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Carta abierta a Benedicto XVI pidiendo un 'Dicasterio de la Esperanza'

Josep Rovira, cmf -
Estimado hermano y pastor en Cristo:

    “Grüss Gott!”, como decís en tu tierra cuando os encontráis (equivalente a nuestro “¡Dios te guarde!”). Perdona mi atrevimiento si me atrevo a escribirte sobre lo que he visto por los barrios de nuestra comunidad cristiana. Aprovechando los pasados días de Navidad he leído tu encíclica sobre la esperanza, “Spe Salvi”. Dado el tema, he tratado de ensimismarme en algunos de nuestros hermanos que la habrán tal vez leído o al menos oído hablar de ella al párroco o a un sacerdote cualquiera durante la homilía de la Misa de una de estas últimas semanas.

He pensado en la anciana que lleva un rosario siempre entre los dedos, gastado de tanto rezar por sus hijos y nietos; en el niño que ha esperado la Navidad para ver qué le iban a traer los Reyes Magos; en el muchacho o la muchacha recién enamorados; en el joven o la joven que pide a Santa Rita (patrona de los casos desesperados) que le ayude a encontrar trabajo para poder colocarse y formar finalmente una familia estable; en el padre que no sabe cómo llegar a final de mes con el salario que le dan; en la madre que se pasa el día “batallando” con los nervios de sus críos pequeños y la duda de si su hijo adolescente se droga; en el sacerdote que ve cómo disminuyen día tras día el número de fieles que van a Misa y desaparecen casi todos los adolescentes que venían a la catequesis, una vez recibido el Sacramento de la Confirmación; en la religiosa sumergida en el mundo inacabable de enfermos a los que dedica sus desvelos maternos; en el misionero que ha dejado su pueblo y su cultura para ir a anunciar el Evangelio a unas gentes que demuestran pocas ganas de convertirse y sí muchas de cambiar de televisor o tener un teléfono móbil plurivalente, o simplemente un puñado de arroz o un mendrugo de pan y un vaso de agua potable para seguir adelante; en el enfermo que, aunque nadie se atreva a decírselo claramente, ha entendido ya que tiene un mal incurable; en el intelectual sofisticado que ha reaccionado a la noticia de tu encíclica con una sonrisa de autosuficiencia; en el político que espera ganar las próximas elecciones y asegurarse así la fama y un puesto rediticio...  Son solamente algunos de los infinitos ejemplos de hermanos nuestros que suspiran a su manera (¡también en Roma!, como en otras partes) por algo de eso que llamamos “esperanza”. Algunos podrán parecer reductivos, de horizonte pequeño, incluso mezquinos; pero eso es lo que hay en “la viña del Señor”.

En nuestro mundo hay una inmensa sed de esperanza, cada uno a su modo y dentro de sus coordinadas; incluso el suicida es víctima de la esperanza (una esperanza desesperanzada). Estoy cierto de que también tú esperas: que tu encíclica sea útil y no haya quien la juzgue simplemente un desahogo académico o un modo de llenar las páginas de “L’Osservatore Romano”...

¿Te puedo decir lo que yo esperaba, cuando supe que la ibas a publicar? Pues, muy sencillo: que fuera fácil de leer y que me infundiera esperanza también a mí. Te confieso que alguna que otra  página no me ha sido fácil, y me temo que algo parecido haya sucedido a una parte de nuestros hermanos que la hayan leído. Te confieso, además, que lo que más me ha dado esperanza no es tu escrito (y ¡perdóname!), aunque muchas páginas me han enriquecido. Lo que más me da esperanza eres tú, con tu imagen de “abuelo” culto, manso y firme, al mismo tiempo, que no pretende ser infalible a cada paso, a pesar de ser Papa; de sacerdote y pastor que está “dando el callo” por los hermanos; de testigo de esperanza en medio de un mundo, una Iglesia e incluso quizás una Curia Vaticana,  en la que supongo que no siempre te debe ser fácil moverte.

A propósito de la encíclica, se me ha ocurrido sugerirte algo imposible a ti, que has venido de tu amada Baviera,  hace más de un cuarto de siglo que vives en Roma y has sido por tantos años Prefecto de la “Congregación para la Doctrina de la Fe” (un cargo nada fácil; recuerdo lo que dijiste en público una vez, con tono sumiso y tal vez dolorido –estaba yo presente-: “No es agradable ir por el mundo y ver que tantos te señalan con el dedo como el aguafiestas de la Santa Madre Iglesia...”; en el fondo me diste lástima y rogué por ti). Pues  bien, ¿por qué no instituyes una especie de “Congregación o Dicasterio de la Esperanza”? ¿Y le pones como Prefecto a alguien sin Doctorados ni carreras luminosas detrás, pero sí que haya sufrido mucho en la vida y que, a pesar de todo, haya mantenido viva la luz de su esperanza? ¿Y, como secretarios y subsecretarios, a un ex-toxicodependiente que haya logrado salir de su infierno, a un ex-preso que haya redimido su reato, a una inmigrante clandestina que haya pasado una temporada como prostituta, de noche, por nuestras calles y carreteras, y haya creído que también ella es hija de Dios; a un cura que haya tenido un desliz y se haya arrepintido y agarrado a “la” esperanza de un Dios que es Padre misericordioso también para él...? ¡Eso sí que sería algo de lo que llaman un ejemplo de “reforma de la Iglesia”, un grito profético en medio de una sociedad que no quiere profetas sino –como decían los antiguos romanos- “panem et circenses” (pan y circo: comida y diversión). Me imagino el escándalo que se iba a armar; pero, ¿no sería un ejemplo ciertamente chocante de fe en la esperanza que nos has anunciado?

Ya sé que mi propuesta no es factible; pero, al menos permíteme que me la imagine, como una de esas películas de  ciencia-ficción. Como decía Martin Luther King: “I have a dream!” (“Yo tengo un sueño”). Sé incluso que eso no iba a cambiar de golpe a nuestro mundo; pero, sería una chispa en medio de un pajar, que vete a ver qué incendios iba a provocar aquí y allá.

Y acabo con la metáfora usada por un santo al que sé que tienes mucha devoción y que citas tantas veces en tu encíclica, San Agustín: “La vida sin esperanza es como la superficie de un lago en un día nublado, superficie metálica y gris. La vida con esperanza contínua siendo materialmente la misma, pero se transfigura: la superficie del lago es la misma, pero se convierte en espejo de colores si brilla en el cielo el sol”.

Si en la vida usáramos menos el verbo “exigir” y más el verbo “agradecer”, creo que viviríamos menos frustrados y más felices. Por eso, ¡gracias! por el tiempo que nos has dedicado en tu encíclica (y por las homilías de este período navideño: ¡preciosa sobre todo la de Nochebuena!) y perdona los quebraderos de cabeza que te damos; el Amo, al que tú y yo y otros muchísimos tratamos de servir, te recompensará como solo Él sabe hacerlo, Él que es “la” Esperanza (1Tim 1, 1). Ruego por ti todos los días, porque la Iglesia es don de Dios y tarea de todos, y los hermanos somos responsables los unos de los otros.

Como decís los de tu tierra en este momento del año: “Glückliches Neues Jahr!” (¡Feliz Año Nuevo!).

J. Rovira cmf.
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