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CARTA DE BUENFUENTE

Angel Moreno -
Queridos Amigos de Buenafuente: \'\'En estos momentos en los que, por causa del terrible incendio que ha asolado los términos de algunos de los pueblos vecinos, hemos percibido vuestro amor, recuerdo y oración, pues desde todos los rincones nos ha llegado vuestro testimonio -desde lejos: Polonia, Inglaterra, Portugal, Alemania, Rusia, y también desde más cerca-, deseamos daros las gracias y compartir con vosotros los sentimientos que nos desbordan. Nos sentimos a la vez que huérfanos por la pérdida de tantas vidas humanas, las personas que han muerto en el trabajo de extinción, y por las 14.000 hectáreas de pinar calcinadas, con experiencia de salvación. En estos días hemos rezado las oraciones que la Liturgia ofrece para tiempos de inclemencia y catástrofes, la rogativa secular al Cristo de la Salud, hemos pedido el auxilio de la misericordia de Dios, el descanso en paz para los fallecidos, el consuelo para sus familias y amigos, y rogamos por las gentes de esta tierra, desde ahora más empobrecida y desértica. La Palabra de Dios ha sido como vaso de agua en momento de sed, lluvia en tiempo de sequía, mano tendida en experiencia de impotencia, nube en hora de bochorno. Los relatos de la salida de la esclavitud de Egipto, la escena de los carros, caballos y caballeros arrojados en el mar, nos resonaba doblemente, al ver cómo la fuerza y el poder totales no están en los medios humanos. Nos abríamos a la confianza, al Dios que conduce, protege y salva a los débiles. “El Señor reconstruye Jerusalén, reúne a los deportados de Israel; el sana a los corazones destrozados, venda sus heridas” (Sal 146). “Lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno” (II Co 4, 18). “A pesar de todo, poseemos esta luz en nuestro corazón y brilla en lo íntimo de nuestro ser; porque nadie puede subsistir, si tú escondes tu rostro” (San Ambrosio). Cuando parece que se ha apagado el fuego, he querido salir en noche de plenilunio a saludar emocionado a los árboles que han quedado a salvo. En Buenafuente no ha habido ninguna pérdida, aunque hemos corrido grave riesgo. He levantado mis brazos al cielo como bendición y gratitud, pero al dar gracias por seguir contemplando el mismo paisaje, siento pudor ante tanto sufrimiento y vacío en toda la comarca. Sus gentes al volver se han encontrado con un paisaje lunar, rodeados de cenizas, negrura, humo y muerte. En este momento, al palpar la fragilidad e impotencia, afloran la solidaridad, el respeto a la naturaleza y la sensibilidad religiosa. Desde la fe quiero pronunciar, como Francisco de Asís: “Por el hermano fuego, la hermana madre tierra, la hermana muerte, loado mi Señor”, con la seguridad de que Dios no dejará de amarnos. Un fuerte abrazo
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