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Buena Nueva en tiempos de crisis.

José M. Merino -
En nuestra sociedad son frecuentes las «confrontaciones» entre las personas, ocasionadas por circunstancias y situaciones de índole diversa. También Pablo vivió esos «choques». Un ejemplo de ello lo podemos encontrar en el capitulo segundo de la carta a los Gálatas. Parece que el mismo Pablo hace una versión de los hechos bastante parcial. Se esfuerza por presentar los hechos directamente desde su punto de vista, porque circula otra versión que impugna su posición. No es una lucha contra un fantasma: es una realidad dura, y Pablo, como cualquier otro en una situación de este tipo, puede creer que está diciendo la verdad, pero lo que dice es su manera de verla. Hay muchos lugares en que la escritura es mucho más fiel a la vida de lo que piadosos intérpretes la han hecho.

Pablo considera ahora que en esa visita a Jerusalen él y los otros reconocieron mutuamente sus respectivos ministerios. Su vocación especial era para los gentiles, la de Pedro para los judíos. Dios actuaba en ambos. Pedro, Santiago y Juan reconocieron la gracia concedida a Pablo, y estrecharon su mano y la de Bernabé en señal de comunión. Sólo les pidieron que los cristianos gentiles tuviesen presentes a los pobres.
Mucha tinta ha corrido para tratar de esclarecer lo que hay detrás de esta última frase, pero no es preciso que nos detengamos demasiado en esto. Hemos llegado a la parte central del texto: la confrontación. Lo que esto revela es que había dos interpretaciones diferentes del supuesto acuerdo que Pablo había hecho con los que eran considerados columnas de la iglesia.

Por una parte, esta la interpretación de Pablo: que el entendimiento alcanzado en Jerusalén consistía en que en la iglesia los judíos serían judíos y los gentiles serían gentiles. Ninguno pierde su identidad, pero la identidad de todos queda relativizada, y la comunión resultante entre personas de diferentes identidades, que estaban antes separadas entre sí sin ser comensales, es un signo de la nueva creación en Cristo. Incluso, está la interpretación de ciertas personas enviadas por Santiago: conviene en que los gentiles pueden ser aceptados, pero sólo si hay un desarrollo separado, un evangelio para los circuncisos y un evangelio para los incircuncisos, una iglesia para los judíos y una iglesia para los gentiles.

Quizá la cuestión de cuál de las interpretaciones era la buena no se había abordado realmente antes de que Pedro llegase a Antioquía y conociese una comunidad cristiana mixta. Habiéndose incorporado a ella al principio, llega después a creer que no está permitido para un judío comer en compañía de gentiles. Pablo se enfrenta con él: «cuando Pedro fue a Antioquía le reprendí cara a cara, porque lo que estaba haciendo era condenable. Pues al principio comía con los no judíos; pero luego que llegaron algunas personas de parte de Santiago, comenzó a separarse, y dejó de comer con ellos, porque tenía miedo de los fanáticos de la circuncisión».

Las más poderosas causas de conflicto son las diferencias de principios y las cuestiones que afectan a la identidad de las persona. Ambas están presentes aquí. El hecho mismo de la confrontación entre Pedro y Pablo podría alertarnos respecto a algo que tenemos que tomar en serio: en una situación en que hay un «nosotros» y un «ellos», pretender que todo está bien, tratar de llegar a una transacción, no es necesariamente el camino apropiado ni cristiano. Pablo está seguro de que están en juego principios fundamentales, de que lo que importa es la verdad del evangelio de Cristo, y que sus contrarios han falseado la verdad. La confrontación es inevitable.

Otra cosa importante respecto a la confrontación es que requiere individuos que se escuchen entre sí. Es necesario aprender a escuchar y a comprender a aquellos que son «otros» ¿Escuchó Pedro a Pablo y cambió? ¿Escuchó Pablo a Pedro y cambió? ¡Quisiéramos saberlo! Hay algunas indicaciones que pueden ayudar a creer que sí, como en la carta a los Romanos en que Pablo pide a los gentiles que respeten a aquellos que se atienen todavía a normas. En definitiva cada parte tiene que respetar la identidad de la otra para que haya alguna esperanza de confraternidad. Cristo ha creado una nueva identidad humana en la que murieron las otras.
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