan y sobre el vino, por ejemplo. Esa invocación recibe el nombre de «epíclesis» (= «acción dicha» o una palabra en acción, al estilo de los signos proféticos). «En la epíclesis eucarística el Espíritu de la encarnación, de la resurrección, de Pentecostés ‘reactualiza esa misma historia salvífica en la reunión eucarística, particularmente en los dones y en aquellos que los reciben», dijo el catedrático García Paredes. Siguen a la epíclesis sobre el pan y el vino las palabras interpretativas de Jesús: el pan y el vino son el cuerpo y la sangre del Señor. También la comunidad eclesial es transformada en el cuerpo esponsal de Cristo. Es necesaria una nueva epíclesis sobre la Iglesia. El encuentro eucarístico con Cristo «está abierto a la totalidad del universo». Así “los Divino nos asedia, nos penetra nos fragua», dijo el ponente con palabras de Chardin. Cada sacramento desvelará una dimensión de la epíclesis. Algo semejante sucede con la «consagración religiosa», consecuencia de la actuación del Espíritu invocado.

La consagración religiosa, como la consagración del pan, afecta a cada día. Día tras día pedimos el pan –el sustento diario y el pan de vida–, que es el pan «del mañana», el pan definitivo. Cada día se reúne la comunidad para comer ese pan. Lo que torna profana a la comunidad religiosa no es su forma de vestir, por ejemplo, «sino romper la unidad del cuerpo de Cristo». Si aplicamos la categoría de «transubstanciación» al pan y a la comunidad, se impone no tanto el vaciarse de sí mismos cuanto afirmar la presencia plenificadora de Cristo. Nuestras comunidades, consagradas por la actuación del Espíritu, se convierten en comunidades que piden el don del Espíritu, que se muestran dóciles a él, que acogen y escuchan la Palabra, que acogen igualmente el don del pan y del vino, que se convierten en «pan que se entrega y en copa que se bebe», que están vigilantes a la espera de lo definitivo. «El deseo de la comunidad eucarística es transformarse en ser ‘uno’ en Cristo Jesús».


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