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Claret y Roma, a propósito de un bicentenario.

Josep Rovira, cmf -
El próximo 23 de este mes de Diciembre 2007 los claretianos celebramos los doscientos años del nacimiento de nuestro Fundador, San Antonio María Claret (Sallent, 23 de Diciembre 1807). Este hecho me ha sugerido hablarles hoy de las tres veces que Claret vino a Roma.



La primera fue en 1839. Había sido ordenado sacerdote el 13 de Junio de 1935 en Solsona (España). Después de una primera experiencia ministerial en su parroquia natal, Sallent, decidió venir a la Ciudad Eterna a ofrecerse al Papa para la misión universal de la Iglesia. El mundillo de su pueblo y la situación político-social le resultaban demasiado pequeños. El mismo dice en su Autobiografía que vino para: “... presentarme a la Congregación de Propaganda Fide para que me mandase a cualquier parte del mundo” (Aut 120). Una vez en Roma –como veremos-, le aconsejaron que era mejor que, en vez de ir solo, entrara en alguna Orden Religiosa que trabajase en misiones. Con esta finalidad pidió entrar en el noviciado de la Compañía de Jesús. No le probó y le aconsejaron que volviera a su tierra. Volvió a España pocos meses después, en 1840.

Al llegar a Roma se dirigió ante todo a la Iglesia y convento de Santa María in Traspontina, de los carmelitas descalzos (Aut 137), muy cerca del Vaticano. El 8 de Octubre, fue al Palacio de Propaganda Fide, que da a la Plaza de España (llamada así por encontrarse allí la Embajada española ante la Santa Sede), con la intención de entrevistarse con el Cardenal Prefecto de Propaganda Fide y ofrecerse para ser destinado a las misiones; pero el Cardenal había salido de Roma (Aut 138). Esta visita infructuosa le abrió el camino hacia la Compañía de Jesús. Parece que fue el 28 de aquel mismo mes cuando fue a visitar al Superior General, P. Juan Felipe Roothan, con la intención de solicitar su ingreso en la Compañía. Unos meses más tarde volvió a entrevistarse con dicho Padre, el cual le aconsejó que dejara el noviciado y regresara a España (Aut 152, 167).

En la calle del Quirinal (residencia actual del Presidente de la República y entonces de los Papas hasta el 1870), junto a la iglesia de San Andrés de Montecavallo, estaba desde 1569 el noviciado jesuita. Allí habían residido San Francisco de Borja, San Luis Gonzaga y San Estanislao de Kostka; San Roberto Belarmino solía retirarse allí a descansar un mes cada verano. En 1839 la comunidad contaba con 121 miembros, de los que 77 eran novicios. Claret estuvo catalogado como uno de los nueve sacerdotes novicios (Aut 141). El 11 de Noviembre, dos días antes de comenzar el noviciado, se le pidió al nuevo postulante que escribiera de su puño y letra en latín, en el libro titulado “Informationes novitiorum S. J.”, un resumen de su vida hasta aquel momento. Comienza con estas palabras: “Ego Antonius Claret...”; es como su primera autobiografía. Sobre sus cualidades y defectos afirma: “... Tengo buena salud, poca estatura y memoria no muy fácil. Soy muy inclinado a los ejercicios espirituales, sobre todo a visitar a los enfermos, oir confesiones y exhortar al pueblo; tanto que en estos ejercicios soy infatigable...”. Vivió esta experiencia de noviciado con grande fervor, pero también con varias pruebas dolorosas: se vió desposeído de su Biblia, obligado a jugar, no le permitieron sustituir a un sacerdote anciano... (Aut 145, 149, 151). De todas maneras guardó con amor el recuerdo de lo que vio en aquella casa (Aut 142ss). Junto a la antigua huerta del noviciado se encuentra la iglesia de San Vitale; ahí bajaban los novicios para dar catequesis y predicar al pueblo. Visitaba también todos los viernes el Hospital de Santiago in Augusta, cerca del noviciado, para atender a los enfermos (había entonces un promedio de 280 enfermos diarios).

El 16 de Febrero de 1840, mientras Claret se encontraba en la enfermería del noviciado jesuita, el P. José Xifré, futuro confundador y Superior General por cuarenta años de los Misioneros Claretianos, recibía la ordenación sacerdotal –no obstante su joven edad (22 años)- en la capilla del Vicariato. Dos vidas que se iban a cruzar muy pronto y para siempre.

