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Cómo reaccionamos ante la crítica y la oposición

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) -

¿Habéis observado alguna vez cómo reaccionamos espontáneamente ante una amenaza percibida? Encarada una amenaza, nuestros instintos primarios tienden a tomar posesión, e instantáneamente nos bloqueamos y empezamos a cerrar todas las puertas que abren a la cercanía, amabilidad y empatía que hay en nosotros.

Es una reacción natural, profundamente enraizada dentro de nuestra naturaleza. Los biólogos nos dicen que cuando percibimos algo o a alguien que nos amenaza, la paranoia surge instintivamente dentro de nosotros y tiene el efecto de conducirnos hacia un lugar más primitivo dentro de nuestros cuerpos, a saber, la parte reptil de nuestros cerebro, el resto de nuestros orígenes evolutivos de hace millones de años que aún queda en nosotros. Y los reptiles son de sangre fría. Así también -según parece- somos nosotros cuando nos sentimos amenazados.

Esto -creo yo- ayuda a explicar mucho de la paranoia y violencia que hay  en nuestro mundo de hoy, como también de la amarga retórica que casi  universalmente está bloqueando cualquier posibilidad real de provechosa  discusión en respuesta a las tensiones que hoy tenemos en la política, la economía y nuestras iglesias.

Vivimos en un mundo amargamente polarizado. Todos nosotros reconocemos esto y todos nosotros vemos mucha crueldad en la política  mundial, en la política nacional y local, y, tristemente, no menos en nuestras iglesias. Lo que vemos hoy en casi todas discusiones donde hay desacuerdo, es una retórica fría y dura que de hecho no está abierta a un verdadero diálogo; y es, invariablemente, la antítesis de la caridad, la amabilidad y el respeto. Lo que vemos en vez de eso es paranoia, demonización de aquellos que están en desacuerdo con nosotros, burla de la sinceridad y valores de nuestros oponentes y ciega autodefensa.

Además, esta amargura y desacato, tan contrarios a todo que está en los Evangelios y a todo lo que es noble en nosotros, es “sacralizado” invariablemente, o sea, es racionalizado como demandado por Dios, porque creemos que lo que estamos haciendo es por Dios, o por la verdad, o por el país, o por los pobres, o por la madre naturaleza, o por el arte, o por algo cuyo valor trascendente -creemos- justifica que olvidemos el mensaje de  Jesús y la cortesía común. Si dudas de esto, simplemente, conecta cualquier estación de radio o televisión que haga un comentario sobre política o religión, o escucha hoy cualquier debate político o religioso. Somos -como dice John Shea- más expertos en justificación que en autocrítica; pero, entonces, podemos sacralizar nuestro desacato y falta de caridad elemental.

Pero, haciendo esto, estamos lejos del Evangelio, lejos de Jesús y lejos de lo mejor que tenemos dentro. Deberíamos ser más que la parte reptil de nuestros cerebros y más que los instintos que heredamos de nuestros antiguos antepasados, las bestias de rapiña. Somos llamados a algo más elevado, llamados a responder a la amenaza más allá de la ciega respuesta del instinto.

La propia reacción de san Pablo a la amenaza puede servir de patrón para lo que debería ser nuestra respuesta ideal. Escribe: “Cuando somos afrentados, bendecimos; cuando somos perseguidos, lo soportamos; cuando somos difamados, respondemos con amabilidad”. (1 Cor 4, 12-13). Antes, en la misma carta, ya había dado otro consejo respecto al trato con la oposición. Su consejo: Vive con suficiente paciencia dentro de la oposición como para no tener que defenderte, deja a Dios y a la historia hacer esto por ti: “En cuanto a mí, muy poco me importa ser juzgado por vosotros o por cualquier tribunal humano; ni aun a mí mismo me juzgo. Cierto que de nada me acusa la conciencia, mas no por eso me creo justificado; quien me juzga es el Señor. Por tanto, no juzguéis antes de tiempo”.

Hay que reconocer que esto es difícil. Nuestro instinto natural no es sometido fácilmente. Como todos los demás, yo lucho mucho con esto. Cada vez que oigo o leo algo que desecha mi predicación y mi escrito como heréticos, o peligrosos, o (incluso más mordaz) como “pelusa de peso ligero”, la parte reptil de mi cerebro se agita para hacer su antigua tarea, y mis instintos naturales rechazan amargamente el alto camino que san Pablo aconseja tan sabiamente. Los instintos naturales no quieren tratar de entender la posición de aquel que nos ha despreciado, ni quiere bendecir, ni aguantar, ni responder amablemente. Quiere sangre. Sospecho que los instintos de todos funcionan de la misma manera. El instinto natural no honra fácilmente el Evangelio.

