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Carta de Pascua - 2007

Buenafuente del Sistal -
CARTA DE BUENAFUENTE
Pascua florida, 2007

Querido amigo:

La Pascua de Resurrección nos trae la gran primicia de que Jesucristo, el Crucificado, ha podido a la muerte y está vivo, acontecimiento central de la fe cristiana.

Cabe, no obstante, que ante el anuncio de la mejor noticia, uno esté con nostalgia del sentimiento luminoso, del tiempo consolador, de la belleza del encuentro de la mañana de Pascua, cuando se siente la presencia amorosa, la mirada de luz de Jesucristo.

Ante la oscuridad, es buena la táctica de recordar los momentos en los que la gracia te dejó gustar el abrazo que envuelve íntimamente y remece el alma de experiencia amorosa; por él se alejan la crudeza de toda intemperie, el dolor de la orfandad o del desamor y la tentación de la desesperanza por la obstinada conciencia de fragilidad.

Es posible que la atonía se deba a la propia infidelidad o quizá sea el precio del progreso en el camino y de la madurez espiritual. Mas a pesar de toda posible nostalgia, la Pascua del Señor tiene poder para derribar el muro de nuestro subjetivismo por la noticia cierta, permanente, segura de que Jesucristo ha vencido a la muerte y al pecado. La Palabra de Dios, que es verdad y hace lo que dice, confirma la realidad de la Resurrección y además promete la presencia viva del Resucitado como compañero en el camino de la existencia.

Si en la percepción afectiva de la Pascua cabe la insensibilidad emocional, la fe afianza la objetividad del acontecimiento, que permanece como referencia consoladora, porque el amor de Dios, manifestado en su Hijo muerto en la cruz, ha sellado la alianza perpetua, por la que se nos ofrece el perdón de los pecados, la filiación divina y la herencia del Hijo amado de Dios.

Lo más cierto de este mundo, desde la fe, es el amor de Dios por la humanidad, su elección de entregarse enteramente por cada uno de los seres humanos, por mí y por ti, en su Hijo.

Ante el mensaje de la Resurrección de Jesús, el sentimiento cede su protagonismo y, si se instala la tentación de la increencia, o el sufrimiento por la ausencia afectiva, cabe pronunciar la confesión más amorosa y creyente, la que ni siquiera está sostenida por la percepción sensible, sino por la fe: “Señor mío y Dios mío”.

¡Qué bueno es abandonar toda especulación y dejar que en la hondura, el corazón murmure la renovación de la pertenencia al que es el único Señor! “Creo en Jesucristo, Hijo de Dios vivo, resucitado de entre los muertos”. Y al confesarlo, es posible que la habitación cerrada en la que uno se había secuestrado, de pronto, se abra y se llene de luz al dar fe a la noticia: ¡Es verdad, ha resucitado el Señor, en verdad ha resucitado!

¡Feliz Pascua!
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