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Compás de espera

José Miguel Capapé -
    Una vez más ha sido mi hombro tantas veces operado, el que me ha traído de vuelta a España marcándome un compás de espera en mi trabajo cotidiano en el Sur. No es la primera vez, aunque en esta ocasión he tenido que volver desde un lejano rincón de Brasil, para llegarme a otro rincón de España donde poco a poco voy recuperando mi hombro con rehabilitación diaria para tratar de esquivar una nueva cita con el quirófano y donde poco a poco también voy recuperando la ilusión de volver junto a los míos, de estar entre mis amigos y al lado de mi familia. 
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No es fácil volver. No es fácil sobre todo volver para encontrarse con la inactividad, con la incertidumbre, con la angustia donde se hacen presentes todos los miedos, todos los recuerdos, todos los proyectos...

Nunca había vuelto de tan lejos. Después de un año en Rondônia las cosas cambian demasiado. Y no porque la gente haya cambiado, sino porque uno ha cambiado, y ahora las mismas noticias, los mismos hechos, los mismos proyectos, los mismos comentarios, ¡saben tan diferente!
Llevo un año viviendo a otro ritmo, acompañando la vida de los pequeños agricultores de una pequeña región del gran Brasil, agricultores que han formateado el disco duro que cada uno llevamos en nuestra cabeza (y el de un aragonés es bien duro) para descubrir valores, gestos, modos, maneras, que aquí hemos olvidado.
Ahora, desde este rincón del primer mundo que es España, me hago muchas preguntas, porque conozco con nombre y apellidos a aquellos que desde el Sur gritan la liberación de estructuras injustas que les hunden en la pobreza y no les dejan salir de allí. Gritos que desde aquí a veces no queremos escuchar porque van dirigidos a nosotros mismos, a quienes vivimos en la sociedad de la opulencia, del consumismo, de la vaciedad, sociedad que de manera aplastante se presenta como la única alternativa, como el único sueño posible en este mundo. Mis preguntas se dirigen a nuestro estilo de vida, a las cosas que nosotros llamamos prioritarias, a nuestras políticas empeñadas en  favorecer más a los que más tienen, a nuestras escuelas que no acaban de educar en los valores capaces de construir un mundo más justo, a nuestras familias en las que se tiene de todo... preguntas que cuestionan mi propio estilo de vida tan lejano al de aquellos que hasta ayer compartían la vida conmigo.
No hay un sólo día en que no me acuerde de aquellos a los que he dedicado todos mis esfuerzos durante el último año, aquellos que con su esfuerzo son los verdaderos protagonistas del cambio en el rincón de Brasil que se ha convertido en mi casa.
Los que han interpretado alguna vez música clásica saben lo tensa espera que supone un compás de espera. Todos tus sentidos tienen que estar en la música, no debes perder de vista la partitura, han que estar preparado para cuando el director te de la entrada y mientras... la música sigue, el concierto continúa, y puedes disfrutar de la música que suena como no lo haces cuando estás tocando.
Así estoy yo. De pronto en mi partitura he encontrado unos compases de espera ¿cuántos? aún no lo sé, sólo sé que tengo que estar preparado, atento, para cuando llegue el momento de la entrada. Mientras... espero, escucho la música, me impaciento, paso las horas muertas, me adentro en largas discusiones conmigo mismo sobre aquello que hago, sobre aquello que hacía, sobre aquello que volveré a hacer.
He vuelto a mi casa, a mi país, a mi tierra, estoy de nuevo entre mi gente, pero... parte de mí está allá, en un rincón de Brasil, esperando volver a interpretar uno de los pasajes más bellos que la partitura de mi vida me tenía reservado. Eso sí, la música sigue, yo no soy el concierto y día a día los verdaderos protagonistas siguen avanzando hacia la liberación, hacia la justicia, hacia la paz, sin perder el compás.
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