La segunda vez que vino por estas tierras –ya arzobispo y confesor real- fue en 1865 para: “... visitar el sepulcro de los gloriosos San Pedro y San Pablo y consultar algunas cosas con el Santo Padre” (Epistolario Claretiano –EC-, III, 500). Efectivamente, el 7 de Noviembre de 1865 llegó al palacio del Quirinal para tener audiencia privada con Pío IX con el fin de consultar al Papa si debía continuar o no como confesor de la Reina Isabel II, una vez que ésta había dado el reconocimiento del Reino de Italia, lo cual significaba la pérdida de los Estados Pontificios (Aut 839). El 24 de Abril de 1869 de nuevo fue recibido ahí en audiencia privada por el Papa el cual, llamándole repetidamente con la típica expresión italiana “Caro mio!”, trató de consolarle de las calumnias y persecuciones sufridas, aunque el arzobispo le dijo que no lo necesitaba porque peor habían tratado al Divino Maestro (EC, II, 1382).

En su segundo y tercer viaje, Claret se hospedó en el llamado Convento de San Adrián, de los Padres Mercedarios (derrumbado en 1931), situado junto al edificio que había sido la sede del Senado de Roma, construido por Julio César y terminado por el emperador Augusto el año 29 antes de Cristo. Allí vivió la última vez con extrema pobreza (ya no recibía nada de la Reina en exilio), redactó numerosas cartas, apuntes, propósitos, revelaciones, su crónica del Concilio y su única obra en italiano: “L’egoismo vinto” (1869), una breve vida de San Pedro Nolasco.

El tercer viaje fue en Marzo de 1869. Venía entonces desde el destierro de París, para estar presente en la celebración de las bodas de oro sacerdotales del Papa Pío IX. Y aquí se quedó hasta la conclusión de los trabajos de la primera (y única) sesión del Concilio Vaticano I, a mediados de Julio de 1870. Hasta ahora es el única santo canonizado de los Padres de aquel Concilio.

El 8 de Diciembre de 1869 se inauguró el Vaticano I. Claret, con sus 62 años, ocupaba el número 40 por antigüedad entre los 679 participantes. Se celebró en la nave derecha del crucero de la Basílica de San Pedro; por eso sobre el altar de aquella parte, el 6 de Diciembre de 1988 se colocó un mosaico con la figura de Claret. Asistió a todas las sesiones del Concilio y a las diversas celebraciones que tuvieron lugar en aquel sitio. Pocas veces estuvo ausente y se debió a problemas de salud. Entre otras cosas, firmó peticiones a favor de la definición de la infalibilidad pontificia, la definición dogmática de la Asunción, a favor del pueblo judío y sobre la usura. El 31 de Mayo de 1870 intervino con un discurso en favor de la infalibilidad pontificia.

Durante aquellos meses de los años 1869 y 1870, visitó frecuentemente el hospital de San Juan de Dios, en la isla Tiberina (pequeña isla formada por el río Tíber cuando atraviesa la ciudad); y también el hospital de Santa María de la Consolación (actualmente cuartel), cerca del Capitolio, donde había muerto apestado San Luis Gonzaga en 1591.

Y Uds., ¿cuándo piensan venir por aquí? Encontrarán una ciudad fundada hace 28 siglos; donde las piedras antiguas lo son de veras, cualquier esquina rezuma historia, arte, fe y cultura, mezcladas con los pequeños percances cotidianos de la gente de a pie..., y donde todo cristiano, más aún, todo hijo de Dios es bienvenido. Donde te tropiezas todos los días con turistas y peregrinos de todo el mundo, devotos y curiosos, sacando fotos y leyendo guías sin prisas... Una ciudad rumorosa, caótica, nerviosa, paciente y gritona, al mismo tiempo; no excesivamente limpia, pero con una “lógica” y “orden” que suele desconcertar a los forasteros, pero que forma parte del carácter romano. Donde por menos de nada tienes que pararte en medio del tráfico porque los coches de la policía con sus sirenas advierten que pasa el Papa, o un Jefe de Estado, un embajador, un político con prisas y privilegios...; o, más sencillamente, te topas con vendedores ambulantes, frailes y monjas de todas las edades, personajes que “trabajan” con horarios especiales, muchos gatos... y (¡evidentemente!) tanta gente normal y corriente que, como en todas partes, intenta ir al trabajo y ganarse el pan. Donde, además, en el ámbito eclesial, puedes hallar desde lo más conservador hasta lo más progresista, desde el clérigo en sotana o riguroso “clergyman” negro y peinado con fijador, hasta el cura en jeans y mangas de camisa; desde el simple monseñor que pretende ser tratado como si fuera cardenal, hasta el famoso profesor de universidad (hoy día cardenal) que a escondidas iba tiempo atrás a lavar los platos y a fregar el piso de una pareja de ancianos que vivían solos... Y otras muchas cosas que, si nos visitan, ya irán viendo, porque hay mucho que ver... En fin, un pueblo síntesis de muchos pueblos, razas y culturas, y que ha tenido una parte no indiferente en la historia de la “humanitas” y del pueblo cristiano. ¡Bienvenidos!

¡Ah!, me olvidaba, y ya desde ahora: Buon Natale!, ¡Feliz Navidad!
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