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Carta de Buenafuente Navidad 2008

Angelo Moreno -
Querido Amigo de Buenafuente:

    Cada vez que vuelvo a Tierra Santa, celebro de forma muy viva el acontecimiento histórico del nacimiento de Jesús. Este año, al visitar las fuentes del Jordán, me ha resonado de manera especial la expresión bíblica: “La cosa comenzó en Galilea”. La vivencia de Nazaret y Belén se despierta con más fuerza en Navidad.

En Nazaret, ciudad de Galilea, lugar donde la Palabra se hizo carne, espacio cálido donde aún resuena la respuesta que hizo posible la Encarnación, “Hágase en mí”, seno entrañable donde se sigue escuchando el anuncio que reveló la mayor posibilidad humana, porque Dios se hace hombre, se reconcilia la creación y la humanidad se diviniza.

En Belén, a María, la Nazarena, se le cumplieron los días y dio a luz a su hijo Primogénito, el primero en todo, el modelo de humanidad, la revelación perfecta de lo que es ser humano para el Creador, en quien se deben fijar nuestros ojos. Ante este misterio surge el embeleso, sin palabras. ¡No hace falta vocear lo que estremece!

El nacido de mujer, Jesucristo, nos desvela el amor de Dios, don transfigurador de toda la realidad. Por el feliz alumbramiento de María, que dio al mundo al Hijo de Dios, la historia avanza hacia el bien, y los hombres de buena voluntad, a la manera de los pastores de la primera Nochebuena, se convierten en los profetas que, aun en medio de la noche, anuncian al mundo la dirección hacia una meta luminosa: “Vamos a Belén a ver lo que nos han dicho. Y se volvieron dando gloria a Dios”.

La Navidad impide que prevalezcan en el corazón del creyente la intrascendencia, el vacío, la desesperanza, la tristeza. Para siempre el acontecimiento que manifiesta el amor divino será ofrecimiento liberador y alegre, aunque quede a veces velado por los intereses y especulaciones de los poderosos.

La Palabra de Dios cumple su encargo, es fiel, transmite vida. A quienes la reciben les da poder para ser hijos de Dios. Los que la escuchan construyen su casa sobre roca, y aunque vengan los mayores vendavales, no se les hunde, sino que llega a hospedar a los que, en su precariedad, buscan una referencia esperanzadora.

El cristiano, por la fe en el nacimiento de Jesús, Dios hecho hombre, es capaz de  superar la inclemencia, y en el límite de la experiencia de fragilidad y de soledad, el Emmanuel le acompaña en secreto, y le da valor, confianza, serenidad, alegría, entrega, aun en medio de la adversidad. Vivimos unos momentos en los que se nos ofrece la ocasión más propicia para testificar y anunciar a la sociedad la bondad de Dios, que ha aparecido entre nosotros: Jesucristo.

Feliz Navidad
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