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Carta Buenafuente - Navidad 2006

Monasterio Buenafuente del Sistal (Guadalajara) -

   

Un silencio en calma lo envuelve todo. En medio de la noche, la Palabra de Dios viene al mundo y se hace carne. Ante el cielo y la tierra como testigos, una Virgen da a luz al Salvador de todos los hombres. Te adoro, Señor mío y Dios mío, en toda circunstancia, porque Tú, desde esta noche santa, por haber asumido mi naturaleza, has convertido todo lo que me acontece en Historia de Salvación.

Querido amigo, como el ángel a los pastores, como el discípulo Andrés a su hermano Pedro, como Felipe a Natanael, como la Samaritana a sus vecinos, como el discípulo amado a Simón, como las mujeres en la mañana de Pascua, con alegría y sobrecogimiento, sin poder contener la noticia, te anuncio: “¡Hemos encontrado al Mesías, que significa Cristo! ¡Venid, vayamos a Belén a ver lo que ha sucedido! ¡Venid y lo veréis, es el Señor! ¡Venid y adorémosle!”

Si tu soledad te impide experimentar esta Buena Noticia, no te hagas daño permaneciendo ensimismado, sal de ti, da crédito a lo que cantan los ángeles, proclaman los pastores, adoran los reyes, reconocen los hombres y mujeres de buena voluntad: ¡Es verdad, nos ha nacido un Niño, un Hijo se nos ha dado, es el Príncipe de la Paz!

Si en tu caso se te imponen noticias más adversas, si tu carne experimenta el dolor y si entre los tuyos se aposenta el sufrimiento, te confirmo que María, la madre de Jesús, está con el Niño en los brazos, lo envuelve en pañales y lo recuesta en el pesebre. Es muy difícil no olvidarse de sí mismo viendo la ternura, el amor, la sonrisa y el llanto de un niño. Siempre los niños producen esperanza. “Ven y verás”. “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”

Si eres tú mismo quien en lo más hondo siente apatía, insensibilidad, y ya nada te conmueve, porque incluso cuando percibes alguna emoción desconfías de ella por el recuerdo de otros momentos en los que, esperanzado, te abriste a la novedad, y después todo siguió igual, entra en la cueva, entra en las entrañas de la tierra, entra más adentro de ti mismo. Aunque no lo creas, aunque no lo sientas, aunque no lo veas, desde el momento en que nació el Hijo de Dios del seno de María, tu carne es igual que la que asumió el Verbo eterno. No puedes estar destinado a la corrupción si has sido llamado a ser sacramento de tan gran misterio, Dios hecho hombre, para que todo hombre se abra a la eternidad de Dios. “Éste es el Hombre”.

Los pastores saltaron de alegría, los reyes le llevaron sus dones, los discípulos lo siguieron, Natanael lo confesó Hijo de Dios, los samaritanos fueron ellos mismos testigos, el apóstol apela a su experiencia más inmediata: “Lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que hemos palpado, el Verbo de la Vida, os lo anunciamos”. Pedro se postró y lo adoró, sintiéndose pecador.

¡Ojalá me digas: “Ya no creo porque tú me lo dices, yo lo he visto y doy testimonio de que en Belén de Judá ha nacido el Salvador del mundo, el Emmanuel, Dios con nosotros, causa de esperanza y alegría para todo el mundo”.

¡Feliz Navidad!

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