Pero esa es la prueba; verdaderamente, una de las pruebas de fuego del discipulado cristiano. Cuando miramos el núcleo de la enseñanza moral de Jesús, nos preguntamos ¿en qué se distingue Jesús de otros maestros de moral? ¿Qué requisito particular suyo podría servir como prueba-núcleo para el auténtico discipulado?

Yo opino que, en el corazón de la enseñaza de Jesús, subyace este desafío: ¿Puedo amar a un enemigo? ¿Puedo bendecir a alguien que me maldice? ¿Puedo desear el bien a alguien que me desea el mal? ¿Puedo perdonar sinceramente a aquel que ha sido desleal conmigo? Y, quizás más importante, ¿puedo vivir en paciencia cuando estoy en tensión, sin prisa por defenderme, sino dejando esa defensa a la historia y a Dios?

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icono comentarios 7 comentarios

Comentarios

eleazar eleazar
el 23/9/14
No nos sentimos hermanos, no damos el valor que tiene al "otro". El patriarca Atenágoras decía que en la vida la lucha más dura es con uno mismo, desarmarse, . . . y si no te desarmas . . .
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Martha Martha
el 23/9/14
Muy de acuerdo estoy con el comentario del P.Rolhei -
ser de este lunes; cuando cualquier persona se siente
amenazada verbal o fisicamente por otro, su reaccion
suele estar muy lejos de lo que hemos aprendido en
el Evangelio y tambien muy lejos de lo mejor que tene-
mos dentro de uno mismo, el instinto nos hace retroce
der al estado primitivo de las cavernas , aunque no lle-
gue a consumarse la accion, estuvo en nuestra mente
y nos justificamos con cualquier tipo de pretextos, por-
que segun John Shea, somos mas expertos en justifica
ciones que en autocriticas. Solo puedo decir, que es
bien dificil en un momento de esos, recordar los conse
jos de san Pablo ante las afrentas y tambien ante las injusticias al ser juzgados (1Cor 4 ) . Podremos avenir-
nos a lo que es el centro d ... » ver comentario
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U.SALDAÑA M. U.SALDAÑA M.
el 24/9/14
En la respuesta positiva a las últimas 5 preguntas se asocia el cumplimiento de uno de los dos aspectos màs importantes de la Ley de Dios : Amarás al Señor tu Dios sobre todas las criaturas y a tu Prójimo, en especial, como a ti mismo, en el que se sumarizan por antonomasia toda la Ley y sus Profetas.
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Augusto Augusto
el 26/9/14
Estoy completamente de acuerdo con U.SALDAÑA M. cuando vivimos la violenta agresión de nuestros hermanos y de nosotros mismos, cuya respuesta es amar como Jesucristo nuestro Señor nos amó y enseñó, y así viviremos en paz y en la alegría del Espíritu Santo, y llegar a ser Santos como el Padre celestial es Santo.
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Teda Gabriela Teda Gabriela
el 26/9/14
Aunque nos resulte difícil intentemos practicar las enseñanzas de San Pablo sobre nuestra forma de reaccionar ante lo que consideramos un amenaza Me gusto el articulo y las opiniones antes vertidas de quienes lo leyeron...
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AlexVM AlexVM
el 29/9/14
Personalmente no me creo una evolución de ningun reptil o alguna otra especie. Asi es que no pude seguir leyendo mas.
Gracias.
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GPoventud GPoventud
el 30/9/14
Interesante el mensaje del P. Rolheiser; el llamado que tenemos como cristianos y seguidores de la Palabra. Nuestros buenos actos no son impuestos o demandados por Dios. Dios no necesita de nuestras buenas obras para justificar su amor por nosotros. Nuestra disposición a su llamado y a seguirle incondicionalmente es la respuesta necesaria. "Aprended de mi que mi yugo es suave y mi carga ligera." nos dice nuestro Señor.
Recuerdo antes de volver a la Iglesia mi actitud hacia los demás era justo la descripción que demuestra el P. Rolheiser de una persona paranoica, estresada y triste. Muy preocupada porque todo fuera a la perfección, solo para no oír la opinión negativa de los demás. Poseía toda comodidad y lujo material pero trabajaba hasta la extenuación, olvidándome de lo más ... » ver comentario
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