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Carta de Buenafuente Mayo, 2008

Angel Moreno -

Este año, el final de la cuarentena pascual coincide con el primer día del mes de mayo, tiempo en el que tanto el texto bíblico, como la liturgia y la piedad popular relacionan especialmente con la Madre de Jesús.

En el día de la Ascensión de Jesucristo a los cielos resuenan sus palabras: «Mirad, voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte, permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto» (Lc 44, 49).

María, en obediencia a su Hijo, permanece orante en el cenáculo, reunida con los discípulos, a la espera de Pentecostés. Por la expectación de la promesa del Resucitado, podríamos llamar al tiempo que va desde la Ascensión a Pentecostés “Adviento pascual”, y en este tramo de espera, la Madre de la Iglesia nos reúne en intensa plegaria: “¡Ven, Espíritu Santo!”

La Virgen, llenada de gracia, en la que actuó de forma especial el Espíritu de Dios, nos acompaña en esta etapa cumbre del año litúrgico. Ella es la mujer eucarística, y reunida con los apóstoles en el lugar de la Cena Santa, nos indica dónde rogar al Padre para que nos haga testigos del don de su Amor, prometido por Jesús.

El Pueblo de Dios, por la sabiduría que le concede el mismo Espíritu, una vez que desaparece el Redentor de la vista de los suyos, ha sabido poner sus ojos en la mediación entrañable de María, abogada y consoladora.

La oración más recia, más auténtica y más necesitada es la que solicita la voluntad de Dios. Sabemos que es voluntad suya asistirnos con el acompañamiento permanente y amigo de su Espíritu; así nos lo ha desvelado Jesucristo. Tanto en el trayecto que culmina en la cincuentena pascual, como a lo largo de la andadura, por el camino de la existencia, una oración eficaz es pedir los dones de sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios.

A diferencia del Adviento litúrgico, que se celebra antes de Navidad, en el que la Iglesia nos invita a esperar todo de la venida del Señor, ahora la promesa es a costa de un despojo, de ahí el carácter pascual –“Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo” (Jn 14, 28). Ya no veremos más en nuestro mundo el rostro de Cristo, hasta su retorno glorioso, pero el Abogado y Paráclito que se nos promete tiene fuerza para hacernos caminar en la presencia y compañía más cierta y segura, la que habita dentro de nosotros, a pesar de nuestra posible insensibilidad.

María nos enseña la espiritualidad de los fuertes, de los que no se quedan en la nostalgia, ni en la mirada hacia atrás. Porque Jesús cumple su promesa de venir con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Tengo como experiencia personal detalles incontables, en los que, desde la fe, he percibido la providencia compañera, que salva, consuela, fortalece, concede paciencia, consolida la esperanza y deja gustar la gratuidad de la misericordia, hasta poder decir, sin inventarlo: En el extremo de la debilidad, se experimenta el poder de Dios. En el momento de “comer el último trozo de pan”, se descubre que no se agota la artesa. En la experiencia dolorosa del pecado, se celebra el don del perdón divino, gracias a la asistencia del Espíritu de Dios.

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