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Comentario del 2º Domingo de Cuaresma

Angel Moreno -
    En este tiempo cuaresmal, la Iglesia imita la pedagogía del Maestro con sus discípulos antes antes de sufrir la Pasión y morir. Jesús se manifestó en gloria para que Pedro, Santiago y Juan, sus más íntimos, fueran testigos de su identidad divina y pudieran después asumir sin escándalo los acontecimientos de Jerusalén.

    La Liturgia del segundo domingo de Cuaresma nos ofrece la contemplación del rostro luminoso del Señor, y acompaña el Evangelio con dos lecturas que coinciden en resaltar, bien en figura, bien en referencia explícita, la identidad de Jesús, Hijo único de Dios, el Hijo amado.

    La imagen de Abraham en la escena del sacrificio de su hijo único y la carta de San Pablo a los Romanos, que afirma: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, apadrinan la declaración que se oye en lo alto del monte: Éste es mi Hijo amado, escuchadlo.

    De aquí, de estas palabras, se deriva la coherencia de toda la entrega de Cristo en la cruz, como oblación amorosa. El mismo que en la hondura del Jordán y en el monte alto escuchó “Éste es mi hijo amado”, es el que en la noche oscura de Getsemaní, en la profundidad más abismal y en lo alto de la cruz, dirá: “Padre, que no se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres” y “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Por la experiencia de la luz, se comprende y se abraza la cruz.
Por la experiencia de amor, se asume el despojo sin desesperanza.
Por la experiencia de filiación, surge el abandono confiado en las manos del Padre.
Por la experiencia consoladora, se obtiene el discernimiento positivo en la prueba.
Por la certeza de la Resurrección, no se teme a la muerte como abismo.
Por la experiencia de amistad con Jesús, se graban en la memoria sus palabras iluminadoras y proféticas de abandono confiado para los tiempos de soledad.

    Hoy se nos propone la contemplación del Amor de Dios, manifestado en la entrega de su Hijo único, su Hijo amado, para que nos comprendamos amados en el mismo amor de Dios en cualquier circunstancia.

    En cada uno debe surgir la reacción del salmista: “Yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava”. Mas por la muerte de Cristo, el Hijo de Dios, puedo sentir en el interior la declaración más sobrecogedora: “Tú eres mi hijo amado”; así, con la certeza creyente, subir sin miedo, detrás de Jesús, a Jerusalén.

    Hoy se nos anticipa el núcleo del Misterio cristiano, el Misterio Pascual: luz y cruz, muerte y vida, muerte y resurrección, que ilumina la andadura del creyente.
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