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CARTA DE BUENAFUENTE: Pascua de Resurrección 2006

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El día de la Encarnación, he tenido el privilegio de asistir en Roma a la Eucaristía presidida por el Papa; de su homilía, se me han quedado en la memoria las palabras:

 “El ángel, entrando donde estaba Ella, no la llama con el nombre terreno, María, sino con su nombre divino, así como Dios la vio siempre y la califica: «llena de gracia», «gratia plena», que en el original griego es «kejaritoméne», «amada».

Es un título expresado en forma pasiva, pero esta «pasividad» de María, desde siempre y para siempre la convierte en la «amada» del Señor, quien responde: «Aquí estoy... hágase en mí según tu palabra». Ella es discípula perfecta de su Hijo”.

En la mañana de Pascua, Jesús se da a conocer a la mujer cuando pronuncia su nombre: “María”. Ella, al oírlo, exclama. “¡Maestro!” Sólo cuando escuchamos el nombre con el que Dios nos pronuncia y nos conoce, nos hacemos conscientes de nuestra identidad y de la presencia divina que está junto a nosotros, en nosotros.

Cuando buscamos al Señor, aunque sea sin saberlo, Él se nos muestra. “Dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré»”. En otra ocasión, se dirige a los discípulos: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?». El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor».

En un momento u otro de nuestra vida, Jesús nos sitúa frente a la pregunta esencial, de la que depende nuestra adhesión a Él, a la vez que el conocimiento de nuestra vocación e identidad: «¿Quién decís vosotros que soy yo?» Simón toma la palabra y responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Entonces Jesús le responde: «Tú eres Pedro».

Fue al final del tiempo pascual, cuando Jesús, después de comer, mirando a Simón le preguntó: “Simón, hijo de Juan: ¿Me amas más que estos?” Pedro o no entendió la pregunta o al responder sintió pudor. El Maestro se le declaraba con el amor más grande, el amor de ágape, pero el discípulo sólo se atrevió a responder con el amor de amistad. En la pregunta se le estaba declarando el amor mayor. Recuerdo las palabras del evangelio: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos”. Pedro estaba siendo ungido con el amor divino, que le constituyó en el Pastor cabeza de sus hermanos, y respondió desde el amor humano.

Cabe la pregunta: ¿Con qué nombre reconoces a Jesús? ¿Con qué nombre te sientes llamado y amado por Él? Tomás, después de sus dudas y miedos, acabó proclamando: «Señor mío y Dios mío», y para siempre quedó configurado como el discípulo “mellizo de su Maestro”, porque quiso correr su misma suerte. Si te atreves a reconocer a Cristo resucitado como a tu único Dios y Señor, descubrirás en ti la presencia de quien te llama por un nombre secreto, colmado de predilección, y te llenarás de alegría, al saberte en la mirada del amor divino.

Feliz Pascua.
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