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¿Cambiamos las cosas?

José Miguel Capapé -
Un pequeño grupo de catalanes. De diferentes edades, con sueños bien distintos, con historias que darían para escribir un libro, con experiencias de todo tipo, decidieron embarcarse este mes de agosto en una experiencia de grupo de trabajo en este rincón de Brasil desde donde hace meses escribo, cuento y recuerdo a todos los que todavía hoy sois mi mundo, mi gente, mi motivación de cada día. \'\'Llegaban cargados de ilusiones, sus expresiones me dijeron desde el primer momento que iba a ser una gozada trabajar con ellos, bueno, quizá sería mejor decir vivir con ellos, pues hemos trabajado, sí, pero sobre todo hemos vivido, compartido experiencias, conocido gente, entrado en las casas de aquellos que luchan por salir adelante, jugado con muchos niños y, aunque el idioma no deja de ser una dificultad, han hablado y hablado con la gente con la que estamos trabajando, aquellos que muchas veces están al margen de proyectos de desarrollo, aquellos que están luchando por sacar adelante una asociación, aquellos que luchan por mejorar las condiciones de los pequeños agricultores, aquellos que viven al margen de los sueños que nos impone la globalización que está presente en la televisión que poco a poco va llegando a todas partes. Para mi era la primera vez... para ellos también. Aquí en Rondônia las tres parróquias habíamos preparado diferentes programas para aprovechar el tiempo que generosamente estos jóvenes, y no tan jóvenes, habían decidido invertir en este lugar. En total han sido tres grupos de jóvenes que han vivido en torno a las tres comunidades que atienden los claretianos por aquí: São Miguel, Seringueiras y São Francisco. Y un grupo de adultos que con el P. Zezinho trabajaron con las comunidades del río, ribeiriños e indígenas, en un proyecto de instalación de placas solares. Para mi este mes ha sido un regalo. Ha dado para hablar mucho, para salir de la rutina de cada día, para volver a pensar que es posible cambiar las cosas. Por desgracia esta gente que decide venirse un verano hasta aquí no supone ni un 0,7% (cifra mágica) de la población del llamado primer mundo, y lo digo con cierta pena porque de lo contrario, de ser más, estoy seguro de que este mundo sería bien diferente. Entre las conversaciones que he podido tener con muchos de ellos, se palpaba la ilusión por que las cosas en este mundo cambien. Sentimientos de rabia por las condiciones de algunas de las familias que han conocido y que ahora ya no son un número en una estadística, pues tienen nombre y apellidos, tienen historia, tienen rostro y eso hace que todo se vea de otra forma. Sentimientos de impotencia ante las condiciones no siempre tan malas, aunque sí injustas, que uno encuentra por aquí. Sentimientos de desesperación cuando uno tiene que adaptar su ritmo de vida, su ritmo de análisis, su ritmo de trabajo a los de esta gente que a miles de kilómetros de nuestro cómodo mundo, buscan una salida y un futuro muchas veces incierto. Todos ellos han vivido tantos momentos interesantes que seguro quedarán en la memoria haciendo que a partir de ahora las cosas no sean iguales en sus vidas... pues de no ser así... algo habríamos hecho mal. De estos días, de tantos momentos de conversación, de tantas fotos que se escaparon a las máquinas, de tantas familias visitadas, de tantos niños, madres, pequeños agricultores, surge una invitación a cambiar las cosas, a cambiar decididamente este mundo de contrastes, de diferencias de injusticias que en Brasil, en América, en África, en Asia, también en los submundos de España, de Cataluña, necesita de gente que sueñe cada día el modo y la manera de hacer posible lo que para la mayoría acomodada es imposible. Gracias a todos, gracias por hacerme volver a soñar, por tanto cariño, por tanta ilusión, por tantos momentos nunca imaginados. Y ahora, ¿cambiamos las cosas?
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