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Carta de Buenafuente Pascua de Resurrección, 2005 Hoy es Pascua

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Querido Amigo de Buenafuente: Con motivo de la Pascua comparto contigo la oración que le dirijo al Señor. Señor, aunque puede parecer presuntuoso, me proyecto en tu apóstol Tomás. Hoy, muy temprano, me ha llegado la noticia de que no estás encerrado en el sepulcro y me he quedado sorprendido. Siempre impresiona lo que se refiere a los muertos. Al poco tiempo, entrado ya el día, me vuelven a decir de visiones de ángeles que aseguran que estás vivo. Y ya sabes cuál es la reacción primera ante supuestos mensajes celestiales extraordinarios. Perdona mi reacción desconfiada. ¡Han sido tantas las veces que me he dejado llevar por mis sentimientos afectivos, por las proyecciones de mis deseos, querehúso, por miedo a engañarme, a dar de nuevo fe a lo que más necesito! ¡Me he ilusionado tantas veces, creyendo en cada Pascua que, por tu resurrección, iba a cambiar enteramente mi vida, que iba a comenzar a ser radicalmente de los tuyos y a convertirme en testigo de tu victoria sobre la muerte! Al verme tan menesteroso, me entra recelo no tanto de que no sea verdad lo que me dicen de ti, sino de si sabré acogerte como es debido. Entretanto, pasa el tiempo, y me entretengo dando vueltas a los datos que recibo y leo de tus apariciones. A medida que pasan las horas, se confirma la noticia. Han venido los que fueron al sepulcro y aseguran que, aquello que dijeron al alba las mujeres es verdad, y el discípulo fiel ha dado fe de que estás vivo. Dicen que en pleno día has sorprendido al grupo de los apóstoles apareciéndote en medio de ellos, mostrando las heridas de tu pasión y concediéndoles como regalo de Pascua el don de tu Espíritu y el poder de perdonar los pecados. Te has empeñado en convencerme. Al final de la jornada, se oye que han llegado doscorriendo,y se han sumado al grupo de los tuyos. No caben en sí de gozo, y en todos es una explosión el Aleluya. Están seguros de tu Resurrección. Mas yo sigo pensando que esto ya lo he vivido otras veces, y tengo miedo de engañarme,con lo que aumentaría mi herida crónica. Ya me ha sucedido antes. Me abrí a tu misericordia creyendo que todo iba a ser distinto, que todo iba a cambiar de una vez para siempre, y al final, te ofrezco mi pertinaz resistencia, por no decir escepticismo, por más que estoy deseando que sea verdad en mí la gozosa y radiante noticia de que estás vivo y de que perdonas la incredulidad y todos los pecados. Y cuando, obstinado en mis razonamientos, intento justificarme, me derrotas presentándome en tu mano herida la señal compañera de mi sentimiento dolorido. No me quedan argumentos: “Señor mío y Dios mío”. ¡Quiero comenzar de nuevo!
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