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Carta de Buenafuente diciembre, 2008

Monasterio Buenafuente del Sistal (Guadalajara) -
Queridos amigos:

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte…” (Benedictus)

    Sombras de muerte que envuelven nuestra tierra; provocadas unas por la naturaleza, ante la devastación y destrucción, y otras por el corazón endurecido del hombre que mata, roba, calumnia, viola…, para ser sólo él y nadie más que él.

Sombra de muerte que planea en la vida de los que aún no han nacido, en los ancianos y discapacitados, porque hay mujeres y hombres dispuestos a arrebatarles el regalo de la vida. Y todo eso porque nos falta Dios.

Como dice Juan Manuel de Prada: “Nuestra época ha expulsado a Dios de su seno; y nada más natural que, cuando Dios ha sido extirpado de nuestras almas, el alma se nos caiga a los zancajos, en estos días en los que vuelve a nacer Dios. Despojados de Dios, el hombre no puede hacer las cosas  propias de su naturaleza, que son cosas divinas…”

Pero hermanos, si hay mujeres y hombres que han decidido quitar a Dios de en medio, de su propia vida, también hay hombres y mujeres que queremos, que anhelamos dar a conocer a ese Dios lleno de misericordia y de esperanza, ese Dios que llena nuestra vida y la plenifíca; ese Dios que despuntará como Sol naciente, si abrimos nuestros corazones a su Amor. Esa Luz que llega al corazón del hombre aun sin saberlo, pero que sólo el que le hace un hueco se inunda de ella; esa Luz es la que quiere habitar en nuestra tierra, en nuestros corazones.

De esa Luz ya estará gozando nuestro hermano y amigo José Luis G. Perales: amante del color, de la luz, del arte, de lo sencillo, de lo cotidiano, un gran enamorado de Dios; quien en sus obras, en su vida, en sus palabras expresó esa fuerza que viene de lo alto, esa Luz que lo invade todo y lo transforma todo. ¡Gracias, José Luis!

Hermanos, que la alegría del nuevo nacimiento de Jesús sea cada vez más grande en nuestras vidas, que no nos cansemos de vivir la vida como regalo de Dios y enseñemos -en estos días, más si cabe- que la Navidad sin Dios no es Navidad, que sólo viviendo en Dios y desde Dios, el hombre encuentra la felicidad plena, e incluso el dolor y el sufrimiento reciben una fuerza renovada.
Abrámonos una vez más al Dios hecho Niño que viene a nuestros corazones y dejémosle vivir  en el.
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