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Colombia – Estados Unidos: Una alianza ¿anti? terrorista.

Daniel E. Benadava. -
En el transcurso de los primeros meses de este año las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – FARC -, con quienes el gobierno colombiano junto con su par (y aliado) estadounidense nunca lograron establecer un diálogo de paz, liberaron a 6 personas que tenían detenidas gracias a las negociaciones que desde hace tiempo mantienen con el presidente venezolano, Hugo Chávez.  Pero a comienzos de marzo estos encuentros, que constituían un auspicioso punto de partida para alcanzar la tan anhelada pacificación de la región, fueron teñidos de sangre y muerte.

Crisis diplomática y militar en Latinoamérica.
 
Durante la noche del 1 y la madrugada del 2 de marzo las tropas colombianas asesinaron a más de 20 integrantes de las FARC que estaban en territorio ecuatoriano. Entre los revolucionarios que murieron se encontraba Raúl Reyes quién era, por un lado, el miembro mas importante de las FARC luego de Manuel Marulanda – jefe máximo de la agrupación revolucionaria – y, por otro lado, la persona con quién Francia mantenía contacto para que se produzca la liberación de Ingrid Betancourt, tal como lo expresó el Ministro de Asuntos Exteriores y Europeos de Francia, Bernard Kouchner.
 
Este acontecimiento, que desde la particular perspectiva de la Cancillería de Colombia no constituyó una violación de la soberanía territorial ecuatoriana ya que su país “actuó de acuerdo con el principio de legítima defensa”, provocó enérgicas respuestas por parte de Ecuador y Venezuela.
 
Rafael Correa, presidente ecuatoriano, planteó: “Hemos sido traicionados, no por un pueblo, sino por un gobierno que no conoce la palabra lealtad”, y le exigió al gobierno colombiano que cumpla los “compromisos firmados de respeto a Ecuador”.  Así mismo, el presidente ecuatoriano ordenó la expulsión inmediata del embajador colombiano, Carlos Holguín, y movilizó tropas a la frontera que su país tiene con Colombia.
 
Por su parte, Hugo Chávez además de acusar a Álvaro Uribe, presidente colombiano, de dirigir un Gobierno “mafioso, paramilitar y criminal mentiroso, y lacayo de Estados Unidos”, ordenó “de inmediato el retiro de todo nuestro personal de la Embajada en Bogotá”,  y la pronta movilización de tropas hacia la frontera que su país mantiene con Colombia planteando: “Nosotros no queremos guerra, pero no le vamos a permitir al Imperio ni a su cachorro que es el presidente Uribe que nos vengan a debilitar”.
 
Multitud de repudios, una voz a favor.
 
Ante la gravedad del mencionado suceso el pasado 5 de marzo, por un lado, la Organización de Estados Americanos –OEA- aprobó una resolución en la que se reconoció que el Gobierno de Álvaro Uribe había violado tanto los principios de derecho internacional como la soberanía e integridad territorial de Ecuador;  y, por otro lado, Correa planteó “Estamos agotando todas las instancias diplomáticas para que se condene al agresor (Colombia), pero si esa comunidad internacional no condena sin cuestionamientos, sin medias tintas (...) al agresor, Ecuador sabrá hacer responder al agresor su ultraje”.
 
Así mismo, y frente este acontecimiento que conmocionó a América Latina, fue la presidenta argentina, Cristina Kirchner, quién días atrás sostuvo: “Creo que es muy importante la condena unánime a la violación de la soberanía territorial, que no puede tener ningún pretexto. No puede haber ninguna causa”.
 
En consonancia con la primera mandataria argentina, la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, planteó: “La frontera y los límites de los países están basados en muchos acuerdos internacionales y es una situación de extrema delicadeza que pueda traspasar (la frontera) con cualquier objeto, legítimo o ilegítimo”.
 
Por su parte el presidente de Paraguay, Nicanor Duarte, aseveró: “Nosotros condenamos cualquier agresión a la soberanía territorial de los pueblos y ojala este conflicto se pueda resolver sin poner en riesgo la paz y la estabilidad en la región”.
 
