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Carta de Adviento 07'

Monasterio Buenafuente del Sistal (Guadalajara) -
En este tiempo, se nos llama a la esperanza. Cabe que ante tal invitación nos sobrevengan inmediatamente razones suficientes de escepticismo por las noticias violentas exteriores, por las dificultades domésticas y sobre todo por la experiencia íntima, en la que se perciben la debilidad constante y hasta la quiebra.

Una posibilidad de alentarnos en clave esperanzadora es saber mirar la realidad desde una dimensión trascendente y encontrar en todo el sello de la bondad que encierra cada ser, de modo que a pesar de que los acontecimientos nos impongan razones depresivas, la iluminación de la fe pueda más que el abismo de la desesperanza.

Además de esa dimensión teologal, que funda la esperanza en Dios -el Papa Benedicto nos lo ha confirmado en su segunda encíclica, “Salvados en esperanza”-, por la certeza creyente podemos abrirnos a la semilla de luz que cada día nos acontece en medio de otras cizañas.

Habíamos llegado a la iglesia del Primado, junto al Lago de Galilea. Deseábamos rezar en un lugar tranquilo, como lo hacía Jesús. Pregunté al P. Franciscano, y me orientó hacia la orilla. Cuando fui a hacer la descubierta del sitio, me salieron unos animales desconocidos que me impusieron respeto, parecidos a roedores muy grandes. Me volví y le expliqué al fraile que no me parecía adecuado llevar al grupo allí, porque podrían aparecer esos animales y asustar un poco. Entonces, con sonrisa franciscana, el padre me señaló el salmo 104 [103], 18, que dice: Los altos montes, para los rebecos, para los damanes, el cobijo de las rocas. Eran damanes entre las rocas, junto al Lago de Tiberíades, y comprendí que Dios tiene cuidado de todas sus criaturas.

Había atravesado todos los controles y chequeos que imponen las normas de seguridad en el aeropuerto de Tel Aviv; tiempo duro, molesto, más aún si se debe abrir el equipaje, se tiene dificultad en el control policial o en la expedición del billete, circunstancias que se repiten con bastante frecuencia y que se asumen como ofrenda por el gran deseo de visitar la Tierra de Jesús o por agradecimiento al viaje ya realizado. En esas ocasiones se siente soledad, nadie puede responder por uno, tienta el abandono. Superada la prueba, siempre áspera, quise sofocar el gusto a intemperie acercándome a la cafetería, pero al pedir agua y café, el precio era mayor que la cantidad de moneda israelí que me quedaba. En ese momento, un pasajero desconocido, muy alto y fuerte, pagó lo que me faltaba. No sé quién fue, no lo volví a ver más. Y recordé en ese momento cómo Dios proveyó a su pueblo en el desierto.

Se nos invita en este tiempo a descubrir que Dios nos acompaña. Los pájaros y los lirios gozan de la providencia, a nosotros nos ama el Creador, que por amor se hace hombre y comparte nuestro camino.

El salmista invita a fundar la esperanza en Dios: Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor (Sal 27 [26], 14), y desde esta confianza, que da la fe, es posible percibir el gesto amigo, la parábola  transformadora que deja gustar la salvación de manera anticipada.

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*NOTA: El encuentro de oración de diciembre, en Madrid, el día 18, C/ Príncipe de Vergara 88, a partir de las 19,00h.
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