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Carta de Buenafuente Pentecostés 2009

Angel Moreno -
Querido “Amigo de Buenafuente”:

Con motivo del Año Paulino y del VIII centenario de la primera regla franciscana, hemos tenido el privilegio de peregrinar, en la semana de Pascua, por las huellas de San Pedro y San Pablo, y tras las que dejaron San Francisco de Asís y Santa Clara, además de las de otros muchos santos.
Hemos visto los vestigios de la casa de los apóstoles en Roma, el sitio donde estuvieron encarcelados, donde fueron martirizados, y hemos venerado sus sepulcros, al tiempo de profesar la fe y celebrar la Eucaristía en los lugares más acreditados de la historia de los primeros cristianos.

Visitar los lugares donde tuvo origen la difusión de la Iglesia y hacerse más consciente de la ofrenda martirial de tantos seguidores del Evangelio causa siempre renovación interior, al tiempo de darnos ocasión para sentir la fuerza del valor de tantos que ofrecieron sus vidas como mejor testimonio de fe.

No se puede comprender la historia de los mártires ni la de los mejores hijos de la Iglesia sin el don del Espíritu Santo. Él es quien infunde la fortaleza, la alegría de ser testigos de Cristo y de compartir sus padecimientos.

El Espíritu concede la fuerza en la debilidad, ora en nosotros, pone palabras de sabiduría en nuestros labios a la hora de defender la fe, nos mueve a la comunión y coincidencia de los ánimos. Como lo hizo en los tiempos apostólicos, el Espíritu nos deja gustar el consuelo y la paz cuando realizamos las obras de Dios y llevamos a término su voluntad.

El Espíritu nos  hace conocer la fascinación por la belleza, no sólo la que contiene la creación, toda obra de arte y la bondad humana, sino sobre todo la belleza de la verdad de Cristo, de su rostro resucitado y reflejado de manera invisible en todo lo creado, en todo lo que participa de la fuerza de la Palabra, que lo sostiene todo.

El Espíritu Santo nos sugiere con voz interior, perceptible en la conciencia, el seguimiento radical de Cristo, la relación de amistad con Él, el ejercicio de la caridad, la lectura de todo acontecimiento desde la Palabra de Dios, la valentía del testimonio.

Descubrimos la prueba de la intervención del Espíritu en la historia al mirar a muchos hombres y mujeres que han sido fieles al don de la santidad de vida. Y cuando nos acercamos a los lugares donde  sucedieron los acontecimientos más emblemáticos del cristianismo primero, se nos transmiten los impulsos del mismo Espíritu, que nos mueve a ser cada uno, según el propio don, reflejo de la santidad divina.

Espíritu Santo, ven, y derrama tu fuerza recreadora, que haga en nosotros y de nosotros testigos del Evangelio, a la manera de los discípulos de Jesús.

Feliz Pascua de Pentecostés
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