También el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, luego de retirar la delegación diplomática que su país tenia en Colombia, planteó: “La ruptura no es con el pueblo colombiano, tenemos relaciones históricas, una gran identificación, es un pueblo hermano. Estamos rompiendo con la política terrorista que esta practicando el gobierno de Álvaro Uribe, con ese gobierno, con esa política es que estamos rompiendo”.
 
En el mismo sentido se expresó Fidel Castro opinando: “Se escuchan con fuerza en el sur de nuestro continente las trompetas de la guerra, como consecuencia de los planes genocidas del imperio yanqui”.
 
Ahora bien, a contramano de la mayoría de los lideres de la región, lejos de repudiar la invasión del suelo ecuatoriano realizado por las tropas ecuatorianas, el gobierno de los Estados Unidos, a través del vocero adjunto de su Departamento de Estado, Tom Casey, expresó: “Consideramos a las FARC como una organización terrorista –y- apoyamos al gobierno de Colombia en sus esfuerzos por responder a esa amenaza y desafío”.
 
Distensión e incógnitas en Latinoamérica.
 
El pasado 7 de marzo el conjunto de presidentes que integran la OEA, reunidos en Santo Domingo, declararon: “Rechazamos esta violación a la integridad territorial de Ecuador, y por consiguiente reafirmamos el principio de que el territorio de un Estado es inviolable y no puede ser objeto de ocupación militar ni de otras medidas de fuerza tomadas por otro Estado, directa o indirectamente, cualquiera fuera el motivo, aún de manera temporal”.  

Esta declaración sumada al “compromiso de no agredir nunca más a un país hermano y el pedido de perdón –de Uribe a Correa-”, provoco que el primer mandatario ecuatoriano diera “por superado este gravísimo incidente”.

Ahora bien, frente a este episodio que desato tanto una crisis diplomática continental como un posible conflicto bélico entre los diferentes países que – de una u otra manera – se encontraban involucrados,  en toda Latinoamérica son numerosos los movimientos sociales, agrupaciones políticas, intelectuales y ciudadanos que, mas allá de estar de acuerdo o no con el accionar de las FARC, coinciden en preguntarse:
 
¿Desde que “lugar ético” George W. Bush -presidente de los Estados Unidos- vetando un proyecto de ley que el Congreso de su país impulsó para limitar los “métodos de interrogatorio” (entre los que se encuentra la denominada “asfixia simulada”) que utiliza la Agencia Central de Inteligencia (CIA), y creando escenarios de violencia y muerte a lo largo del mundo, puede calificar de terrorista – mas allá de que esta lo sea o no – a una fuerza extranjera?.
 
¿Con qué “moral” el gobierno estadounidense puede sostener que defiende la libertad de los pueblos si, por ejemplo, nada realiza para que las empresas de su país no continúen obteniendo enormes ganancias económicas “gracias” a los millones de hombres y mujeres que, a lo largo del mundo, tienen trabajando en condiciones de “infrahumana esclavitud”, con sus Necesidades Básicas Insatisfechas y con ninguno de sus derechos humanos respetados?.

¿Será que en el “debate ideológico” que existe detrás del “conflicto político” que se desarrolla entre las FARC, Correa, Chávez – y tantos otros –, y los Estados Unidos, Colombia – y sus aliados -, los grandes medios de comunicación (por los intereses económicos que defienden y los financian) influyen para que  la opinión pública tome partido a favor del accionar estadounidense, por ejemplo, haciendo reiterado hincapié en la cantidad de personas que se encuentran detenidas por las FARC;  y, a su vez, rara vez mencionando las numerosas violaciones a los derechos humanos que realizan las tropas norteamericanas (o sus aliadas) sobre las poblaciones que invaden o sobre los prisioneros de guerra que capturan?
 
Y, por último, ¿será que aquellos que a lo largo de las últimas décadas nunca han creído que la palabra es el único camino eficaz para construir la paz, pero si en cambio confían en el poder de destrucción de sus ejércitos para dirimir cualquier conflicto, asesinando a Raúl Reyes –también- intentaron dar muerte al esperanzador proceso de paz que estaba comenzando a gestarse en América Latina con la liberación de prisioneros que unilateralmente habían comenzado a realizar las FARC, para así poder seguir desplegando sus políticas de sangre, dolor y desaparición a lo largo de Latinoamérica?.
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