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Carta de Buenafuente, Pentecostés 2008

Angel Moreno -
La liturgia del día de Resurrección, como regalo pascual, ofrecía la lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses (Col 3, 1-6). En ella se encuentra la expresión: Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3, 3). Estas palabras me despertaron en la memoria otros textos, que me hicieron comprender mejor la expresión paulina.

Dice el Evangelio de San Juan: “Sabiendo Jesús que venía de Dios y que a Dios volvía” (Jn 13, 3), y en otro pasaje: “La Palabra estaba con Dios, en el principio la Palabra estaba junto a Dios” (Jn 1, 1-2), y también : “A Dios nadie lo ha visto jamás, el Hijo único, que está metido en los pechos del Padre, nos lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18).

Jesús es el Hijo de Dios, manifestación suprema del amor divino entrañable. Él tiene la experiencia filial de haber vivido en el seno del Padre, cobijado, acogido, amado, guardado en la intimidad del Padre. No como refugio, sino como experiencia de amor y de pertenencia, esencia de su identidad. Él es el Hijo Amado.

El profeta Isaías escribió sobre el Siervo de Yahvé: “Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó, en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre, me escondió en la sombra de su mano, me guardó en su aljaba....” (Isa 49, 1-3). Ahora comprendemos hasta qué extremo nos ha amado Jesucristo, no sólo por redimirnos, al entregarse por nosotros en la Cruz, sino por llevarnos consigo al recinto amoroso donde Él ha experimentado todo el amor de Dios, su Padre.

En la carne gloriosa de Jesucristo, el mismo que nació de Santa María, va nuestra naturaleza humana, y al resucitar el primogénito de los hombres, en su carne va la nuestra. En Dios está nuestra naturaleza, metida en el seno, en las entrañas, en los pechos del Padre, como el Hijo Amado.

Nuestra vocación ha sido consumada. Hemos sido hechos por amor, para amar y estamos necesitados de amor. Nuestra vida, cobijada en las entrañas de Dios, goza del techo, de la mesa y del hogar más afirmativos y personalizadores, estamos con Cristo en Dios. No es posible una relación mayor.

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. No sólo hemos sido llevados al seno de Dios, sino que somos habitados por su amor. El Espíritu que ungió al Hijo Amado, es el mismo Espíritu que nos habita, a la vez que nos entraña en Dios. Es difícil comprender hasta qué extremo somos envueltos, abrazados, sostenidos, habitados por el Amor de Dios. La Palabra nos lo asegura, más allá de nuestro sentimiento. El salmista llega a describir: “Tú me sondeas y me conoces. Me envuelves por detrás y por delante....”(Sal 138, 1. 5)

Si dejamos que las expresiones bíblicas resuenen en nuestro corazón, comenzaremos a respirar al ritmo del latido del corazón de Dios, por impulso del Espíritu Santo. Jesucristo, por esta conciencia de saberse amado, llegó a la donación total de sí mismo, sabiendo que no quedaría confundido (Isa 50, 7). “Amor saca amor”, dirá Santa Teresa. Al sentirnos amados, seguro que desbordaremos el distintivo cristiano: “¡Mirad cómo se aman!” Y seremos, en este hora de tanta violencia, una teofanía, manifestación del don del Espíritu Santo. Créelo y verás que es verdad.

Feliz Pascua de Pentecostés, que el Espíritu Santo nos deje, a la vez, gustar el amor divino que nos habita y ser testigos suyos.




Curso teórico-práctico de Lectio Divina 2008
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