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Carta de Buenafuente Abril, 2008

Angel Moreno -
Querido amigo:

Te escribo desde Colonia, Alemania, el día en que se celebra la Encarnación del Señor. Hace veinticinco años, en esta tierra, tuve el encuentro, en una pequeña ermita, con la imagen de la Virgen, que después fue motivo para restaurar la ermita de Nuestra Señora de los Santos, de Buenafuente. Desde entonces, tengo la certeza de que no camino solo. Aquel día, en lo más denso del bosque, aun estando nevado, encontré una lámpara encendida y unas flores frescas junto al icono de la Madre de Dios, y esta experiencia me llevó a la seguridad de que el ser humano busca la mirada entrañable y siente la protección divina a través de la Madre de Jesús.

Cuando se está lejos de casa, en un país en el que el idioma nos resulta difícil, se comprende mejor que la oración es hablar la lengua materna. Estés donde estés, puedes expresar el sentimiento más íntimo sin la barrera del lenguaje, y sabes que eres escuchado y comprendido. Hay que vivir la soledad histórica, el desarraigo humano, la migración forzosa, para comprender hasta qué extremo la oración se convierte en la patria del corazón creyente, en la tierra firme, en el hogar del alma.

El ser humano necesita relación, está hecho esencialmente para la relación. Cuando las circunstancias le llevan a la experiencia de soledad y aislamiento, sea físico o interior, en que se siente desconocido y anónimo, si acierta a romper el cerco -real o subjetivo-, que le confina y decide hablar con Dios, todo él se armoniza y recupera la conciencia de su individualidad personal, acogida y afirmada en el trato y conversación más existencial y trascendente. La oración es el privilegio de la fe, la posibilidad de saberse acompañado, no importa la latitud y el extremo por los que se camina.

La oración en la prueba es la posibilidad de resistir la tentación de la desesperanza. Detiene los pies ante el abismo del sinsentido. El grito de Jesucristo en Getsemaní y en lo alto de la cruz, le reafirmaron en su conciencia filial: “¡Abbà! ¡Padre!” Las lágrimas de María Magdalena, su búsqueda y su pregunta en el jardín de Arimatea, le devolvieron la experiencia de abrazar a su Maestro, su pertenencia a Él.

 En las escenas de Pascua tenemos las dos realidades: por un lado la soledad, el llanto, la desesperanza, el desánimo, la tentación de la mala memoria, y por el otro, las expresiones más afirmativas: ¡Rabbonì! ¡Maestro! ¡Señor mío y Dios mío! ¡Es el Señor! Encontramos la clave para esta paradoja en la conversación que los discípulos mantuvieron con Jesucristo, que es la oración, por la que recuperaron la fe en Él.

NOTA: El 1 de abril, primer martes, en Madrid, Encuentro de oración, 19,00h, C/Príncipe de Vergara 88.
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