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Con estos niños, cada día es una fiesta

Periodista Digital -

Lunes, 3 de octubre 2005

Tengo 46 años. Nací en Gijón y hace 20 años que vivo en Camboya. Me ordené sacerdote jesuita y soy prefecto apostólico de Battambang, una región de Camboya. Allí, cada día hay tres accidentes por minas. Soy apolítico: creo en las personas. Dios es ternura, cariño, una sonrisa: te silba y te guiña el ojo todos los días a todas horas.

\"\"Me cuenta las historias de sus chicos y abre una carpeta llena de fotos para presentármelos uno a uno. Son escenas llenas de colores, de sonrisas, de vida... Y me invita a que no me pierda mañana, a las ocho de la tarde, el espectáculo que cuarenta de esos niños ofrecen en Barcelona, en CaixaForum: allí cantarán y contarán sus vidas mediante canciones y bailes.

"Ya verás, son casi dos horas rebosantes de alegría, ritmo, color, sonrisas...: ¡es vida de verdad!". Lo recaudado ayudará a pagar algunas de las muchas cosas que Figaredo hace en Camboya en favor de esos niños. Él es de esas personas que dotan de sentido su existencia entregándola sin reservas a los otros. Me dice: "Quitémonos minas del corazón para ser menos agresivos...". Es el Casaldàliga camboyano.

¿Qué hace usted en Camboya?

- Localizo a niños y jóvenes mutilados por haber pisado minas. Los acogemos en mi parroquia y les ayudamos.

- ¿Hay muchos mutilados?

- Una persona de cada 240 está herida por las minas. Es que Camboya es el lugar del mundo con más minas por habitante: ¡hay una mina por habitante!

- ¿Quién sembró esas minas?

- La guerra entre los comunistas prochinos de Pol Pot y los comunistas prosoviéticos de Vietnam. Se saldó con tres millones de muertos entre una población de nueve millones...

- Espantoso.

- Los civiles camboyanos también sembraron minas para proteger sus pueblos de incursiones asesinas de unos y otros. Y, hoy, ellos mismos las pisan y mueren... ¡Cada día hay tres nuevos accidentados por minas allí!

- Pues tiene usted trabajo...

- Son dramas terribles que destrozan familias, y nosotros intentamos paliar los que podemos. Podría explicarle tantas historias...

- Cuénteme una.

- Una niña de nueve años, Mom, cuidaba la piara de cerdos de su familia y, para darles de comer, fue a recoger unos plátanos. Pisó una mina. Se quedó sin una pierna. Su estancia en el hospital arruinó a su familia...

- ¿Hasta qué punto?

- Tuvieron que venderlo todo: cerdos, vacas, casa... La familia tuvo que dispersarse, y a ella la acogió su abuela en una chabola. Con once añitos, Mom mendigaba por los mercados para poder enviar algo a su familia. Ahí fue donde yo la conocí...

- ¿Pudo usted hacer algo por ella?

- Pagarle los estudios. Ella aceptó, pero pronto se puso de nuevo a mendigar... ¡Se sentía culpable de la ruina de su familia!

- ¿Qué ha pasado finalmente con Mom?

- La convencimos, la acogimos, estudió...

Hoy vive en una casita propia con su abuela, con un bello jardín... Mire estas fotos: estas tierras, si no estuviesen plagadas de minas y pudiesen trabajarse, ¡serían un edén!...

- Pues habrá que arrancar esas minas.

- Colocar una mina cuesta un dólar, quitarla cuesta mil dólares. Pero estamos promoviendo campañas de desminación, y felizmente compruebo que estamos avanzando...

- ¿Quién le ayuda?

- Una ONG española, Sauce, que recauda fondos para mis proyectos. Gracias a ella, por ejemplo, acabamos de hacer un camino.

- ¿Un camino?

- Sí: un simple camino, allí, cambia la vida de la gente. Permite comunicaciones seguras - sin minas-, permite llegar con rapidez al hospital (y, por tanto, salvar vidas o evitar amputaciones), permite dar salida a la venta de productos del campo con seguridad...

- ¿Cómo fue a parar usted a Camboya?

- Cursaba la carrera de Económicas mientras impartía clases a adultos en un barrio humilde, y allí cuajó mi vocación religiosa y de servicio. Decírselo a mi familia fue traumático, pero fui fiel a mí mismo: ¡yo quería ponerles rostro a los números! En cuanto me ordené, solicité irme a un campo de refugiados...

- ¿Y adónde le enviaron?

- A Tailandia, donde estaban refugiados miles de camboyanos en campos cercados. Allí vertí muchas lágrimas de impotencia...

- ¿Por qué?

- Mandaban cabecillas militares, que a menudo se peleaban entre ellos: una vez, una mujer embarazada saltó por los aires, quedó sin piernas, y a su marido una mina le había dejado ya sin piernas... Aprendí a sufrir con ellos, porque poco más podía hacer allí...

- Ahora sí. Hoy ya es distinto, ¿no?

- Sí: estamos fabricando una silla de tres ruedas, un modelo hecho con madera y materiales locales, barata de producir. La hacen en nuestro taller un equipo de 15 mutilados: en cinco años hemos hecho 4.000 sillas, y están cambiando la vida de muchas personas.

- ¿En qué sentido?

- Le diré lo que me dijo Sorha, una niña, cuando tuvo una: "¡Adiós, suelo!". Llevaba años arrastrándose... Otra niña estaba condenada a estar dentro de casa, cocinando para su padre y hermanos. Con la silla, salió fuera, convencimos a su familia de que la dejase estudiar con nosotros, y hoy es feliz.

- Bravo.

- Quiero hablarle también de Somon: ese chico ayudaba a desminar campos y, haciéndolo, le estalló una mina. Acudí al hospital a visitarle. Estaba sin piernas y moribundo. Me vio, me cogió la mano yme rogó: "Ayúdeme a vivir, padre...". Aquello fue muy duro...

- ¿Qué pasó con Somon?

- Milagrosamente, sobrevivió. Hoy está con nosotros: hace maravillosas esculturas de madera y las pinta. Mire, le regalo ésta.

- Ah, bonito llavero... ¡Muchas gracias!

- Algunas tallas parecidas le regalé al Papa el otro día. Y le invité a ir a Camboya. Le vi muy receptivo, de maneras suaves, dulce, tímido... Me prometió rezar por nosotros.

- ¿Hay muchos católicos en Camboya?

- Sólo un 0,02% de la población. La inmensa mayoría es budista. Sus monjes son muy cariñosos y respetuosos con nosotros. ¡El día de Navidad, esos monjes budistas se vienen a la parroquia a misa y a cantar con nosotros!

- Son muy abiertos, ¿no?

- Sí. No importa la religión: importa ser bueno. Y ellos son mejores que nosotros, más confiados. Sus templos son la Seguridad Social de ese país: cuando un chico quiere estudiar y no tiene medios, acude a ellos...

- Padre, ¿cuál es hoy su mayor sueño?

- Que la vida sea una fiesta. Y cuando oigo cantar a estos niños y veo sus sonrisas, su alegría, sus ganas de vivir cada mañana..., siento que lo es, siento que cada día es un fiesta.

Tomado de http://www.periodistadigital.com/religion/



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